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Una argentina y un ruso son los Campeones Mundiales de Tango Pista

Agustina Piaggio y Maksim Gerasimov se consagraron en un Luna Park repleto.

“Hablamos tango”. La definición, del flamante campeón de la categoría Tango Pista en el Mundial, puede parecer un mero vuelo poético. Pero la frase del ruso Maksim Gerasimov es mucho más literal de lo que podría creerse: con su compañera, la argentina Agustina Piaggio, apenas comparten unas palabras de español, algunas de inglés y otras de ruso. Las suficientes como para trabajar juntos desde hace dos años, cuando coincidieron ante los mismos maestros y sin pareja de baile. Pero cuando bailan, ahí sí, la comunicación entre ambos es fluida, delicada y profunda.

Eso reconocieron los jueces el martes, ante un Luna Park repleto, en la anteúltima velada de Tango BA, el Festival oficial que la ciudad dedica al género. El cierre del encuentro anual será esta noche, en el mismo escenario y con la final de la categoría Escenario. “A vos te encanta Troilo”, lo señala ella y él sonríe. Piaggio es más de Pugliese, cuenta la bailarina a PáginaI12. A minutos de consagrados, a ambos les dura la emoción. Ella tiene algo del rimmel corrido por las lágrimas, que una colega le corrigió sobre el mismo escenario para el baile que tradicionalmente ofrecen los campeones al público.

Ambos viven en Moscú, pero viajan por Europa participando en Festivales, ofreciendo y tomando seminarios. “Nos dejamos nunca de aprender, ni de bailar en las milongas”, ofrece como secreto del éxito la argentina de 28 años. “Y somos perseverantes”. Es su segunda participación conjunta en el Mundial y en 2018 ya habían hecho podio. Esta vez dejaron atrás a otros colegas, como los subcampeones Diego Luciano Chandia y Suyay Quiroga; Dmitrii Astafev y Irina Ponomareva (de Rusia, terceros); Lucas Gauto junto y Naima Gerasopoulou (cuartos); y Carlos Estigarribia y Letizia Messina (quintos).

La ceremonia tuvo como momentos destacados una coreografía de Fernando Carrasco y María Inés Bogado, que reunió a una veintena de ex campeones del mundo de la categoría (algunos con sus actuales parejas de baile), un reconocimiento del ministro de Cultural Enrique Avogadro a James McManus, el irlandés de 99 años que batió el récord como bailarín más longevo de la competencia, y un segmento de humor anacrónico de Hugo Varela. Las limitaciones presupuestarias se evidenciaron ahí: si años anteriores la espera del anuncio de los ganadores se matizaba con orquestas de gran formato, este año le tocó al luthier y humorista sostener el escenario sólo con su guitarra, su plumero-violín y su archiconocido tema de la corbata rojo punzó.

Más allá de lo competitivo, la faceta festivalera de Tango BA puso en primer plano que unas cuantas cosas empiezan a cambiar en la música ciudadana, pero también las tensiones que eso genera. Los más conservadores resisten con argumentos que los principales exponentes del género ya escucharon en el pasado: “esto no es tango”, “quieren modernizar el tango”, “no saben nada”. El discurso de negar el conocimiento de quien propone algo nuevo en el género es uno de los predilectos para los recalcitrantes que no conciben una milonga sin que suene Tanturi o un escenario que no cierre con “La cumparsita”. Este cronista escuchó, sin ir más lejos, a un hombre mayor disparar un “lamento mucho que el tango quede en manos de gente como ustedes”.

Pero más allá del avance del tango actual en la programación (que tuvo sus más y sus menos, como se consignó dos semanas atrás ), lo que se visibilizó profundamente fue el avance del feminismo en el campo. Por un lado, con los recitales, donde se abrieron los escenarios a los colectivos feministas, como Tango Hembra y a espectáculos y talleres que reivindicaron a mujeres y disidencias de género. Por otro lado, con la presencia activa de estos colectivos en distintas instancias.

Por ejemplo, ante un hecho de violencia machista en la semifinal de la competencia de Escenario, el Movimiento Feminista de Tango lanzó un comunicado donde se preguntó qué acciones lleva adelante la organización para evitar estos casos de violencia y si se permitiría al bailarín inscribirse al Mundial en 2020. El agresor, un bailarín ruso, subió un video a Facebook con su compañera justificando los hechos en la “pasión” del momento, lo que generó aún más repudios en las redes sociales.

Otros conflictos del tipo se plantearon de modos inesperados. Por ejemplo, cuando la DJ Natalia Fures musicalizó la milonga del Salón Mayor de la Usina del Arte e hizo sonar una tanda de tangos reinterpretados por la orquesta La Rantifusa. Uno de ellos, de Cadícamo, incluye una aclaración por parte de la cantante que explica que omitirán la letra por su machismo. En el lugar estaba Verónica Cadícamo, sobrina del poeta y compositor, que montó en furia. Hizo una protesta formal contra la musicalizadora, le escribió por privado a Gabriel Soria, director del Festival y se descargó con violencia contra Fures en las redes sociales.

En un texto que ya no está visible públicamente, acusó a la joven de ignorante (desconociendo así la trayectoria de Fures como bailarina, profesora, DJ residente en Ventanita de Arrabal y su profunda vinculación con la escena tanguera de La Plata). También criticó a las feministas del tango como “taradas de pañuelo verde”, entre otros apelativos todavía menos felices. Además, Cadícamo reclamó “al menos 20 años de experiencia” para acceder al Festival y, contradictoriamente, “renovación y tangos nuevos” para quienes no gusten de las letras de los clásicos.

Lo furibundo de la reacción deja en evidencia los debates aún lejos de saldarse entre el revisionismo y la nueva ola tanguera, con la mirada anquilosada que se resiste a aceptar que el tango siglo XXI ya tiene su propia Guardia Nueva.

Andrés Valenzuela/Página 12

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