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Teatro: 100 Metros Cuadrados con grandes performances actorales

Juan Carlos Rubio la dirige y actúan María Valenzuela, Florencia Bertotti y Stefano De Gregorio.

Una comedia que se sostiene sobre una trama simple y una puesta inteligente, que apela al humor y a las emociones, que arranca risas y alguna carcajada y de la que el público sale con sus ojos algo empañados. 100 metros cuadrados enfrenta a dos mujeres muy diferentes, una de 37 años y la otra de 73, que terminan encontrándose en un abrazo sincero.

María Valenzuela es Lola y Florencia Bertotti, Sara. A ellas se suma Stéfano De Gregorio, un buscavidas. Bajo la precisa dirección de Manuel González Gil, Valenzuela asume a una anciana que cree próxima su muerte y su dúctil interpretación la lleva a transitar el drama y el humor -negro- con igual solidez. Bertotti, por su parte, apuesta con convicción y simpatía a encarar un personaje bien distinto al de las tiras televisivas que hizo hasta ahora.

Además de contar una historia, 100 metros cuadrados conmueve, divierte y deja un mensaje. Escrita por el español Juan Carlos Rubio, atrapa al espectador desde el principio hasta el final. La estructura dramática y la empatía que generan los personajes permiten que aun los tramos en los que la obra resulta previsible no entorpezcan la dinámica de la puesta.

El encuentro de estas dos actrices en el escenario es interesante. Son un buen complemento una para la otra. Con trayectorias y edades diferentes, logran sintonizar con buen resultado. Lola es verborrágica y abruma a Sara con las palabras que dice con temblorosa voz. Ha puesto en venta su departamento, pero en la escritura hay una cláusula: ella vivirá ahí hasta su muerte. Sara aprovecha la oportunidad para invertir en la compra de esa propiedad, estimando que la anciana no vivirá mucho tiempo más. En las conversaciones entre ambas surgirán los verdaderos motivos que tuvieron para vender y comprar, que les sirven para conocerse más.

La escenografía recrea el living del departamento en venta, con sillones y decoración antigua, altos ventanales y un misterioso placard. Como no puede ser de otro modo, el agente inmobiliario no se olvida de ningún cliché de su oficio: “Qué vista”. “Por este precio no va a encontrar nada igual en esta zona”. Y, de paso, mete un “chivo”, nombrando una inmobiliaria real.

De Gregorio aporta alegría. Su personaje irá cambiando de trabajo, pero siempre estará cerca de las dos mujeres. Su función es distender cuando el clima se pone intenso, a partir de los conflictos que se les van presentando a las protagonistas. Y en algunas de sus intervenciones canta un tema especialmente compuesto para la obra –con letra de Bertotti y música de Willie Lorenzo- y pone así color a la oscuridad que parece teñir las vidas de Sara y de Lola.

Dramáticamente, se produce un quiebre cuando lo que parece deja de ser. Cuando lo que debería sucederle a Lola no le sucede y lo que se espera que ocurra con Sara, tampoco. Pero el mensaje es que debemos hacer que parezca lo que deseamos ser. Y celebremos la vida a pesar de todo.

En el balance, son más los aspectos positivos que los negativos -se podría señalar cierto tono monocorde por momentos-. Esta comedia recorre un amplio abanico de temas tan universales como necesarios.

Y el público agradece esta caricia al alma que es 100 metros cuadrados; celebra que estas dos actrices provoquen en el escenario el deseo de pensar y pensarnos. La libertad, el miedo a la soledad, la muerte, el amor, la infidelidad, la fe, la salud y hasta la propiedad privada son temas que aborda esta comedia, que invitan a la reflexión, pero sin borrarnos la sonrisa.

                        María Ana Rago/Clarín

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