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Walas contesta todo: comienzos, Massacre, El Principito y más

El carismático líder de Massacre será parte del reestreno del musical de El Principito.

Massacre es una de las bandas de rock argentino que aún mantiene su categoría “de culto” intacta, a casi 40 años de su creación. Al filo de lanzar un nuevo disco, titulado simplemente 9, acaba de publicar Insomnio, un single junto a Bandalos Chinos. Y no sería lo mismo sin su líder, gurú ideológico y musical, Walas (nombre de DNI: Guillermo Cidade) uno de esos personajes entrañables que ha sabido surfear aguas de tormentas y océanos de fuego para llegar incólume hasta el presente.

Con una bonhomía que lo distingue entre sus pares, cierta timidez y la sonrisa imborrable, tiene mucho para decir este frontman que a sus 58 años es abuelo, fue convocado para un papel en el reestreno del musical

El Principito -el 15 de junio en el Teatro Ópera- y sigue apasionándose por el skate.

-¿Demasiado viejo para el skate y demasiado joven para morir?

-Yo me veo igual que siempre. Me veo sin edad y me doy cuenta de que pertenezco a una generación intermedia. Ni a mi misma generación como padre ni a la de mis hijos. Me vinculo más con los jóvenes que con mis coetáneos. Cuando hicimos la gira “Gracias totales” con Soda Stereo, me metía en el camarín de Robi Draco, de Richard Coleman. Pero por ahí me conectaba más con Simón, el hijo de Zeta Bosio, que es under 30. Lo veo con mis sobrinas neoyorquinas, que tienen veinte años. Empatizo más con esa generación.

-Los Soda eran de la misma camada que ustedes.

-Claro, tocábamos en La Capilla, como Los Virus, Twist y Soda.

-Ya no usás tanto el skate, ¿o sí?

-Sigo disfrutando del skateboarding. Ahora desde lo documental: hace poco saqué un libro de skate (Skate punk, un lunático sobre ruedas, Editorial Sudamericana).

-Cuando nació, el punk era un desafío abierto a las normas, ¿lo seguís viendo así?

-Sí, y también es ideología. Yo a los 18 me inicié en un pensamiento que sigo defendiendo, que es el anarcopunk. En ese momento era muy minoritario y luego fue creciendo hasta convertirse en la antiglobalización. El punk es eso.

-Cuando el punk empezó acá, eran tres gatos locos. Estabas vos, Fidel Nadal y alguno más.

-Sí, Gamexane, Sergio Rotman, Pablito Molina, a quien le decían El Mohicanito. Éramos muy pocos. Y una figura muy importante: Patricia Pietrafesa, de She Devils y Kumbia Queers, traductora y reinterpretadora del pensamiento anarcopunk en Buenos Aires. Era periodista y sacaba fanzines.

-Gustavo Santaolalla produjo tres canciones del nuevo disco de Massacre. ¿Qué te une a él?

-Me unen dos cosas. Primero, el folclore. Y luego, lo extra terrenal y todo el fenómeno ovni.

-Bueno, la primera banda de Santaolalla, Arco Iris, tiene publicado un disco acerca de eso (Agitor Lucens V, de 1975).

-¡Claro! La tapa era una foto real, supuestamente, de un ovni. Y ellos tenían ese tema, Canción de cuna para un niño astronauta. Me encantaba todo eso, series como La dimensión desconocida. De niño, Santaolalla no entraba en mi imaginario. Yo soy modelo ‘80, new wave, punk. Pero de grande empiezo a investigar a las grandes glorias de nuestro rock. Y después lo conozco a Gustavo en un show suyo en el Coliseo, en 2016, y nos hicimos amigos. Lo conspiracionista nos unió. Aunque ya me alejé de eso, estuve muy metido en esas teorías.

-La Tierra plana…

-¡Sí, claro! La barrera de hielo de la Antártida que conecta con otros mundos. Y en un momento se dio la posibilidad de que él nos produzca. Vive en Los Ángeles, pero tiene viñedos en Mendoza. Vino a casa y con una amiga le preparamos una paella espectacular. Él trajo vinazos. Me tocó la canción de Secreto en la montaña con una viola que tenía ahí. Y yo derretido, enamorado como un fan más.

-¿Y en el estudio cómo fue?

-Gustavo nos dio una serie de directivas muy específicas. Por ejemplo, nos pedía distintos bajos eléctricos para cada canción. Pidió que grabáramos en el estudio Romaphonic, y grabamos tres temas y después los mezclamos en Los Ángeles, en el estudio que tiene con Aníbal Kerpel.

Todos tenemos secretos inconfesables en nuestras vidas. Y Walas también. La única diferencia es que é confiesa algunos. Como aquel que asegura que de bebé era tan lindo y tan rubio que lo eligieron para ser la cara de una línea de cosméticos infantiles: jabones, colonias y talcos de la marca Lancaster.

-¿Nunca le echaste en cara a tu familia el hecho de que te usaran como modelo infantil?

-Sííí, me usaron como modelo de bebés. ¡Y no nos pagaron nada! Nos regalaron jabones, talquitos… Yo los colecciono ahora: cuando aparecen en Mercado Libre o veo algún producto de esa línea en una feria o anticuario lo compro. Tory, mi mujer (también mánager de la banda) compró la vez pasada una cajita hermosa que venía con una talquera de nena, toda rosa, con un pompón y mi cara en el medio. Porque lo bueno fue que yo fui unisex. ¡Usaban mi cara para la línea de varones y de nenas! Después vino la época de hacer psicoterapia. Mi psicopedagogo era Pacho O’Donnell.

