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Se cumplen 40 años del fallecimiento de Joan Miró

Con sus obras aún vigentes, el catalán es considerados uno de los artistas más importantes del siglo XX.

Con una obra reconocible por la síntesis de sus trazos y paleta única, sus constelaciones y figuras de mujeres y pájaros, su timidez y experimentación incansable en pos de un lenguaje propio que lo llevaron a la idea de «matar la pintura», la figura del artista catalán Joan Miró mantiene su vigencia a 40 años de su fallecimiento, consolidándose como uno de los grandes artistas del siglo XX.

Desde muy joven sabía que lo suyo era el arte, la pintura, algo que afirmó ante sus padres a los 19 años no soportando el trabajo contable. Recuperado de la crisis emocional y física en la casa familiar en Mont-roig, un pueblo rural del sur de Cataluña que fue fuente de inspiración y refugio durante toda su vida, Miró estudió en la academia de arte de Francesc Galí, quien lo introdujo en un modo particular de abordar la práctica artística además de acercarle las últimas tendencias del fauvismo y el cubismo.

Joan Miró i Ferrà, tal su nombre, nació en Barcelona un 20 de abril de 1893, y falleció en Palma de Mallorca en 1983. En 1918 tuvo su primera muestra, que no fue bien recibida, y dos años después viajó por primera vez a París, la ciudad que potenció el intercambio de ideas y experimentaciones entre artistas y poetas en los barrios de Montparnasse y Montmartre, donde el alquiler era más barato. Es la época de su etapa detallista como en Tierra labrada (1923) y una visión poética de lo rural alejada de la representación, o la abstracción del cubismo, y de profundización de sus conocimientos sobre las vanguardias.
Luego vendría el surrealismo y lo onírico plasmado en sus pinturas. Como decía el poeta André Breton, al que conoció en 1925, Miró era el más surrealista de todos.
Cuentan que Miró pasaba penurias económicas en París durante 1924-1925 y se basó en las «alucinaciones» provocadas por el hambre para algunas de sus icónicas figuras y personajes, como los que se observan en El carnaval de arlequín. Pero más allá de esto, su creatividad e inquietud lo llevaban más allá de categorizaciones y movimientos. Algunas de sus obras son Pintura poema (1925), Perro ladrando a la luna (1926) o Liebre (1927), siendo las dos últimas pinturas de su serie paisajes imaginarios.

Expone en distintas ciudades como París, Barcelona, Madrid, Bruselas y Nueva York entre 1926 y 1927) y creció en popularidad y estabilidad económica. Una de sus obras más icónicas de esta época es Mano atrapando un pájaro (1926), una mano blanca sobre fondo azul. A partir de sus viajes a Países Bajos surge su serie «Interiores holandeses» donde reelabora los clásicos de la pintura neerlandesa del siglo XVII. Conoce al artista Alexander Calder, se interesa por el collage buscando la simplicidad, respondiendo a la idea de «asesinar la pintura» que había formulado ya en 1927, como modo de superar lo pictórico tradicional.

En 1929 se casa con Pilar Juncosa y tienen una hija. La crisis económica de Estados Unidos lo hace volver a Barcelona tiempo después. En los años 30 se distancia del surrealismo, y aparecen las preocupaciones por el contexto político que se estaba viviendo, que surgen como anticipatorias en algunas de sus obras de la Guerra Civil española de 1936 que lo lleva a un autoexilio en Francia, donde denuncia el horror de la guerra.

De estos años son sus obras Caracol, mujer, flor, estrella (1934) donde dibujó también las palabras, o una representativa Hombre y mujer frente a un montón de excrementos (1935) que marcaron su giro estilístico con figuras inquietantes de seres deformes y solitarios. Las llamó «pinturas salvajes», donde abandonó la pintura plana y los colores puros portando por el claroscuro. Cautivado por el paisaje de Normandía, donde había ido a vivir, se alejó de las pinturas salvajes, y pintó Mujer y cometa entre las constelaciones (1937), considerado como una evasión ante la realidad.

