
“La vida es un sueño diminuto, un espejismo de luz en una eternidad de oscuridades. Y eso es nada, y es todo”. La reflexión es una de las muchas poéticas expresiones que Rosa Montero hilvana a lo largo de su reciente libro El peligro de estar cuerda, un precioso artefacto que en España alcanzó, a poco de publicarse, la lista de best sellers en las dos categorías: ensayo y novela.
Y lo curioso es que además de ser un poco novela y un poco ensayo, también es un libro de neurociencia, psicología y un homenaje bellísimo a la escritura a través de autores y obras de la literatura clásica y contemporánea, pero también de las ciencias duras. En definitiva, como dice Rosa Montero en diálogo con Clarín en el marco de su visita a Buenos Aires: “Es un homenaje a lo que el arte hace por nosotros. La escritura nos salva, por lo menos a quienes tenemos una cabeza paralela y necesitamos ese puente de palabras para insertarnos en la realidad, porque la realidad no le basta a nadie”.
En su maravillosa “criatura” literaria, la autora de La buena suerte advierte a sus lectores que en el libro hay también ficción. “Aunque lo más interesante es que precisamente las partes que no son verdad son las más verdaderas. Representan de una manera más profunda esa vibración en la frontera de lo tangible, esa realidad brumosa y resbaladiza que para mí es la esencia del mundo”.
Rosa Montero sigue siendo fiel a la curiosidad con la que vino a la vida y que siendo muy niña la llevó a una conclusión sorprendente: “Siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza”. Así comienza El peligro de estar cuerda.
Es un libro sobre la creación y la locura, como punto de partida, en el que la autora acude a acontecimientos propios pero no hace autobiografía ni literatura del yo. Esos hitos son disparadores hacia vidas ajenas; otras existencias que atravesaron infortunios o llegaron incluso hasta el suicidio. Hay escritores, en su mayoría, pero también hombres y mujeres de ciencia.
Pero es la música de la escritura lo que atrapa desde la primera página. Y el bonus track es el listado de la bibliografía que la escritora leyó durante los años de creación de su partitura literaria, y que componen un arco valiosísimo para profundizar cualquier indagación que el lector quiera continuar.
–Dice que todos tenemos rarezas. ¿Cambian éstas según la edad?
–Pueden cambiar. Este libro es una reivindicación de la diferencia. Nos educan en una mentira total, nos dicen que lo normal es sinónimo de lo más habitual pero no es cierto. La normalidad no existe, es una cajita en la que nos obligan a meternos. En 2018 en la Universidad de Yale hicieron un estudio que habla precisamente de que la normalidad no es más que la media estadística de una serie de medidas. De modo que no hay una persona en el mundo que atine con todos esos parámetros. Todos somos divergentes. Lo normal es lo raro en una gama muy amplia de rarezas. Pero claro, hay casos en que la rareza no tiene que ver con lo patológico y hay rarezas que se convierten en inhabilitantes, y allí hay que buscar una ayuda para mejorar. Por ejemplo, la vejez es algo heroico pero puede ser que una de esas rarezas se convierta en algo inhabilitante. Por ejemplo, una tendencia a la soledad que te convierta en misántropo. Por supuesto que vamos cambiando. Hay momentos de la vida en que estás más neurótico y de repente te pasan cosas que te hacen daño. Yo he pasado por temporadas donde he sido más claustrofóbica.
–La gente habla de “pánico” sin saber que es una pesadilla inhabilitante. Hace años hablamos de esto luego de padecerlo. ¿Le costó hablar de los ataques de pánico en este libro?
–Llevo años hablando del tema, incluso en artículos. No tengo la sensación en absoluto de que éste sea un libro testimonial. Otras personas me han dicho que he sido valiente por contar estas cosas, pero no me ha costado nada. Yo no vengo a decir que a mí me ha pasado tal cosa. Es una indagación sobre este tipo de cabeza que tenemos, sobre lo que nos ocurre a tanta gente y para ello digo: a nosotros nos pasa esto. Cuando cuento algo que me ha pasado a mí de inmediato lo pongo en paralelo con otros autores. Para conocer el mundo y la condición humana uno de los caminos es el autoanálisis. Pero para que ese autoanálisis sea colectivamente válido tienes que ser implacable. Tienes que analizarte como un entomólogo estudia a un coleóptero. He sido mi propio escarabajo. Lo que ha ocurrido en este libro es que he conseguido respuestas que llevaban dando tumbos en mi cabeza hace 30 años. Este libro es una reivindicación de la diferencia. Nos dicen que lo normal es sinónimo de lo más habitual: no es así”.
–Best seller en lista de ensayos y en lista de novelas, ¿es El peligro de estar cuerda el libro de su vida?
