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Sin Roger Waters, sale a fin de mes Live at Knebworth 1990 de Pink Floyd

Se trata del primer disco tras la era Waters de la banda británica.

No es que el material vaya a sorprender al fanático tipo de Pink Floyd. Lejos está “la novedad” de eso. Por contrario, permanecen las brumas brillantes de las primeras cinco partes de “Shine on You Crazy Diamond”; la insistente conmoción que genera “Wish You Were Here” por más que se la haya escuchado un millón de veces; el deleite que significa volver sobre los solos de David Gilmour en “Sorrow” y “Comfortably Numb”; las detonaciones atronadoras de “Run Like Hell”, o las monedas de “Money” que ya no son -aunque parezca- las que Roger Waters batía en cuencos de cerámica en épocas del revolucionario Dark Side of the Moon. No. En todo caso, lo que la inminente publicación de Live At Knebworth 1990 -“la novedad”- viene a traer es un estupendo más de lo mismo.

La publicación será el viernes 30 de abril en tres formatos: CD, vinilo doble y plataformas digitales. Habrá tiempo, espacio y forma(s) de revivir a partir de tal día lo que el grupo, del que se había ido Roger Waters lustro y pico atrás, proponía por entonces: una vuelta sobre su historia, precisamente sin el mandato intenso del creador de The Wall. Algo que, claro, ya se había visto y escuchado dos años antes en Delicated Sound of Thunder, disco doble y en vivo que precisamente le quita brillo, originalidad y sorpresa a Live At Knebworth. De hecho, este repite, casi calca de aquel las versiones antedichas: las cinco partes de “Shine on…”, que incluso duran lo mismo, y las restantes. Están todas e incluso otras… Por eso lo de “estupendo más de los mismo”.

Los matices comentables hay que buscarlos por otro lado. Tal vez en el carácter de aquel festival que hizo que Pink Floyd primara entre sus pares, tras un período de numerosas giras en solitario. “Después de dos años de gira solos, fue un placer ver tocar a otra gente y tener la oportunidad de merodear por los bastidores de Knebworth en el más puro estilo de los dioses del rock. Era como una especie de tarde en el geriátrico del monte del Olimpo, pero en términos musicales”, evoca sobre aquella jornada un sarcástico Nick Mason en la página 229 de su libro Dentro de Pink Floyd (el largo y extraño viaje hacia el éxito de un grupo mítico). El baterista no solo refiere a la presencia de su banda, sino también a la de un resto de grupos y solistas que sintonizaba generacionalmente con ella: Paul McCartney, Dire Straits, la dupla Plant-Page, Status Quo, Elton John, Phil Collins y Eric Clapton, entre más. “Todos llegamos allí en helicóptero”, recuerda Mason en sus memorias, además de destacar el hecho de que Pink Floyd haya cerrado semejante jornada.

Buen detalle. Pero hay que seguir hilando fino para encontrarle más gusto a la publicación. Las más de120 mil personas que asistieron no suman ni restan. No sorprenden. Que haya sido una noche de intensa lluvia y frío no se traduce al plano musical. Que el concierto se haya tratado de un fin benéfico va por otro carril, y resta más, incluso, el hecho de que se haya trasmitido en vivo por MTV. Habría que ir entonces por otra arista que sostuvo el mismo Mason, pero al enterarse de la edición. “Hay algo especial en Knebworth. Todos todavía tenemos buenos recuerdos de tocar allí en los ’70 y este espectáculo no fue diferente. Como chico del norte de Londres, esto era casi un juego en casa, pero con el placer adicional de ser el reensamblaje de la banda después de una mega gira que duró más de un año (…) También tuvimos a nuestro querido amigo Michael Kamen como invitado (en “Comfortably…” y “Run like..”). Michael había contribuido mucho a Floyd durante los diez años anteriores y es genial tener algo de su interpretación en la grabación”.

Otra arista, entonces. Knebworth, pequeña aldea inglesa del norte de Hertfordshire, no es un espacio ajeno a la inmensa historia de Pink Floyd. Una de las primeras veces que el grupo se presentó allí fue a mediados de 1975, cuando varios de los temas del flamante disco estaban en estado embrionario, o ni siquiera existían. Cuenta el mismo Mason en su libro que fue aquella una actuación accidentada, que había tenido como previa los teclados absolutamente desafinados de Wright: “Mientras caía la noche y se encendían las luces de nuestro escenario, los teclados de Rick fueron cambiando de tono al mismo tiempo que el sonido. Sonaba fatal. Nos dimos cuenta de que cada vez que se subía el volumen principal, los teclados se desafinaban”, evoca el baterista en la página 159, acerca del accidentado show que sucedió a otro más complicado aún, cuando casi van todos presos por una explosión que hizo estallar ventanas en hogares de un barrio de Canadá.

Otro de los ejes que Nick resalta del Knebworth ’90 es la participación de músicos que ayudaron a aceitar el siempre complejo engranaje floydiano. A la de Kamen se le agregan las intervenciones del tecladista Joe Carin (ex Brian Ferry), quien tuvo que viajar directamente desde Estados Unidos para auxiliar a Wright en los largos pasajes musicales que emanaban de sus teclas en todas formas, texturas y colores. De la holandesa Candy Dufler -entonces dulce por lo bien que le había en el Reino Unido con “Lily Was Here”-, cuyo saxo la descose en “Shine…” y “Money”. De la inefable Clare Torry, quien repetiría el largo orgasmo vocal de la versión original «The Great Gig in the Sky», aunque atrapada por las marcas del paso del tiempo: habían pasado dieciocho años del momento en que Alan Parsons la había propuesto para hechizar a propios y extraños, en uno de los mejores temas de la historia del rock. En el elenco de Pink Floyd post Waters participaban también Tim Renwick, guitarrista, director musical y viejo amigo de las épocas del under, Cambridge, la lisergia, el UFO Club y Syd Barrett; el coro a cargo del tándem Brown (Sam y Vicky), y la ex Blue Pearl Durga McBroom; el díscolo, genial y borrachín Guy Pratt en bajo; y el percusionista Gary Wallis. Varios serían partícipes del osterior y maravilloso The Division Bell (1994), y de la reunión del grupo -Waters incluido- en el Live 8 de julio de 2005.

Si lo que se busca es saber sobre el Pink Floyd de los años ’90 o profundizar en sus razones estéticas, más allá de las virtudes de este registro en vivo, es mejor echar oídos sobre aquel muy buen disco que fue The Division Bell, ya con Rick Wright nuevamente a pleno. O, yendo más al fino y sutil filo de la historia, anclar en Amused to Death, tremendo trabajo de Waters que marchaba -paralelo y tenaz- sobre las sombras del lunático Pink.

Página 12/Espectáculos

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