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Richard Sturgeon: exposición gratuita del artista argentino en Recoleta

El pintor nacional expone una veintena de obras de gran dimensión.

“Mi obra es ecléctica. Sin estilo. No me interesa el estilo. Me parece deprimente”, ha dicho alguna vez desafiante de sus propias creaciones el artista argentino Richard Sturgeon. Sucede que su estilo es, precisamente, un ir y venir -según se le da la gana- entre la figuración, el surrealismo y la abstracción. Hasta el 10 de marzo, después de mucho tiempo sin exponer, presenta Pomposo, una “mini retrospectiva de este siglo”, tal como él mismo la define, en el Paseo de las Artes del Palacio Duhau, que puede visitarse los siete días de la semana las 24 horas del día, por ubicarse el coqueto paseo dentro del hotel Park Hyatt Buenos Aires.

Esta exposición está compuesta por 26 obras realizadas entre 2002 y 2023, casi toda una etapa abstracta, según se verá y según Sturgeon mismo confirmará, copa de Chardonnay en la mano (con la que tal vez emula, por qué no, a su padre, un dandy de sangre irlandesa, o a su bisabuelo, enviado al país por la reina de Inglaterra para instalar los ferrocarriles), en recorrida con distintos medios, entre ellos, Clarín. “No tengo prurito en pasar de la figuración a lo abstracto”, expresa.

Como inicio de esta muestra, Sturgeon, de 71 años, ubica un gran lienzo creado allá por 2003 cuando George Bush hijo, entonces presidente de los Estados Unidos, le había declarado la guerra a Irak. Este cuadro marca una especie de transición entre la figuración a la que se dedicó la década anterior y la abstracción, que lo motiva pictóricamente en la actualidad –“igual cada tanto vuelvo a la figuración”, aclara–, pues mezcla soldaditos, “que parecen bolcheviques”, con grandes manchas de colores. El cuadro se titula El hijo de Bush.

Hacía tiempo que Sturgeon no exponía abiertamente al público, si bien a fines de 2022 hizo una breve muestra en la galería Central Newbery más por acompañar un desfile de su hija que por mostrar su producción artística. Además, dice, no suele ser fácil exponer su obra, dado el tamaño de sus creaciones, en general de más de dos metros de altura.

Por eso, sorprende ver en las paredes del Paseo de las Artes cuadros de menor porte: “Es que los hice para un festival en Singapur en 2013 y era muy difícil trasladar los más grandes”. Pero lo suyo, puntualiza, pese a algunas excepciones, son las pinturas de gran tamaño.

Los datos duros de su biografía cuentan que estudió en los talleres de Aníbal Carreño y Carlos Gorriarena y que asistió a la Academia Americana de París (¿quién de su generación, acaso, no ha pasado una temporada artística en París?). Participó de muestras individuales y colectivas desde 1986, en galerías, instituciones y centros culturales: en 1995 tuvo una muestra en el Museo de Arte Moderno y en el 2000 se organizó una muestra antológica en el Centro Cultural Recoleta, así como también participó en múltiples ediciones de arteba.

Ganó más de diez premios, entre ellos el Premio Colección Costantini, el de la Fundación Banco Ciudad y el Premio OSDE de Pintura. En 2014, fue homenajeado con el Gran Premio de Honor del 103° Salón Nacional de Pintura. Distintas colecciones privadas de Argentina, Estados Unidos, Suiza y España poseen obra suya.

Sin embargo, en la vida de Sturgeon, que se crió entre Mendoza y Tucumán y fue definido como “un forastero del arte” por el gran Yuyo Noé por no adherir a ninguna clasificación especial (“no quiero que me encasillen, soy inclasificable”, dirá), sobresalen algunos otros hitos interesantes: con un porvenir que parecía signado por finanzas y deportes, una de esas salvajes tormentas del pintor británico William Turner trocó su destino para siempre una vez que se la cruzó a sus 18 años. Probablemente también haya influido el estímulo de su madre, formada en la Academia de Bellas Artes de Brera, en Milán.

Comenzó exponiendo en el Parakultural mientras vivía una pensión de la calle Alsina, en San Telmo, donde tenía como vecino ni más ni menos que a Luca Prodan. Trabajaba a la mañana en una oficina, se dedicaba al taller por las tardes y era encargado de un bar por las noches. A su regreso, el artista recuerda pasar madrugadas enteras en una cocina de la casa filosofando sobre el tema vital que surgiera en cada encuentro con el líder de Sumo y otros seres que pululaban por allí. El que le dio el empujoncito final para convertirse en un artista pleno fue su amigo, quién si no, el excéntrico Federico Peralta Ramos, de quien conserva unas 30 obras.

Eso de filosofar, Sturgeon lo plasmó en su taller, ubicado en su casa de Pilar, donde pinta al aire libre y deja sus cuadros a la intemperie, llueve o truene. Los beneficios del acrílico y las telas gruesas, detallará. Ahí, en su taller, ostenta un cartel con la siguiente frase del francés Gilles Deleuze: “No aprovecharse del impulso adquirido”.

Colorido y brillante, su arte, ya lo dijo él, es ecléctico: pinta según “la situación que a mí me despierta ese día, entro en contacto con la pintura, suelto el pincel y después aparecen cosas”, confiesa. Dice que se levanta, ve qué hay en la obra, pinta por las mañanas, corta al mediodía y retoma al atardecer. Que la pandemia le permitió dedicarse de lleno a pintar y que “los colores vienen a mí, no los elijo”. Su paleta está marcada por todos los tintes, con predominancia del violeta y el azul “de ultramar” y últimamente por el lila y los tonos flúo.

¿Cómo hace para pintar telas de tan grandes dimensiones? A lo Jackson Pollock: con la tela en el piso y, de ser necesario, con un banquito chiquito que ubica en el centro de la tela pero que no la lastima: “Ahí empiezo a jugar”.

Aunque abstractas, sus obras, asegura, “son coyunturales”. Por caso, algunos de los títulos de las obras que pueden verse en el Paseo de Artes son Calder (en homenaje a Alexander Calder: “Lo amo”, dice), Savoy Brown, Singapur, The worst, Granny o Tatlook, este último en homenaje a la mujer de quien se enamoró Oppenheimer, el inventor de la bomba atómica. “Empecé a leer sobre la historia de Oppenheimer y él se enamoró de esta chica que era izquierdista, gay y se llamaba Tatlook. Y ese nombre me fascinó. Decidí por eso titular así a la obra”.

Paula Conde/Clarín-Espectáculos

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