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Tras 20 años, Ian Anderson y su nuevo Jethro Tull tienen placa discográfica

El icónico flautista y líder de la banda es el único integrante de la formación original.

En 1976, Jethro Tull publicó un disco cuyo nombre pegó tanto o más que su música: Too Old to Rock ‘n’ Roll: Too Young to Die! Sí, Demasiado viejo para el rock and roll, demasiado joven para morir. Era el noveno de un trayecto discográfico que había nacido ocho años atrás con el jazz-blusero This Was y descargaba en el desdichado personaje de Ray Lomas lo que Ian Anderson tal vez sentía y experimentaba, imbuido en esa sensación contradictoria. Claro, el ’76 no era un buen año para el rock progresivo, donde se había encajado al excelso grupo del flautista. Las bandas afines estaban en franca decadencia, el punk y las “nuevas olas” les estaban asestando puñales en todos los órganos y –en el caso de los Tull- esos discos tremendos, brillantes, que había concentrado la dupla Aqualung-Thick as a Brick, ya no parecían tener lugar en el nuevo marco.

Ahora bien, cuarenta y seis años pasaron ya, y no de aquella díada esplendorosa sino del momento en que Ian pergeñó eso de ser joven para una cosa, y viejo para otra. Y sin embargo, nada de eso se dio. Tras otra nada despreciable cantidad de años sin editar –casi dos décadas-, el viejo, histriónico y carismático escocés nacido en Glasgow volvió al ruedo con un disco a la altura de sus circunstancias históricas y estéticas. Se llama The Zealot Gene, algo así como El gen del fanatismo, ninguno de los integrantes –excepto él, claro- tocó en el Jethro del siglo XX, lo pueblan doce temas, y tales gozan, en general, del tridente sutileza-energía-profundidad que caracterizó al grupo en su etapa de oro. En líneas generales, convive la matriz jazz con cuotas de blues, mucho folk británico, ecos sonoros antiguos y barrocos, y la dosis de rock que talla el nombre de la banda en la historia grande del género.

Ya no levantará la pierna como un pelícano el viejo Ian. Setenta y cuatro años en sus espaldas son demasiados como para gozar de energía para saltar en una sola pierna mientras escupe su flauta mágica, pero sus músicas mantienen el aura que las hizo universales cuando el hombre era joven para el rock and roll, y lejos estaba de pensar en la muerte. Hay, en rigor, persistentes resonancias de la santísima trinidad acústica de Aqualung (“Cheap day return” + “Mother goose” + “Wond’ring aloud”) en piezas que, como aquellas, gozan de un viaje lírico apasionante. En el inicio de “Mrs Tibbets”, que es el inicio del disco, por caso. En los dos minutos once segundos total que dura “Jacob´s Tales”, una perlita folk como las que solían dar los Tull en su época dorada, con Ian en armónica, incluso. En la bellísima “Sad city sisters”, dotada del inconfundible y único fraseo aerofónico del juglar. Y en “Where did Saturday, go?” o “Three Loves, three”, otro par de bellezas servidas en copa nueva.

La complejidad sinfónica, los cambios abruptos de ritmo y melodía -otra de las llagas históricas del grupo- aparecen menos. Ni en calidad ni en cantidad se acercan al alucinado viaje de Thick as a Brick, o del no menos sofisticado A passion play. Se mantienen apenas intermitentes, amenazantes, en pasajes de ciertos temas. El más notorio es “Mine is the Mountain”, uno de los mejores del álbum.

También hay de aquellas piezas en las que la banda pasaba del polo acústico al eléctrico –y viceversa- con absoluta libertad de acción. Es el caso de “Barren Beth, Wild desert John”. O de esas otras que, tal vez buscando –otra vez- no morir por viejo, Anderson intentó “aggiornar” durante la deslucida década del ochenta. Entre tales hace punta “The Betrayal of Joshua Kynde”, como impera en la erótica “Shoshana Sleeping” cuando se trata de activar la técnica tulliana del mouth-percussion.

La lírica es recurrente, también. Sabido es que la pluma del multifacético Ian siempre se ha preocupado bastante por los marginados, los desclasados, los vagabundos, y por sus causas. Alguna vez fueron la hipocresía de la familia burguesa, la explotación de los de arriba o la religión institucionalizada. Ahora parecen ser el odio, la intolerancia y los fanatismos concentrados en tipos como Donald Trump o en la rémora de Harry Truman, y “sus” bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, en perspectiva de memoria larga.

Nada nuevo bajo el sol, pero discazo para conectar con las mejores músicas del pasado milenio.

Cristian Vitale/Página 12-Espectáculos

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