–Lo es. Pero no porque creo que es lo mejor que he hecho. Primero porque este libro ha formado parte de mi vida desde que era pequeña, lo llevo pensando toda mi vida. Así empieza en las primeras líneas. Siempre ha habido ese cuestionamiento interior. ¿Qué me pasa? Y luego ¿qué nos pasa? Porque hay más gente con esta cabeza paralela. Qué nos lleva a tantas personas, como en mi caso, a meterte durante semanas, meses, años, en una esquina de tu casa durante tanto tiempo a inventar mentiras. Si lo piensas es totalmente absurdo y no tiene sentido. Sin embargo yo necesito hacerlo, como otra gente, de manera absoluta. ¿Por qué? Me lo he preguntado toda la vida. Y luego esas preguntas se hicieron más álgidas cuando tuve los primeros ataques de pánico, con 16 años. Pensaba que estaba loca y necesitaba todavía más saber qué pasaba. Luego, qué relación hay entre esos ataques y esa cabeza llena de imaginación; qué relación hay entre la creatividad y la locura; o a qué llamamos cordura y a qué llamamos locura. Y después, cuál es la naturaleza de la realidad, porque para mí la realidad es un tejido muy resbaladizo y no me fío nada de ella. Todo eso ha estado en la base de mis desasosiegos y de mis fascinaciones también. Ha sido un constante runrún en la cabeza y ha salido tangencialmente en otros libros míos. De repente hace cuatro años dije que era el momento de agarrar el tema y contármelo de frente. Cómo no voy a pensar que es el libro de mi vida, si he llegado a contestarme y no lo puedo creer. He llegado a respuestas que me son suficientes. Es como de repente hubiera descubierto parte del sentido de mi mundo.
–Es también un homenaje a determinados escritores.
–Es un homenaje a la escritura y a lo que el arte hace por nosotros; por los que escribimos. La escritura nos salva. Pero sí, creo que es un homenaje al arte como salvador de los seres humanos. También salva a los que leemos.
–Quisiera avanzar sobre reflexiones muy bellas del libro: “La vida es una constante reescritura del ayer; una deconstrucción de la niñez”.
–Es que la memoria es un invento. Cuando te digo que no me fío de la realidad es que los seres humanos somos una narración en busca de sentido. Y la memoria que nos parece la base de nuestra personalidad es puro cuento y que además vamos cambiando; es un cuento en construcción. Lo que yo recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace 20 años, de ahí la deconstrucción. Por ejemplo, tengo un hermano y a veces hablamos de cosas que vivimos cuando éramos niños y muchas veces discutimos porque los padres de mi hermano no son los míos. Tenemos recuerdos diferentes. Somos un puro invento. Decía Epicteto que lo que le afecta al ser humano no es lo que le sucede sino lo que se cuenta sobre lo que le pasa. Si cambias esa narración, las cosas cambian. Por eso muchas terapias se basan en un cambio de narración, por ejemplo el psicoanálisis clásico.
–Desde esta perspectiva, ¿qué tan sanadora es la literatura?
–Es extraordinariamente sanadora. Es una especie de canto salvador para los que escribimos, pero también para quienes no escriben y leen. Nosotras somos gente de literatura, pero hay gente a la que salva la música (a mí también), o lo visual. El arte nos salva, la búsqueda de la belleza nos salva.
–Otra de las reflexiones reveladoras del libro es “La locura es una ruptura de la narración colectiva”. ¿Eso depende de un contexto o de un tiempo histórico?
–Depende de unas desconexiones que, como explica el Nobel Eric Kandel, se producen en el cableado neurológico. Hay quienes pierden sentido del mundo y el cerebro que es un tejedor de certidumbres se inventa una explicación. O sea hay allí una base real. Pero la forma de gestionar eso tiene mucho que ver con el entorno social. Lo cuenta muy bien John Nash, que fue un matemático brillante que a los 30 años tuvo un quiebre esquizoide paranoico durante años y consiguió volver a la vida y ganó el Premio Nobel. Pero debo decir que esta curación de los delirios no es todo ganancia, como sí lo es en otras enfermedades, porque hay algo que se pierde. El habla de una pérdida de intensidad. Y lo curioso es que ¡si tienes seguidores, como tuvo Zaratustra, no eres loco! Por eso digo que la locura es una ruptura de la narración del mundo. Si ahora llego y te digo que saliendo del ascensor me encontré con el demonio y te lo describo, tú piensas que estoy brotada. Pero si estuviéramos en el siglo XII, estarías interesada y me preguntarías si me salvé mostrando el crucifijo. Si tienes una colectividad que te respalda no eres loco. Esa es la cuestión.
Susana Reinoso/Clarín-Cultura
MG Radio 24 Villa Pueyrredón