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STARZPLAY presenta El Nombre de la Rosa en formato serie

John Turturro se pone en la piel del personaje que protagonizó Sean Connery en el film original.

“Me han hablado mucho de usted”. Así recibe un religioso a Guillermo de Baskerville en una de las primeras escenas de El Nombre de la Rosa (desde el próximo 7 de mayo por STARZPLAY). Y con esta miniserie sucede algo similar que cuando su protagonista traspasa la abadía. Es que se trata de uno de esos productos precedidos por un aura imponente. En este caso, el reto de la ficción es doble, tanto por la trascendencia de la novela de Umberto Eco como por el recuerdo de su adaptación cinematográfica (Jean-Jacques Annaud; 1986). La cantidad de textos dedicados a la obra publicada en 1980 bien hubieran merecido un anexo en la biblioteca medieval central para el argumento. ¿Y qué hay del fraile adepto a Dios y la deducción? Lógicamente ya no cuenta con la tonada ni la presencia estoica de Sean Connery. La entrega compuesta de ocho episodios, a su vez, se da tiempo para explorar rincones y batallas de la era medieval.

El meollo es ampliamente conocido. En 1397, el notable franciscano (John Turturro) viaja hasta el norte de Italia, acompañado por Adso De Melk (Damian Hardung), para participar de una conferencia que va a decidir la suerte de su congregación acusada de herejía. Aunque la previa se verá empañada por una serie de asesinatos que los forasteros investigarán cuales Sherlock & Watson vestidos con túnicas. Dichos homicidios, a su vez, están vinculados a la biblioteca del monasterio. “Aquí no hay monstruos, solo libros”, sugiere el abate. Ese reservorio laberíntico y misterioso de la cultura antigua va a seducir a un iluminado como Baskerville. “Hay una sola manera de combatir la ignorancia y el odio: usar el conocimiento para ir contra lo que no es humano”, desembucha. La entrega, como es de esperar, abunda en intertextualidad y simbologías junto con el pulso y el juego detectivesco de una era que linda entre la divulgación de la verdad y el oscurantismo.

La mayor apuesta de la miniserie radica en explorar el contexto de esa Europa con las peleas de poder entre el papado de Aviñón y el Imperio Sacro Romano. Son tiempos de Santa Inquisición, Dulcinismo y de una doctrina franciscana en claro desafío al orden de Juan XXIII. “La religión es política”, resume por allí otro personaje. En ese sentido, el propio director de la miniserie diferenció esta versión de la de Annaud (merecedora de haber gastado los cabezales de las videocaseteras). Según Giacomo Battiato aquí pudieron desarrollar más aspectos del trabajo de Eco sin ceñirse al misterio principal, por lo que enfoque y la narración son otros. “Éste fue un período revolucionario, el comienzo de la era moderna. Y esa extrema modernidad subyace en la investigación, en la búsqueda de un asesino en serie, en el debate religioso, político y humano, todo eso está simbolizado en el conflicto entre el Papa y los franciscanos”, señaló el italiano.

Entretenida, formal y solvente clase de catequesis e historia medieval, El nombre de la rosa es, además, una ostentosa coproducción europea que se apoya en un elenco amplio de nacionalidades. Vale mencionar a Rupert Everett que encarna al inquisidor Bernard Gui, antagonista de todo lo que representa y pretende Baskerville. Michael Emerson (Benjamin Linux de Lost) está predestinado para los roles ambiguos como el del abate del monasterio.

Más allá de las tramas alternativas, de personajes a los que se les da mayor vuelo (como el bibliotecario Jorge de Burgos, el padre de Adso y la chica salvaje), la historia gira claramente en torno a la estrella de Baskerville. El hombre que media entre la fe y la razón, el que reza pero también usa un astrolabio, el que se jacta de no haber perdido un debate, el que cree que el mundo es como un gran libro, (“sólo debes aprender a leerlo correctamente”) y que “tiene charm” según reconoce el papa. Turturro se carga el personaje con un aire terrenal, más que un detective imponente es un rastreador con gran vocabulario. Es, en definitiva, el mismo personaje aunque ya no tenga la calva de Connery, ni ladee su labio al pronunciar la temible ¡Penitenciagite!

Federico Lisica/Página 12

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