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Se cumplen 50 años de la muerte de Tanguito

José Alberto Iglesias era el nombre real de uno de los mitos del rock nacional.

Tinta a mares ha corrido sobre Tanguito, pero no tanto se sabe sobre sus misterios. Ni siquiera hay consenso sobre la forma en qué murió, hace hoy cincuenta años. La versión oficial marca que aquel viernes 19 de mayo de 1972, huyó espantado de la Unidad 13 destinada a enfermos mentales del Borda, y murió arrollado por un tren del San Martín, mientras intentaba retornar a su casa de Caseros. Sin embargo, como suele ocurrir con los tipos que se transforman en mitos, no falta quien tiende versiones paralelas. En este caso, no niegan lugar ni día, pero sí la forma: ¿lo hizo impulsado por sí mismo? ¿por accidente? ¿o arrojado por “la ley”?

Inverosímil, pero no tanto. Esbozar la vida de José Alberto Iglesias, al menos el tramo que va desde que empezó a vivir directamente en la calle, radica precisamente en hablar del vínculo cotidiano entre él, y esa ley. Entre su autodestructiva forma de vida, que se destruía día a día anfetas y jeringas mediante, y el terror azul que, en esas épocas, lo era más que la media.

Hay un momento en la vida de este trovador enigmático, que solo sabía tocar tres acordes en Mi pero que aún con esa economía de recursos había generado canciones de las más bellas de los orígenes del rock argentino (“Amor de primavera” –con letra de Hernán Pujó, “Natural” o “La princesa dorada”, entre ellas) en el que se da un punto de inflexión. Un momento de no retorno. Un estallido interno sin vuelta atrás.

Cierto que iba dejando rastros, pequeños gestos de desesperación, huellas de futuro. Uno de los más sabidos, claro, fue la frase que Litto Nebbia le escuchó en el baño de La Perla mientras orinaba. “Estoy muy solo y triste acá en este mundo de mierda”, repetía Tango justamente sentado en un inodoro. Verso que el fundador de Los Gatos tomaría para darle forma de canción, y transformarlo en el primer gran himno del rock argentino: “La Balsa”.

El después de la exitosa edición del simple de Los Gatos en 1967 –doscientas mil copias vendidas— también puede ser leído como un mojón desesperado. Ramses VII, porque en condición de tal cobró las regalías, se deliró literalmente el dinero. En vez de destinarlo, como todo músico medio que se está haciendo, a comprar instrumentos, equiparse o apuntalar materialmente una banda, se lo gastó todo en comida y bebida para sus amigos. O viajes en taxi de esos que le hacía pagar a otros cuando los tomaba para viajar de Caseros a Capital.

Las canciones que reaparecieron en mayo de 2009, pero que Tanguito había grabado, aún lúcido, en la sala chica de los estudios TNT, el 20 de octubre de 1967, también ofrecen pistas sobre ese devenir trágico. La mirada que algunas de ellas tienen sobre la vida es aciaga. Turbia. Desesperada como la de Discépolo, pero en clave de folk-rock. Sopesa con las bellas “Sutilmente a Susana”, en la que le reclama a su pareja que lo deje ser, o “Amor de primavera”, sobre la que uno de sus amigos de entonces, el “Flaco” Spinetta, haría justicia décadas después en Exactas, pero se intensifica en “Lo inhumano”, por caso: “Desayunamos muertos / y nos hemos acostumbrado / a hacer muy bien la digestión”, canta con sensibilidad oscura, doblando la apuesta que Javier Martínez había propuesto –para el mismo disco– en “El hombre restante”.

“Vociferando”, otro tema que Tanguito firma como Ramsés VII para diferenciarse de su tocayo del Club del Clan, no le va en saga a la impronta: “En la era del siglo XX que hoy nos toca vivir / parecía resurgir de la época de piedra / como un presente que engendra guerra, dolor y sufrir”.

Pistas. Guías de un alma sensible que volaba por los márgenes, haciendo a un lado superficialidades y blanduras. Con un plus, además, que le haría quedar en medio de esas turbulencias que Moris, el “Flaco” o el mismo Javier Martínez, atravesarían con más sentido de la realidad. Con capacidad de acción y reacción sobre ella.

Cuando Tanguito pasa de vestirse con sacos de lamé en el Bar Liceo, a hacerlo con medias negras de mujer en la cabeza y dormir con otros de su estirpe en plazas públicas, lo que está operando en su mundo interno misterioso, ansioso y desesperado, es la incapacidad –santa en su inocencia para algunos— de no soportar la crueldad del mundo que lo rodea. Cuando pasa de cantar temas inocuos como “Mi pancha” o “Maquillada” para Los Dukes, a hacerse traducir por Moris temas de Bob Dylan y John Lennon, o cantar con voz tremola, desnuda ante el universo, gemas como “Natural” es porque está buscando armas para combatir el bajón, el dolor, algo que al final claramente no lograría, ni siquiera sumergido en sus rasgueos en séptima.

Y así es entonces como pasa de ser un cantautor sensible, con mucho de mundo interno para sacar fuera, a internarse en un raro bajo fondo de locura, aislamiento y persecución. De mantener atrapadas a eventuales audiencias en Plaza Francia o La Cueva, a no poder terminar un show, o ser literalmente escupido y agredido en un Happening en Bariloche, cuando salió a escena en pijama, extendió una frazada sobre el piso, y se puso a dormir. De grabar un disco de bueno a muy bueno como el del 67` –sobre todo por tratarse de un hallazgo cuando casi nada había– a registrar, bastante destruido ya, aquel en que Martínez lo induce a tocar “La Balsa” mediante la famosa frase “En el baño de la Perla de Once compusiste La Balsa”, sesión en la que –viene al caso— Iglesias se niega a cantar “La princesa dorada”.

Y de, finalmente, alejarse de sus amigos músicos que intentaban sublimar dolores a través de la vía artística, a un mundo de paranoia, seres vampirescos, drogas y soledad que lo meten en un limbo entre el penal de Devoto y el Borda, donde le aniquilan restos de sensibilidad electroshocks mediante, y cero contención terapéutica.

Cristian Vitale/Página 12-Espectáculos

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