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Voley: Luciano De Cecco entiende y explica todo

El armador argentino habla del vóley y de la vida.

Hoy, con 35 años, Luciano De Cecco está jugando en Italia. Más precisamente en Lube Civitanova, equipo de la máxima división de la Liga italiana de Vóley. O «la NBA del Vóley», como es catalogada. Allí lo logró todo: Campeonato, Copa y Supercopa de Italia. Pero De Cecco no siempre está en competencia y sus ratos libres los usa para jugar a los videojuegos con sus amigos y con el set up armado en su escritorio: joystick, monitor y Play Station 5.

Su fecha de nacimiento fue el 2 de junio de 1988, en Santa Fe, Capital. Describir su infancia es hacerla en torno a su primera pasión deportiva: el Básquet. Ricardo –su padre– fue jugador, en su dormitorio destacaban las remeras, revistas y posters de la NBA, y su club de barrio era Gimnasia y Esgrima. La hoja de ruta marcaba su futuro ligado al Básquet. Tal es así, que a los 14 años emprendió viaje a Rafaela para jugar en Ben Hur, logrando quedar preseleccionado en la sub-14 de Argentina. Sin embargo, en el año 2003, se produjo el momento bisagra de su carrera: la gran inundación en la capital santafesina. Hecho, que, sumado a su añoranza familiar, desencadenó su retorno a su ciudad de origen.

Al volver, su meta era seguir por el camino del básquet, jugando para el equipo de Gimnasia y Esgrima. Pero por problemas burocráticos y federativos, no pudo hacerlo. «Simplemente era un chico que quería hacer deporte y no joder mucho en casa, entonces elegí el Vóley», relata. Desde esa decisión, inició a los 15 años su formación como armador en Ciudad de Bolívar, y de ahí en adelante, marcó una huella histórica con la Selección: medalla de oro en los Panamericanos de Toronto 2015, bronce en los Juegos Olímpicos de Tokio 2021, reeditando lo logrado en Seúl 1988, y oro en el Campeonato Sudamericano de 2023, tras 54 años de hegemonía brasileña.

Su historia sigue, y el 21 de mayo, el combinado nacional comenzará a disputar la Nations League (VNL), con el objetivo de participar en los JJ.OO. de Paris 2024. Para lograrlo, deberá posicionarse entre las cuatro mejores selecciones del ranking mundial, en el que actualmente se encuentra sexta. Con la ventaja de que las selecciones ya clasificadas no son tenidas en cuenta –Francia, Alemania, Brasil, Estados Unidos, Japón, Polonia y Canada– de modo que, hasta ahora, la Argentina estaría quedándose con la clasificación. «Es una cita olímpica importante, la última de muchos y el final de un ciclo», dice De Cecco durante esta charla con Página /12.

–¿Qué importancia tienen esos tiempos libres a la hora de jugar a los videojuegos y alejarse por un rato de esa concentración competitiva?

–Depende de cada uno. Hay deportistas que les gusta tomar mate en el balcón, leer o mirar películas. En mi caso, me gusta jugar a los videojuegos porque descargo mucha tensión y me activo. A veces lo uso pre partido, otras veces post partido. A veces ni lo uso. Depende lo cargado que estoy mentalmente. A veces prefiero dormir. Pero no lo uso como un vicio. Antes era más un vicio, cuando era más chico. Jugaba por jugar y para pasar el tiempo. Ahora lo uso como un «arma», para que me ayude a estar mejor, tanto en los malos momentos, como en los momentos de tensión. O simplemente porque me junto con mis compañeros y lo hago por diversión.

Hablando de esa tensión competitiva, ¿cuánto hay de poner el cuerpo por uno mismo y por el compañero en el Vóley?

–En mi caso, creo que es un tema mental. Lo que a mí me sucede es que salgo de los partidos con dolores de cabeza, de tanto seleccionar, razonar, pensar e individuar situaciones que trato de cumplir desde mi rol. Lo mío pasa más por lo mental.

Y en tu función de armador, ¿cuánto desgaste hay a la hora de pensar, ejecutar y sincronizar con tu compañero?

