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Se estrena la miniserie El Mundo de Mateo en la TV Pública

El envío, dirigido por Mariano Hueter, tendrá a Martina Gusman como una de sus protagonistas.

La historia de un adolescente acusado de cometer un asesinato, en un pueblo pequeño, ubicado en las afueras de la ciudad, es el punto de partida de El mundo de Mateo, miniserie dirigida por Mariano Hueter y producida por Idealismo Contenidos. Se estrena hoy martes a las 22 por la Televisión Pública y en simultáneo en Cablevisión Flow, donde podrán verse los ochos capítulos que la componen. La búsqueda del verdadero culpable develará una serie de oscuros secretos hasta ahora escondidos por todas las familias del pueblo. La psicopedagoga del colegio –interpretada por Martina Gusman– al que asiste el adolescente, el comisario local y el padre del propio chico, se cruzarán en un difícil entramado donde nadie es quien aparenta ser. Esta apuesta con toques cinematográficos está protagonizada por Luciano Cáceres, Fernán Mirás y Tato Quattordio, además de Gusman. Al elenco se suman participaciones de Federico D`Elía, Cecilia Dopazo, Fausto Bengoechea y Guillermo Pfening, entre otros. “Lo que más me interesó fue la estructura del policial, trabajar con las claves del género”, explica la protagonista,  a quien por estos días también se la puede ver en el cine: la semana pasada se estrenó El hijo, donde Martina Gusman comparte elenco con Joaquín Furriel.

–La serie plantea el problema de conducta de Mateo, pero también de un enfrentamiento con un compañero. ¿El bullying escolar es un tema que va a estar presente en la historia?

–Sí, la serie trata principalmente sobre el bullying en el mundo adolescente, aparte de los recovecos o las vueltas que tiene la cabeza para construir o reconstruir ciertas cosas. En función de un punto de partida determinado y una amnesia que tiene Mateo relacionada con lo que pasó, el vínculo con la psicopedagoga del colegio, que es mi personaje, le ayuda a ir reconstruyendo sus recuerdos. Por un lado, está la construcción o deconstrucción de la memoria, pero dentro del marco del bullying adolescente.

–El le confiesa un secreto a la psicopedagoga y le pide que no lo cuente. ¿Es una responsabilidad profesional que ella tiene?

–Sí, pero principalmente ella se va involucrando en una historia más personal porque empieza a tener un rol de investigadora cuando no es su rol ni su lugar. Ella se empieza a obsesionar por una identificación que tiene con él respecto a cuestiones personales de ella misma. Se va comprometiendo más que con cualquier alumno particular y eso le va haciendo meterse cada vez más en la historia, investigando desde el punto de vista del espectador, pero de manera torpe. Sin las herramientas de una investigadora profesinal va intentando entender qué pasó.

–¿Qué mirada sobre la adolescencia tiene la serie?

–Tiene una mirada bastante interesante desde el posicionamiento del bullying, en cuanto a la posibilidad del entendimiento. Muestra diferentes perfiles de adolescentes porque Mateo es muy diferente a otros de sus compañeros que también están enfrentados dentro de la historia. Se va mostrando un poco ese lugar de la incomprensión, de la búsqueda, de la soledad, en un punto, en función de esa construcción de la propia identidad. Hay algo de esto que le va pasando también a Mateo dentro de esa situación.

–¿Una miniserie tiene ritmos de trabajo similares al cine?

–Depende. Una serie como ésta o como El marginal están pensadas bastante cinematográficamente. Si bien hago más cantidad de escenas que las que haría en una película porque en un film puedo estar con una o dos escenas todo el día, toda una jornada. Y en una serie puedo hacer seis o siete escenas por día, pero no tengo las catorce escenas de una tira diaria. Hay una búsqueda –y más en este tipo de productos– de calidad artística, técnica, de tiempos para poder construir.

–¿Cómo analizás un producto como El marginal en la TV?

–Creo que el fanatismo por El marginal tuvo que ver con esa primera temporada donde se pensó mucho desde un lugar cinematográfico. Incluso, estaba Adrián Caetano tanto en la línea de dirección como en los guiones, después estaba Luisito Ortega. Había directores de cine en el mundo de las series y eso claramente se vio en la forma de construirla.

