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Sebastián Lelio hizo la remake de su propio film y lo tituló Gloria Bell

Julianne Moore y John Turturro son los protagonistas de la película.

Gloria Bell es una remake desembozada de Gloria (2013), ambas dirigidas por el chileno –nacido en Mendoza– Sebastián Lelio, previo reemplazo del reparto, el idioma, la geografía y ciertos detalles culturales. A pesar de no tratarse de un calco plano a plano no deja de ser cierto que la estructura general y la dramaturgia de las escenas son idénticas. ¿Vale la pena “volver a ver la misma película”? ¿Era necesario rehacer el film original, ganador del Oso de Plata a la Mejor Actriz en el Festival de Berlín, entregado a Paulina García? La respuesta a la primera pregunta es un sí rotundo y las razones son las mismas que podrían atribuírsele a la escucha de diferentes pero igualmente buenas versiones de una misma canción. En cuanto a la segunda incógnita, la leyenda afirma que Julianne Moore, una de las productoras de Gloria Bell –quien nuevamente demuestra, por si hacía falta, que se trata de una de las actrices más inteligentes y talentosas de su generación– demandó como condición sine qua non que el propio Lelio se pusiera nuevamente detrás de las cámaras.

A pesar de que su edad nunca es explicitada, Gloria Bell debe andar por lo cincuenta y tantos, tiene hijos grandes, se ha separado de su marido hace tiempo, vive sola y trabaja en una compañía de Los Ángeles. Gloria sale por las noches, le encanta bailar y conocer hombres y por ello no le rinde cuentas a nadie. Así es presentada por la película, en un boliche para “mayores”, bailando al ritmo de un tema de Earth, Wind & Fire y regresando a casa con algunas copas de más. Es precisamente en una de esas salidas que conoce a Arnold (John Turturro), un caballero amable y sensible que se transforma rápidamente en interés amoroso, aunque no sin complicaciones: el hombre mantiene una relación casi patológica con su ex y sus dos hijas. El guion de Lelio, Alice Johnson Boher y Gonzalo Maza, como también ocurría en el original, opera de manera descriptiva, por sedimentación, desplegando de manera gradual información y detalles sobre la protagonista, su familia, el entorno y su nueva pareja.

Gloria Bell, como su hermana chilena Gloria, no es una comedia en un sentido estricto, pero nunca abandona un sentido del humor que se mantiene agazapado, como en esa subtrama acerca de un vecino que sufre de recurrentes y ruidosos ataques de nihilismo en la madrugada o la sesión de yoga a la que la protagonista asiste con la única intención de ver a su hija. Gloria Bell, el personaje, como su gemela Gloria, es una suerte de inconformista silenciosa, una mujer que no acepta los dictados del deber ser que parecieran ser obligatorios a su edad. Como en Gloria –que incluía un par de apuntes sobre la sociedad chilena, aquí desdibujados en pos de cierta universalidad– el romance entre los protagonistas adopta una forma diferente a la impertinente ñoñez otoñal: la dificultad central es la de intentar construir algo profundo y perdurable más allá de (y a pesar de) los deseos personales. Pero sin crueldad, apenas con un ligero sarcasmo en alguna que otra escena, otro de los logros nada menores del/de los film/s.

Cerca del desenlace, luego de un viaje a Las Vegas que deja magulladuras literales y simbólicas, la película recurre a un par de trucos dramáticos diseñados para terminar de construir a Gloria como una heroína moderna, un personaje capaz de tropezar una y otra vez con las zonas erróneas propias y ajenas y, sin embargo, seguir de pie con dignidad y renovadas energías. La fiesta de casamiento que cierra el relato, como ocurría en el largometraje chileno, termina con el volumen in crescendo del clásico compuesto originalmente por el italiano Umberto Tozzi, aquí, lógicamente, con los arreglos del famoso cover de Laura Branigan. Luego del premio Oscar a la Mejor película de habla no inglesa por Una mujer fantástica y la realización de Desobediencia y Gloria Bell, ambas producidas en el mercado angloparlante, se abren las apuestas acerca del futuro de la carrera de Lelio, quien ya ha demostrado que puede nadar sin inconvenientes en aguas locales e internacionales.

Diego Brodersen/Página 12

 

 

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