Inicio / Teatro/Cultura / Viaje al Universo Asimov

Viaje al Universo Asimov

El escritor soviético es uno de los íconos de la literatura de ciencia ficción.

Tal vez fue el haber emigrado a sus tres años a los Estados Unidos desde la Unión Soviética (nació en Petróvichi, a 400 kilómetros de Moscú): un puente entre los dos países que serían aliados en la Segunda Guerra Mundial y que luego se disputarían la carrera espacial para posar al primer ser humano en la Luna. O la temprana lectura de revistas rústicas y económicas de aventuras, misterio y, sobre todo, de ciencia ficción, que vendía su padre en un kiosco de Brooklyn. Sin duda influyó su preferencia por las ciencias duras, que lo llevó a doctorarse en Química y a trabajar como investigador y docente para la Universidad de Boston. Todo eso constituyó la “educación sentimental” de Isaac Asimov (2 de enero de 1920-6 de abril de 1992), uno de los mayores escritores de ciencia ficción, que hoy cumpliría 100 años.

Con cerca de 400 títulos publicados, Asimov escribió también cuentos y novelas policiales y, sobre todo, textos de divulgación científica. Fue –junto a Arthur C. Clarke, autor de 2001: Una odisea del espacio, y a Robert A. Heinlein– uno de los representantes de la “edad de oro de la ciencia ficción”. Escritores que gracias a su formación profundizaron en el ancho terreno que existe entre relato y ciencia. Pero no es tanto el corte generacional lo que divide a ese grupo de narradores, incluyendo a Philip K. Dick o Ray Bradbury (casi todos nacidos entre 1908 y 1928), sino más bien los conceptos enfrentados de “ciencia ficción dura versus blanda”.

Aunque parezca una obviedad, una traducción fidedigna del primigenio término “science fiction” del siglo XIX es la de “ficción científica”. Efectivamente, ese fue el miasma que sacudiría las bases del género y lo haría progresar. Fue, de hecho, la crítica de Julio Verne a H. G. Wells: que las ficciones de este no se ajustaban a los conceptos científicos de la astronomía, la física o la química, donde residiría la importancia inaugural de Asimov, quien partía para organizar sus tramas de teorías reales y concretas, y no de la mera imaginación.

Su producción estuvo marcada por la época del viaje a la Luna (antes y durante la Guerra Fría), la fantasía colectiva de “la guerra de los mundos” y los albores de la cibernética y la computación.

Asimov desarrolló una obra cuya temática y cosmovisión está, sobre todo, poblada por la convivencia de humanos con robots, los peligros de ese vínculo, las tensiones y, en otros casos, sus efectos positivos. También habla de la colonización imperial del espacio y (riquísimo oxímoron) de una historia del futuro. De hecho, entre sus ensayos también se destaca la Guía Asimov para la Biblia, sobre el contexto histórico del Antiguo y el Nuevo Testamento, y libros de historia sobre antiguas civilizaciones.

Su mayor obra, la llamada Serie de la Fundación, es un encadenamiento de más de 16 libros compuestos por relatos y novelas que el escritor fue entrelazando entre el período de 1942-1957 y de 1982-1992 (curiosamente es justo en esta etapa, ya cercana a su muerte, cuando por primera vez Asimov entra en las listas de los más vendidos en los Estados Unidos).

Gracias a su anclaje doble, en una imaginería literaria y a la vez científica, no solo popularizó términos como robótica (que proviene de la palabra checa robota y que significa “trabajos forzados” o “trabajador”), positrónico o psicohistoria, sino también sus famosas “Tres leyes de la robótica”, una serie de normas que obligan a los robots a obedecer a los humanos y que prohiben cualquier tipo de daño hacia los amos, evidencia de su sospecha ante una humanidad cada vez más dependiente de los aparatos. El impacto de ese enfoque no solo es visible hoy en clásicos cinematográficos como Alien, Robocop y The Matrix, sino también en toda la discusión actual, académica y técnica, sobre la ética en la inteligencia artificial.

Los relatos más famosos de Asimov fueron llevados al cine, como Yo, robot o El hombre bicentenario (de otra de sus grandes sagas, la Serie de los robots), en los cuales también proyecta las contradicciones de una sociedad que comparte su vida con las máquinas. Gemas menos conocidas, como el relato Sufragio universal, narra una distopía en la que la votación democrática es un sueño ya pasado y borroso, en un presente en el que solo votan los hombres y son las computadoras las que indican las elecciones presidenciales y todas las grandes decisiones humanas. ¿Una predicción de los algortimos de internet asociados al smartphone?

A pesar de la saludable inserción que Estados Unidos le prodigó, el brillante autor llegado desde la Unión Soviética nunca dejó de tener opiniones políticas críticas y propias, ni de hacerlas públicas. Cercano al Partido Demócrata (al contrario de su amigo y colega Robert Heinlein, un militarista y macartista convencido), en sus últimos años escribió sobre aspectos ambientales como el calentamiento global y la destrucción de la capa de ozono.

Su muerte se produjo en 1992. Años antes, tras un ataque cardíaco, había recibido una transfusión de sangre contaminada con el virus de HIV, que lo llevaría al final. La enfermedad del sida que padeció fue revelada por sus familiares diez años después de su fallecimiento.

Visto hoy, acaso Asimov se equivocara de cabo a rabo con su trabajado “complejo de Frankenstein”: el temor de que las máquinas se rebelaran contra sus creadores. Si apenas intercambiamos los términos, podemos entrever una tensión inversa pero similar y cotidiana: acaso seamos los humanos los que no podemos rebelarnos contra nuestras prótesis tecnológicas (celulares, tablets, conexión al wi-fi) que mezclan esparcimiento, consumo y estudio, con una obediencia sutil pero permanente. La seducción irresistible de la novedad electrónica reactivó preguntas.

La obra de Asimov sigue habitando la cultura popular, desde el cine, pasando por la cultura de los juegos electrónicos o la TV. Ya está anunciada la secuela de Yo, robot y Apple TV estrenará en 2020 la serie Foundation, basada en la Serie de la Fundación, con actores de sexualidad neutra, que no se identifican como hombres ni como mujeres. Uno de ellos será Jared Harris, protagonista de la premiada serie Chernobyl.

Nicolás Pichersky/Clarín

Compruebe también

Mariana Enriquez, por Nuestra Parte de Noche, ganó el Premio de la Crítica 2019

“Lo primero que se pierde de los ausentes es la voz”, advierte el narrador con …

Mariana Dimópulos habla de su novela Quemar el Cielo, candidata al Medifé Filba

“La loca de mierda de Lila”, repite el tío anciano cada vez que Monique pregunta …

Dejanos tu comentario