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Solamente familiares y amigos en el entierro de Diego Armando Maradona

Congoja y silencio en el último adiós a Diego.

Hizo cosas grandes en vida Diego Armando Maradona y por eso provocó, provoca y provocará pasiones extremas. No se explica de otra manera sino la caravana infinita que se armó para seguir al cortejo fúnebre desde la Casa Rosada hasta el cementerio de Bella Vista donde lo enterraron. Miles y miles de personas siguieron al auto que trasladó los restos de Diego por casi 40 kilómetros y otros cientos aguardaron en las cercanías del cementerio Jardín para darle el aliento final, el “gracias” y el “te amo”, seguramente las dos cosas que más se gritaron al aire. O mejor: al cielo.

Habían pasado más de 30 horas del anuncio de la muerte de Maradona y la gente seguía ahí, esperando por verlo pasar por última vez aunque sea desde lejos. El féretro salió de la Casa Rosada a las 17.42 e ingresó al cementerio privado a las 19. En el medio se produjo la caravana final, sinónimo tal vez de la última gran vuelta olímpica de Diego, ese personaje que “ha regalado tantas alegrías”, como dijo José, vecino del lugar de 50 años. Quedarán para la posteridad las imágenes de los fanáticos en los puentes y a los costados del Acceso Oeste y el Camino del Buen Ayre para darle el último adiós al campeón del mundo en México 1986.

Fue caótica la llegada del cortejo al cementerio, pero no hubo incidentes mayores. A diferencia de lo que sucedió con el velorio, todo estuvo bien organizado: los particulares no podían llegar hasta la puerta principal. Cerca de 800 efectivos de seguridad fueron los encargados de controlar que no existan desbordes.

Bella Vista se alteró por un par de horas. Las calles internas cercanas al cementerio, la mayoría de tierra y desparejas, se colmaron de fanáticos de Diego. Incluso algunos vecinos, rápidos de reflejos, montaron puestos de comida callejera. Pero era imposible llegar hasta la puerta del lugar y los fanáticos se tuvieron que conformar con ver pasar desde lejos al coche fúnebre. A nadie le importó: todos igual se animaron a dejar un saludo a la distancia.

Fue íntimo y silencioso el entierro de Maradona. Y fue, de todos los momentos que sucedieron desde que se conoció su fallecimiento, el primero en paz. Estuvieron sus familiares y sus amigos de siempre. El féretro fue llevado hasta su morada final por dos de las hijas del ídolo, Dalma y Jana; su hermano Lalo; su sobrino Daniel López Maradona y Guillermo Coppola. Entre otros integrantes de su círculo más cercano, también lo acompañaron Gianinna y Claudia Villafañe, a quien se la vio abrazar a una de las hermanas del Diez. También se lo vio a Sergio Berni, ministro de Seguridad bonaerense, cercano a Verónica Ojeda, ex pareja de Diego.

La ceremonia religiosa fue breve. Hubo aplausos, lágrimas y abrazos en la carpa montada. Un rato antes de las 21 todos se había retirado del lugar. Maradona ya descansaba, tal como era su deseo, junto a sus padres tan añorados, Doña Tota y Don Diego.

Sorprendió el verde del cementerio Jardín de Bella Vista. Los drones (15) de los distintos medios mostraron el lugar desde el aire y fue inevitable hacer una conexión con una cancha de fútbol. Y no está mal pensar que Maradona descansará en un lugar -los lugares en realidad, por la cantidad de canchas en las que jugó- en donde más feliz se sintió.

“Ahora sí: se murió Maradona”, soltó un hombre al pasar. Lo dijo como buscando un cómplice que no encontró. No halló interlocutores porque dejó a todos los que lo escucharon pensando. Era verdad: ahora sí Maradona estaba muerto, enterrado, ya no regalando alegrías, jugadas memorables, goles hermosos, frases históricas, broncas y polémicas. “Ahora nos va a empezar a caer la ficha”, se contestó solo el mismo hombre que había soltado la sentencia.

Arremete ahora la inevitable certeza de que no habrá más Maradona en el aquí ahora. Quedará, claro, coloso en el inconsciente colectivo, en los videos de Youtube para que los jóvenes vean y sepan qué sueños se pueden cumplir con una pelota en los pies. Los dos Maradona seguirán vivos, el futbolista y el hombre. Uno, el inigualable, el de los cordones sueltos para atar simbólicamente la pelota a su zurda, el de la lengua afuera para demostrarles a todos que el fútbol es un juego y hay que divertirse; el otro, el terrenal, el que tiene lugares oscuros como cualquier hijo de vecino, como el policía que custodia la puerta del cementerio, como el pariente que carga el féretro, como el padre que lleva en los hombros a su hijo y ve pasar el coche fúnebre, como el periodista que escribe la crónica y como los millones que lloran su partida. Maradona descansa en paz. Pero está más vivo que nunca.

Maximiliano Uría/Clarín

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