
Duro y parejo. Palo y a la bolsa. Frases conocidas que podrían servir como síntesis del demoledor show que brindó The Cult, el primero de dos, en la noche del sábado en un Obras atestado y sudoroso.
La banda británica comenzó a forjarse un nombre cuarenta años atrás, con la salida de su álbum Love, que mostraba la anomalía de un grupo que rockeaba más de lo debido contra la estética oscura de su tiempo, y que a la vez era demasiado místico y dark como para ser integrado a la corriente glamorosa del metal. Esta contradicción se resolvió en su siguiente disco, Electric, que profundizó su lado más rocker.
Y desde ese entonces se han quedado ahí. Sonic Temple, el álbum portador del hit Fire Woman, altamente celebrado por el público en Obras a la hora de los bises, fue el molde en el que la banda fue encontrando su sonido definitivo. El cantante Ian Astbury y el guitarrista Billy Duffy se quedaron con la patria potestad de The Cult, y es la interacción entre ellos la que guió los pasos de la banda hasta hoy.
Sin embargo, The Cult es una banda demasiado personal para afiliarla al rubro del heavy metal, aunque visitan el terreno con frecuencia. Entraron al escenario de Obras al son de La cabalgata de las valquirias, de Richard Wagner, una cadencia sombría, más propia de una milicia comandada por Darth Vader, que de un show de hard rock. Ellos mismos vistieron de negro absoluto. Sobrios, solemnes en términos de rock.
Si bien el sonido bola no jugó a favor de la excelencia, y algún agobio de la base rítmica quitó un poco de nervio a la performance, Ian Astbury comandó la escena durante la hora y media de show.
Dueño de una voz muy particular que conserva bastante bien y una agilidad que sorprende para sus 63 años, Astbury se llevó la marca, salvo en los solos, donde Billy Duffy tenía permitido brillar.
Ese era el momento en que el guitarrista parecía extirpar la guitarra de su anatomía, colocándola en diagonal hacia adelante, para ofrecer sus sonidos. Duffy no es un vir tuoso pero sabe elegir las notas y las velocidades adecuadas a la hora de una improvisación bastante estudiada. Se nota que el grupo tiene 40 años sobre sus espaldas, lo que brinda solidez a su desempeño.
La puesta en escena fue mínima. Nada de efectos especiales: en consonancia con la oferta musical, cuyo mayor atributo parece ser la intensidad. El show pareció dividirse en tres tercios. En el primero fueron ajustando niveles sonoros, reconociendo el terreno, dejando muy poca pausa entre tema y tema como para imponer un ritmo. Sólo Wild Flower, de Electric, se destacó entre cierta monotonía, que Ian Astbury disipaba con su carisma y sus años de escenario, y tocando -yrompiendo- la pandereta de todos los modos imaginables.
Ya en la mitad de la presentación, The Cult supo insertar tres golpes que despertaron a una audiencia contenida que hacía pogo en piloto automático. Fue cuando tocaron Edie (Ciao Baby), una quejosa power ballad, de la que salieron con Revolution y Sweet Soul Sister, en interpretaciones vehementes. En este punto es donde The Cult sumó los puntos suficientes como para satisfacer a la audiencia y luego finiquitar la faena con Rain y She Sells Sanctuary.
A lo último, hicieron Brother Wolf, Sister Moon a la memoria del fallecido David Johansen, y cerraron con Fire Woman y el esperadísimo Love Removal Machine. Ian Astbury no dejó de saltar en ningún momento, como si fuera un experimentado boxeador que sabe que el juego de piernas es vital para ganar el combate; y que hay que dosificar las energías hasta el último round para asegurar la victoria.
Sergio Marchi/Especial para Clarín
MG Radio 24 Villa Pueyrredón