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Tarun Balani, el músico hindú, convertido en uno de los referentes del jazz

El baterista y compositor, de 34 años, lanzó su segundo CD.

Aunque mayo recién está comenzando, cuesta pensar que en lo que resta de 2019 el jazz entregue un disco mejor que Dharma, el segundo trabajo de estudio -el primero fue Sacred World, de 2012- del baterista, percusionista y compositor hindú Tarun Balani.

La afirmación no es exagerada. Nacido hace 34 años, Balani conjuga a lo largo de los ocho temas del álbum dosis parejas de virtuosismo, imaginación, talento y sensibilidad, con un resultado que deja con ganas de más.

La inmersión en Dharma es paulatina y comienza en Brooklyn Bound, con una marca inicial del baterista, y un desarrollo en el que el piano del también hindú, aunque radicado en Nueva York, Sharik Hasan, y la trompeta, más a lo Chris Botti que a lo Dave Douglas, del brooklyniano Adam O’Farrill se reparten los créditos.

De a poco, el paisaje se abre, y en eso mucho tiene que ver la maestría con que Balani maneja la polirritmia, y su capacidad de trazar melodías desde su instrumento, y el de otro neoyorquino, el contrabajista Raviv Markovitz, de sostener ese andamiaje irregular que construyen y deconstruyen sus compañeros de banda.

En ese plan, la segunda pieza del disco Impermanence crece desde la nada misma hasta un punto de controlada intensidad, desde donde vuelve a diluirse lentamente, hasta desaparecer, y establecer un inmejorable punto de partida para Samsara, tercera escala del viaje, en el que el diálogo entre el piano y la batería, una vez más sostenido por el contrabajo, crea un bellísimo clima de introspección y calma.

El contraste lo impone Gatha, palabra que en sánscrito significa «verso», y que en Dharma es terreno para un discurso musical que incluye un ida y vuelta entre las teclas de Hasan y la guitarra del finlandés Olli Hirvonen, que confluyen sobre las texturas de O’Farrill, para darle paso al tema que da título al disco.

De algún modo, Dharma, sintetiza en sus casi 7 minutos, las distintas ideas que conviven en el disco. Y esta vez sí, el eje lo define Balani, cuya generosidad y capacidad de ceder y retomar el protagonismo es prodigiosa, y se extiende a la hermosa Here We Go, en la que define un patrón rítmico, lento, para confundirse enseguida en la fantástica amalgama sonora del grupo.

Finalmente, el esquema se repite, sin repeticiones, en Malala’s Dream, con un Hirvonen descollante, y en esa especie de oratorio que es Planet Hunter, apenas un breve preludio para volver al mismo punto de inicio, nuevo.

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