–La semana pasada se estrenó El hijo, donde compartís elenco con Joaquín Furriel. De algún modo, la abogada que encarnás allí debe cuidar y ayudar al personaje de Furriel. ¿Tus personajes suelen ser más contenedores de otros más border?

–Así parece, ¿no? (risas). Parecería que me llaman para eso. Debo tener cara de que puedo contenerlos (risas). Pero hay algo de eso. Es interesante también para analizar por qué. Tal vez hay algo de la empatía con el espectador, de la verosimilitud o del registro de realismo. Tanto el personaje de Emma en El marginal, como el de Paula en El mundo de Mateo, como el de Julieta en El hijo son personajes que contienen desde diferentes lugares con distintos perfiles, pero sí, hay algo de eso.

–Uno de los temas de El hijo son la maternidad y la paternidad puestas en conflicto. ¿Ser madre te permite saber con mayor conocimiento qué se siente al no poder tener hijos o a sobreprotegerlos, dos situaciones que se dan en la película?

–Sí, totalmente. La experiencia de la maternidad es muy reveladora para una mujer. Primero, la vida de una y su centro empiezan a girar alrededor de otro ser, que ya no es una. Eso es muy fuerte: desde el momento en que una tiene un hijo hay algo donde todo el tiempo empieza a estar disociado entre ese hijo y lo que una haga en la vida. Por lo tanto, entiendo personajes como el de Julieta en El hijo, que no puede ser madre, pero que tiene esa búsqueda y expectativa de serlo. O incluso, personajes como el de Paula, en El mundo de Mateo, que no es madre pero hay algo de maternal en el vínculo con Mateo y algo de orfandad en lo que fue su propia infancia, que también la llevan a esa cuestión de mujer-madre. Y siento que El hijo va por ahí: es una reflexión sobre la maternidad, sobre la paternidad, sobre las distintas formas de ser madre o ser padre.

–En relación a la maternidad, ¿cómo recordás tu personaje en Leonera? ¿Fue anticipatorio de temas que ahora están más presentes en la opinión pública?

–Es una película que adoro y fue mi primer protagónico en cine. Estuve también involucrada desde el lugar de la producción. También estuve un año investigando en penales para construir el personaje. Fue algo que me transformó no sólo como actriz sino como persona. Siento que en ese momento la película ya había producido todo un movimiento muy grande porque desde el momento en que empezamos a armar cine-debate en relación a ella, había un proyecto de ley de prisión domiciliaria para madres o embarazadas que estaba cajoneada. Y hubo un senador que la empezó a mover y la ley se hizo efectiva después de toda la movida con Leonera. O sea, fue un cambio muy concreto que se produjo. Actualmente, lo podríamos asociar con todo lo que tiene que ver con el empoderamiento femenino. Puede ser como una antesala de un lugar de mujer fuerte transformadora que busca una realidad diferente. Desde ese lugar, sí podría pensarlo como una antesala.

–Comenzaste con Pablo Trapero en el cine y luego hiciste trabajos independientemente de los de él. ¿Notás diferencias entre un caso y otro?

–Sí, obviamente con Pablo nos conocemos muchísimo y hay algo del conocimiento y de la confianza que habilita un terreno creativo inmenso porque al conocer tanto a otra persona hay muchas cosas que fluyen por ahí de una manera distinta. Pablo es un director que yo admiro profundamente, me parece uno de los grandes directores contemporáneos del momento a nivel mundial. Más allá de que es mi pareja, realmente admiro mucho su forma de filmar, de trabajar, la sensibilidad que transmite en sus películas. Pero si yo quería seguir actuando también tenía que empezar a tener otras experiencias con otros directores. Y siento que eso me enriquece un montón porque cada director tiene su impronta, su propia mirada, su distinta forma de trabajar. Entonces, el desafío de trabajar con otro director tiene que ver un poco con eso. Me parece un desafío que está buenísimo, pero obviamente es distinto. Por otra parte, en las películas de Pablo me involucro más desde otro lado. Soy un torbellino de cosas y propuestas que cuando trabajo con otro director también, pero soy mucho más respetuosa cuando el director dice: “Hasta acá sí, acá no” o lo que sea.