–Eso se entrena. Después está el talento de cada uno de hacer funcionar las cosas de una manera más fácil o menos fácil. Es lo mismo cuando vos escribís notas: sabés cómo escribir, dónde colocar las comas, cuando ponerlas y cuando no. En el Vóley pasa lo mismo. Es algo que con el tiempo se entrena, se adapta y se adopta. Porque es algo que tenés con vos mismo.

En esa automatización, ¿hay una mecánica de armado para cada momento puntual?

–No. Eso no existe. Cada uno arma en el modo que quiere, que sabe o que le enseñaron. Después trata de adaptarlo o de adoptarlo, para que el fin sea para todos igual: poner la pelota como tiene que ser, en la altura que tiene ser y con la velocidad que tiene que ser, para que el compañero vaya y haga lo suyo. Es cuestión de roles y de formas. Pero no hay mecánicas diferentes a la hora del armado. Uno arma a su modo y lo hace propio.

¿Existe «engañar» en el vóley?

–En realidad, lo que existe es la lectura y la velocidad. En el vóley de alto rendimiento, es muy difícil, no digo engañar, pero que el rival del otro lado sepa a dónde va la pelota. Por eso siempre pasa que resulta como que engañas y en realidad lo que pasa es que uno tomó una decisión diferente. Para eso se requiere de mucha lectura.

¿Hay una lectura de los espacios?

–Mis compañeros son los que se encargan de poner la pelota en los espacios. Desde mi rol, la lectura viene de lo táctico. Por ejemplo: yo juego de mi lado y trato de armar la táctica como más me conviene a mí. Y del otro lado, tratan de armar su táctica, como más le conviene a ellos o cómo piensan que yo puedo hacerlo. Entonces no es una ciencia exacta. Puede pasar que estadísticamente yo hago una cierta cosa, que en ese momento no hago. Y puede pasar que el equipo contrario toma decisiones diferentes, en base a ciertas situaciones. Es como que yo te hable de Messi: nadie sabe dónde va a meter la pelota o cómo ve que los jugadores entran en ciertos espacios. Lo ve él. En el Vóley hay ciertas cosas que uno ve y hay ciertas cosas que otros no ven. En el nivel máximo de nuestro deporte, es difícil descifrar eso.

Cuando eras chico, estabás mucho más implicado con el Básquet, pero terminaste desarrollándote en el vóley. ¿Cuánto hay de básquet en tu vóley?

–Mucho. Lo que uno hace de chico no se olvida. La forma de correr, de moverse, de saltar, de desplazarse, de pivotear. Tema de pies. Casi todo esto lo fui adoptando al vóley y lo que se va entrenando, se transforma.

¿Qué importancia tiene lo colectivo en el vóley?

–Es que tenés que hacer tres toques sí o sí. Entonces, el 50 por ciento de los jugadores toca la pelota. Y es un deporte de roles. No es como el básquet, que uno agarra la pelota, la pica, la pica, la pica, mete un triple y suma puntos. En nuestro deporte, si uno recibe mal, arma mal o ataca afuera, el punto se pierde. Es complejo, porque hay que congeniar. Es un deporte de equipo al 80 por ciento.

En esa cuestión de congeniar, ¿cómo es mantenerse en la competitividad?

–Algunos se mantienen y otros no. Muchos pueden y muchos no pueden. Muchos absorben. Otros ayudan. Pero no es para todos por igual. No son todos dados mentalmente para soportar ciertas presiones. Eso pasa en todos los deportes. Sino serían todos buenos. La idea es entender que cada jugador tiene su momento. Y si uno en ese momento sufre, hay que tratar de hacer el doble del esfuerzo del otro lado para que no se note ese punto de desequilibrio. Porque al final son momentos. No es que dura una hora. Es falta de confianza o problemas en el mismo punto o en el mismo partido. Pero eso es una cuestión más individual.

En ese contexto, ¿qué rol cumple el entrenador?