Regresó en 1940 a España, desplazado por el avance del nazismo que lo obligó a dejar Normandía, en la que se había refugiado y donde comenzó una etapa introspectiva estética con su serie Constelaciones (1940-1941), inaugurada con la obra La salida del sol (1940) e integrada también por El pájaro maravilloso revela lo desconocido a una pareja de amantes (1941) y La estrella matinal (1940). Son obras en las que representa pájaros, estrellas, mujeres de figuras estilizadas que une por medio de líneas delgadas.

El regreso es a Palma de Mallorca, donde es poco conocido y queda a resguardo del régimen franquista, y hacia 1942 se instala en la casa de sus padres en Barcelona.
En 1944 Miró vuelve a pintar en lienzo, después de haberlo hecho sobre papel, donde depura el estilo de sus constelaciones, combina colores puros, e introduce el dripping y el frottage. En 1956 se radica en Palma de Mallorca, en la casa taller diseñada especialmente por su amigo Josep Lluís Sert. Allí Miró reune por primera vez su producción a la que inspecciona en perspectiva para «depurar» su lenguaje, obsesionado por evitar el estancamiento creativo, como señalan los expertos, aportando nuevas derivas en una búsqueda iniciada a principios del siglo XX que en proceso de introspección lo lleva a la simplificación de su universo, despojándose de elementos superfluos y buscando la sencillez.

Recién después de la Segunda Guerra Mundial, en 1945 le llegaría el reconocimiento internacional, el interés por su obra en el mercado y la primera retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, y muy tardíamente en Barcelona. Recién después de la muerte de Francisco Franco en 1975 y el regreso de la democracia en España, recibe un reconocimiento como la Medalla de Oro de las Bellas Artes (1980).

Sus obras, que abarcan desde pinturas, dibujos, unas 500 esculturas, murales, su incursión en la cerámica y el tapiz, se encuentran en ciudades como Barcelona, París, Chicago, Milán, Houston, Madrid, Washington, Palma y Saint-Paul-de-Vence, perviviendo algunas de ellas en espacios públicos -como el Mural de la luna de la Unesco en París, inaugurado en 1958 y que amplió su éxito-, grandes museos y otras instituciones como el madrileño Museo Reina Sofía. Precisamente este museo fue el que prestó las obras de su colección para la muestra Miró: la experiencia de mirar realizada en 2017 en el Museo Nacional de Bellas Artes.

En su diálogo constante con la escena artística, Miró estuvo influenciado por el expresionismo abstracto estadounidense con exponentes como Jackson Pollock o Mark Rothko, y la defensa de la espontaneidad y lo gestual en la creación; y por otro lado, sus viajes a Japón renovaron el interés por la cultura oriental, país donde en 1966 le dedicaron una retrospectiva. De esos años son «Azul II» (1961) y «El oro del azur» (1967),

A principios de año el Guggenheim de Bilbao le dedicó la muestra Joan Miró. La realidad absoluta. París, 1920 – 1945, centrada en la etapa parisina del artista, una propuesta que aún puede recorrerse como visita virtual (https://www.guggenheim-bilbao.eus/exposiciones/joan-miro-la-realidad-absoluta-paris-1920-1945). Mientras que en la Fundación Miró de Barcelona tendrá lugar la muestra Miró-Matisse, y a partir de septiembre el Museum Beelden aan Zee de La Haya (Países Bajos) dedicará una exposición a su obra escultórica.

Su sueño fue la creación de la Fundación Miró Barcelona que abrió sus puertas tres años después de ser creada en 1975, y la de Palma en 1981, en el sitio donde estaba su taller, y se consolidó como espacio para el fomento del conocimiento del arte contemporáneo.

La de Miró fue una obra atravesada por la incesante búsqueda creativa, con la historia como huella.

Marina Sepúlveda/Página 12-Espectáculos

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