–Trabajaste en varias películas de Pablo. ¿Qué hilo conductor encontras en ellas? ¿La familia puede ser uno? 

–La familia puede ser. Principalmente, a las películas de Pablo las podés atravesar con los cinco sentidos. Son muy sensoriales. Te invitan como espectador a estar muy metido adentro de la película, como si pudieras oler a los personajes, tocarlos y estar viviendo esa situación con ellos. Tienen algo de muchísima cercanía. Eso atraviesa sus diferentes películas. Después, muchas tienen una cuestión vinculada con lo familiar, pero no todas porque El bonaerense tiene que ver con otra búsqueda. También tienen en común que los personajes son muy universales, porque si bien son películas con una fuerte identidad local, en el exterior la gente las siente muy universales y también siente una cercanía y una empatía muy fuertes con los personajes.

–La última película de Trapero, La quietud, donde compartiste elenco con Graciela Borges y la actriz franco-argentina Bérénice Bejo también reflexiona sobre el deseo de la maternidad y, a la vez, sobre el aborto. ¿Es una película sobre el empoderamiento de las mujeres?

–Sí, totalmente. Es la contracara de El clan, que es un patriarcado. La quietud es claramente un matriarcado, donde los hombres son secundarios y giran en función de estas mujeres. Todos los personajes masculinos giran alrededor de estas mujeres entendiendo qué hacer. Claramente la película habla del empoderamiento femenino en todo sentido, desde cómo se construyen dentro de esa historia diferentes perfiles de mujer. Es la temática central de la película.

–¿Cómo estás viviendo lo que estuvo y está sucediendo en la Argentina con la lucha colectiva de las mujeres, con movimientos como Ni una menos o las marchas por el derecho al aborto?

–Me parece que es un momento de absoluta celebración. Estamos ante un momento de cambio de paradigma, en general, en la historia de muchísimos años de patriarcado. Como todo momento de corte o cambio de paradigma tiene que balancearse un poco para después volver a lograr un equilibrio. Es un cambio de paradigma en la historia. Por lo tanto, me parece que todo medio de expresión, toda forma de empoderamiento femenino en este momento en el que se reflexiona y se debate sobre el tema es absolutamente para celebrar. Espero y creo que, en algún momento, vamos a lograr una mayor madurez, donde se empiece a lograr un lugar de mayor equilibrio real. Ahora es un momento de euforia, de expresión, pero en ese sentido es para celebrar.

–¿Cómo notás el tratamiento que la televisión le está dando al tema de la identidad y la orientación sexual, como sucedió por ejemplo en 100 días para enamorarse y en Para vestir santos, en la que tuviste participación?

–Está buenísimo. La televisión tiene la posibilidad de llegar a las casas de todas las personas, a diferencia del cine, donde uno tiene que ir y comprar una entrada. La tele llega a la casa, a la mesa, a la cena. Entonces, que se planteen temas que son tan vigentes dentro de este momento es alucinante. El tema de la identidad, del transgénero son cuestiones que están como circulando y que la gente no termina de asimilarlos o cómo asimilarlos. Y cuando uno lo puede ver en un personaje televisivo hay algo que se habilita. Esa es la sensación del inconsciente colectivo. Lo que tuvo de revolucionario Para vestir santos fue que tal vez la forma en que se había mostrado hasta ese momento el lesbianismo –por lo menos en la televisión– siempre había sido como una cosa mucho más masculina. Y en la novela eran pibas como superfemeninas las dos, con una impronta donde la femineidad no se modificaba en función de su elección sexual. Creo que eso llegó a todo un grupo de chicas que, por ahí, se identificaban más con esto. Y en 100 días para enamorarse también pasó eso: con la identificación tal vez decían: “Ah, ok, si está ahí, en la tele y en un personaje, hay algo que siento que me lo puedo permitir o habilitar yo en mi casa como persona”.

Oscar Ranzani/Página 12

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