–Es que creo que el tema mental es individual. No hay entrenador, ni compañero que valga, si vos no estás listo mentalmente. En eso no hay nadie que te pueda ayudar si uno está inestable psicológicamente. Es algo que uno debe transitarlo individualmente. No es que uno tiene un problema psicológico, se dirige al entrenador y le dice: «che, me pasa esto». El entrenador no te da las «armas» para que mentalmente seas mejor. Te puede dar armas técnicas, de visión o de táctica, pero mentalmente sos vos. Nadie entra a la cancha por vos. El tema mental, es una cuestión individual, que se puede entrenar con un psicólogo o lo entrenas como vos crees, para que vos puedas poner tú 100 por ciento al servicio del equipo. No al contrario. No es que los otros tienen que poner algo por demás porque vos no sos capaz. Si vos no sos capaz, es porque estás en el lugar y en el momento equivocado. En estas situaciones, lo colectivo no existe.

¿Y dónde está lo colectivo?

–Lo colectivo es que todos vayan por el mismo objetivo. Al final del día todos queremos ganar. El ganar es que cada uno ponga su 100 por ciento día a día, al servicio del equipo. Hay días mejores, hay días peores. Se puede ganar y se puede perder. Pero la mentalidad es una sola. Yo no puedo pensar por vos, ni decirte cómo pensar, porque vos sos diferente a mí. Vivís emociones diferentes. Podés ser sensible o no sensible. Pero eso es individual.

En esa cuestión individual, ¿cómo se lleva el deportista con la vulnerabilidad?

–Cada uno vive su infierno como cree que es mejor y normalmente nadie quiere contagiar su infierno para que la gente no se preocupe. La pregunta es: ¿hay gente que puede ayudar a estos deportistas a salir del bache? Muchos deportistas son performantes estando mal y nadie se entera hasta que se habla. Yo, gracias a Dios, como voleibolista, el problema de la exposición nunca la voy a tener –la vamos a tener–, porque somos un deporte que nunca le dan bola, salvo de vez en cuando.

¿Y la vulnerabilidad dentro de un equipo?

–Es más difícil estar mal en un deporte colectivo, porque compartís con gente. A no ser que tengas un problema personal. Pero no es un tema deportivo. No ves sólo la imagen de Luciano De Cecco. Ves la imagen de Conte, de Ramos, de Loser, de Palacios. Entonces nunca tenés el foco en uno solo. Tenés el foco en 14 personas. 7 que juegan y 7 que están afuera. Es más difícil encontrar esa vulnerabilidad en un deporte de equipo, porque no la van a encontrar. A menos que alguien lo hable abiertamente.

Me hablabas de que tuviste que sufrir esa vulnerabilidad, ¿cómo lo transitaste?

–Jugué igual. Ganaba campeonatos, pero me encerraba en mi casa y estaba mal. Aliento a que se exprese, porque lo viví. Pero yo hice lo que no hay que hacer: tenerlo para mí solo. Pero yo soy yo. No sé el estado de los demás y no puedo ponerme la camiseta de otro para decirle como lo tiene que vivir y como no. Yo lo viví como pensé que era mejor. No es lo adecuado, pero como te dije: cada uno vive el infierno de la manera que quiere y lo sufre como quiere. Ahí no hay elección. Hay decisión.

¿Crees en una sola manera de liderar?

–Mi pregunta es: ¿qué es ser líder? Hay muchos lideres que lo hacen con el ejemplo. Caso Scola o Ginóbili. Hay líderes callados, como Messi. Que se transformó porque el equipo tenía la necesidad de algo. Entonces qué líder quiere ver la gente o quiere ver el deporte. Yo puedo ser un líder, pero yo no hablo. Juego callado todo el partido. No sé si soy el estereotipo de líder que se espera. Si uno mira vóley, me ve callado, pero ve que hago las cosas bien puede pensar «mirá lo bien que lidera Luciano». Pero puede pasar lo contrario y decir: «mirá el pecho frío de De Cecco». No existe el metabolismo único del líder. Es depende de cómo se ve el deporte.

Desde tu función de armador, ¿buscás la perfección en la ejecución?