-Nada menos… Y ahora de grande coleccionás muñecas, además. Muchas las usás en tus shows.

-Yo colecciono cosas no convencionales: muñecos de ventrílocuos, payasos, tablas de skate antiguas y hasta cosas que pertenecieron al tren fantasma del Italpark, discos y libros. Pero me interesan mucho los objetos antropomórficos. Muñecas antiguas tengo varias, las busco por las ferias.

-Estás a dos años de cumplir 40 con la música. ¿Cómo ves hoy a aquel Walas que arrancó? ¿Volverías a hacer el mismo camino?

-Haría lo mismo porque me fue bien. Lo que planeé de chico, los objetivos que me propuse de adolescente, los superé todos. Que eran tener una banda punk, una disquería, un negocio de skate, y listo.

-Supongamos que salís de acá y te cruzás con un Walas joven, ¿qué le decís?

-Le digo: “Seguí para adelante y sé pillo. Escuchá algunas cosas de la abuela, de tu mamá, de los grandes”. Porque de chico te rebelás contra todo lo generacional.

-¿Vos hiciste eso?

-Yo llevé mi propia música y mi literatura a mi casa. A pesar de que mi casa estaba llena de música y de libros. Estaba llena por mi padre (Vicente, folclorista, ya fallecido y hermano de Ramón Ayala) y del lado de mi madre Nancy, que era de origen ruso, Wagner y Tchaikovsky. Y en el medio canción italiana, twist, boleros, Sandro, la cosa pop. Eso era patrimonio de mi familia. Pero las tres cosas que me salvaron la vida a mí fueron los skaters, los punks y el colegio Nacional Buenos Aires. Un grupo de amigos de ahí, a pesar de que yo era del Mariano Moreno. Esas tres circunstancias me dieron arte, vértigo e ideologías.

-O sea que hubo un momento en que se te abrió la cabeza y empezaste a escuchar otras músicas.

-Eso sucede cuando descubro la melomanía un poco más excelsa a través de una azafata que traía discos: The Cult, Lord of the New Church, Siouxsie, Joy Division, Bauhaus. Traía los VHS, los discos que le encargábamos, ropa genial. Yo tenía 20 años y empezaba a fundar Massacre. Ahí aprendí lo que era la escena garage, under, The Del Fuegos, Long Ryders, Green on Red, Dream Syndicate y los que más salieron a la luz, los REM.

-Para entonces andabas todo el día en skate, me imagino.

-Yo ya era campeón de skate, una especie de estrellita under. Era una subcultura que se comunicaba con el punk y con el under. Caían Los Casanovas, Los Violadores. Estuve en el momento y el lugar adecuados. Para entonces mis viejos estaban separados; mi casa era decadencia, y yo me escapaba. Y la alfombra mágica de escape fue el skate. Me iba en skate a mis mundos, con esta gente que por suerte conocí. Éramos pandilla: los skate punk. Estaban los darks, los new wave, los heavies, y nosotros trajimos la cultura California.

-Además de tener dos nietos de tu hijo mayor, Alan, vos tenés una hija de 13 años, Lara. ¿Te ves repitiendo cosas de tus viejos?

-Trato de mejorar de una generación a otra. Tengo más herramientas que mis padres, a pesar de que eran profesionales. La terapia, la deconstrucción.

-Grabaron con Bandalos Chinos. ¿Juntarte con músicos más jóvenes es una manera de rejuvenecer?

-Sí, yo me veo como un clásico, pero como también somos vanguardia, compartimos cosas con las nuevas generaciones. Como cuando William Burroughs pateaba las calles con una pendeja que era Patti Smith.

-Hay alguna gente del rock de otras épocas que buscan desesperadamente una conexión con la nueva onda urbana, como para no quedarse atrás…

-Ah, no, eso es vampirizar la energía joven. Me gusta la música hecha por jovatos y la hecha por pendejos si está buena.

-¿Cómo se te dio formar parte del elenco de El Principito?

-No sé, alguien me vio tocando. Y dijeron: “Este tipo daría de Rey”. Yo en el escenario soy medio performer y medio déspota.

-¿Pero te entusiasma?

-Me encanta, porque me lleva a los musicales de los años ‘50. El Principito es una obra simbolista universal. Me gusta mi personaje, el tema que me dieron. Un tema que es re Tim Burton.

-El Principito no luce punk…

-Pero mi personaje sí. Es un rey ambicioso, con un look medio David Bowie, glam, con plumas, como Brian Eno en Roxy Music.

-¿Cómo era tu relación con tu tío Ramón Ayala?

-No tenía un contacto muy estrecho. Pero el año pasado se le hizo un homenaje en vida en el CCK y a mí me invitaron a cantar El cosechero con otras cantantes y El mensú, que compuso con mi viejo, yo solo. Nunca me sentí tan nervioso. Lo canté con todo y en el camarín me dijo que lo hice espectacular. Es el último recuerdo que tengo de él.

-Fue una buena despedida.

-Gran despedida, realmente.

Eduardo Barone/Clarín-Espectáculos

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