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Se estrena Priscilla, aquella problemática historia de amor

Cailee Spaeny protagoniza al personaje central del film.

No hay en el cine de Hollywood una directora más afín al mundo adolescente femenino que Sofia Coppola. Ahí están para probarlo su corto Lick the Star (1998), que vino a presentar personalmente en el primer Bafici, su debut en el largometraje con Las vírgenes suicidas (1999) y por supuesto María Antonieta (2006), The Bling Ring (2013) e incluso la perturbadora El seductor (2017). Ahora con Priscilla, su versión de las memorias de Priscilla Presley, que empezó a vivir su problemática historia de amor con Elvis Presley cuando ella apenas tenía 14 años, vuelve a confirmarlo.

Hay algo en el modo en que la hija de Francis Ford Coppola filma no sólo a sus personajes sino a su entorno que conecta siempre de manera muy directa con el universo teen. Esos planos detalle con los que se abre Priscilla, por ejemplo, que van desde las uñas esmaltadas color fucsia hasta los ojos pintados como puertas con delineador negro, van más allá de la mera parafernalia decorativa para constituir todo un mundo. Si ese mundo es, además, el que el propio Elvis erigió en Graceland –el monstruoso santuario-mansión en el que literalmente creció Priscilla- la directora corría el riesgo de resbalar en la estética kitsch.

Pero a diferencia de su María Antonieta, con el que Priscilla tiene sin embargo más de un punto en común (en principio el de dos reinas adolescentes perdidas en sus respectivos palacios), en su nueva película Sofia Coppola evita meticulosamente cualquier atisbo de espíritu festivo o burlón. La de Priscilla Beaulieu es esencialmente una historia triste, que la directora nunca oscurece por demás, pero para la cual encuentra el tono justo, que es el de la melancolía. Esa melancolía que tiñe toda la película es la del punto de vista de Priscilla, que vive el sueño de toda adolescente de su época, la de ser la elegida por el Rey, pero un rey que resulta tan posesivo como distante. Elvis tanto la respeta y venera –como a la adolescente pura y virginal que es- que ignora los sentimientos y deseos de Priscilla y la trata como si fuera un objeto, al que viste, decora y honra como si fuera un niño caprichoso jugando a las muñecas con una estatuilla de la virgen María.

El tema sexual es una sombra constante, un leitmotiv deliberadamente incómodo que recorre toda la película. Elvis tenía 24 años, diez más que Priscilla cuando la conoció en 1959 durante su servicio militar en Alemania. Era el hombre más sexy del planeta, agitaba su pelvis de tal modo que provocaba escenas de histeria entre sus admiradoras, y allí de pronto aparece Priscilla, sorbiendo inocentemente una Coca-Cola, sin siquiera imaginar que ese astro oscuro podía posar sus ojos en ella. Sus padres son los primeros en inquietarse: ¿por qué Priscilla entre todas las mujeres si ella todavía sigue siendo una niña? Y cuando Elvis declara que sus intenciones son honorables y que el romance respetará todas las normas familiares, ¿es necesario entonces que ella se mude a Graceland? ¿En qué cama va a dormir?

Cailee Spaeny –ganadora del premio a la mejor actriz en el último Festival de Venecia por este trabajo- está estupenda como Priscilla. Es capaz de manejar sin desborde alguno la infinidad de emociones que atraviesa su personaje y también consigue, sin esfuerzo, de manera siempre creíble, pasar de los 14 a los 27 años, cuando finalmente tomará la que quizás haya sido la decisión de su vida, o al menos la primera en la que Elvis (ya perdido entre la resaca de la fama, los barbitúricos y su sumisión absoluta al temido Coronel que manejaba su carrera) no tuvo nada que ver. Lo de Jacob Elordi como Elvis es más difícil, primero porque no se le parece mucho, y luego porque la película le reserva no tanto un papel secundario como un registro monocromático, casi sin matices.

Algo de esto quizás tenga que ver con el hecho de que Sofia Coppola elige un modo de relato más bien plano, sin arcos dramáticos, como si estuviera siguiendo desapasionadamente las páginas de un diario, sin intención de novelizar nada. El melodrama aquí no tiene lugar, está elidido. La directora, en cambio, prefiere hacer sus comentarios –como lo hace siempre: magníficamente- desde la banda de sonido, que de modo muy audaz prescinde por completo (por razones de derechos y presupuesto) de la música de Elvis. A cambio, a la manera anacrónica y ecléctica del soundtrack de María Antonieta, encuentra -en un amplísimo espectro que va de Frankie Avalon a los Ramones- el tono ideal para cada momento. Como en el final, cuando un clásico de la música country (“I Will Always Love You”, de Dolly Parton) dice todo lo que hay que decir cuando las puertas de esa prisión que era Graceland se abren finalmente para Priscilla.

Luciano Monteagudo/Página 12-Espectáculos

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