–No existe jugar perfecto. Ni va a existir. Nunca busque la perfección. Y mucho más en un deporte de equipo. No es como el tenis, donde si no tenés la mecánica o el tiempo perfecto con la raqueta en mano, no podés mantener la pelota en cancha. Es otra situación. Por eso yo busco ser la mejor versión de mí mismo. No sé si voy a estar lejos de la perfección, pero sí me puedo acercar a ser lo más estable o lo más performante el mayor tiempo posible.

En esa búsqueda de ser performante, en un contexto de tensión competitiva, ¿cómo te llevás entre la pasión por lo que hacés y el cansancio?

–Cuando uno juega mucho tiempo el cuerpo se desgasta y la mente se cansa. Por eso tenés que estar mentalmente activo para ver cuánto espacio le das a que ese cansancio te domine. Porque al final uno elige lo que quiere hacer: jugar en su club, en la Selección y tener pocas vacaciones. Obviamente no me voy a lamentar estar cansado. No digo que sufro, pero vivo el cansancio de manera particular. Por eso trato de dormir, de comer bien, de no hacer cosas raras. Cuando uno elige esto, debe estar a la altura de las circunstancias.

Con 35 años y ante ese cansancio del que hablábamos, ¿cómo es volver a empezar de cero una temporada?

–Es difícil empezar de cero. Cuando uno se toma vacaciones, hace cosas para no empezar de cero, porque puede ser, por lo menos a mi edad, que no vuelva a empezar. Entonces siempre está el miedo de lo que puede llegar a pasar. En estos últimos 20 años nunca paré. Pero, más pasan los años, más difícil es. Porque no sos el mismo de antes. Es más mental que físico. Porque físicamente el cuerpo tiene memoria. El problema es sí mentalmente estás preparado para ver a jóvenes que están con vos y que tienen mucho más para demostrar, para hacer y camino por recorrer que el tuyo, que ya lo hiciste y que sólo tenés que tratar de mantenerte.

¿Entendés mejor el Vóley a los 35 años?

–Creo que entiendo más la vida. El Vóley es una consecuencia. Es un deporte que ya lo inventaron y cada uno lo juega del modo que cree que es mejor. Obviamente tenés madurez para ciertas cosas, entendés ciertos mecanismos. Pero no creo que ahora juego mejor al Vóley. Lo jugaba mejor antes.

¿Sí?

–Si, porque tenía más físico, era más atlético y joven. Ahora juego posiblemente igual porque hay que mantenerse para estar a la altura de las circunstancias, pero no tengo el mismo salto y no tengo las mismas cosas que tenía 10 años atrás.

¿Y de qué manera suplantás ese dote físico que no es el mismo de antes?

–Técnica. Cuando no llega el físico, llega la técnica.

Sucedió la derrota contra Brasil en los JJOO de Río de Janeiro 2016, y luego en Tokio 2021, lograron dar vuelta la historia y ganarles la medalla de bronce. ¿Cómo se gestiona la derrota y la victoria?

–Hay que aprender a convivir con la derrota. Se pierde más de lo que se gana. Mucha gente la vive diferente. Yo dejé de perder el tiempo en ponerme mal y de quitarle tiempo de calidad a otras cosas por perder un partido. Antes me enojaba, pasaba días sin hablar, sin hacer, no le escribía mensajes a mi mama o dejaba de hablar con mi familia. Hace 4 o 5 años dejé de actuar así. Es un deporte. Cuando perdés hay desilusión, un mal gusto, pero me dura relativamente muy poco. Cuando el Vóley se termina, la vida vuelve y seguramente no vas a recuperar todo lo que perdiste en ese momento, por un partido.

¿Qué concepto tenés de lo amateur?

–La realidad en Argentina, salvo excepciones, no es la de grandes inversiones hacía el deporte. Nosotros salimos del barro. Tenemos una infraestructura mínima o media para participar y decir «estuvimos ahí». Pero los logros en Argentina son porque uno hizo algo o un entrenador y un grupo de jóvenes lograron algo increíble. Siempre fuimos un deporte amateur y nos vamos a morir siendo un deporte amateur.

Germán Lagger/Página 12-Deportes

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