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Ramiro Flores y Luis Nacht Quartet: tres discos de muy buen jazz

El saxofonista, quien también toca el piano, se despachó con dos CD de gran factura.

En busca de localizar un público propio en el desquiciado océano por el que circula la música en la actualidad, el jazz no deja de dar muestras de vitalidad creativa. Un repaso por el trabajo de músicos argentinos en los últimos meses, editados en distintos lugares y de distintas maneras, es suficiente para constatar un panorama más que interesante. Canto de montañas, del Luis Nacht Quartet, junto a Cuartito eléctrico y Tauro, de Ramiro Flores con distintas formaciones, dan cuenta de una idea de disco como unidad conceptual, en el que por sobre el soporte y sus peripecias, se pone en juego lo que suena.

Al frente de su cuarteto, que se completa con Sergio Wagner en trompeta, Fermín Merlo en contrabajo y Demián Cabud en batería, el saxofonista tenor Luis Nacht lanzó Canto de montañas, otro eslabón interesante en la discografía de un músico experimentado y siempre dispuesto a correr más allá la línea del horizonte. Grabado en una sesión en vivo a puertas cerradas en el Porta Jazz, un club de Oporto (Portugal), en diciembre de 2018; mezclado y masterizado por Luis Bacqué en Nueva York el año pasado y editado recientemente –en formato físico y virtual– por el sello europeo Fresh Sounds, Canto de montañas articula seis composiciones de Nacht y una de Wagner.

Según la mejor tradición del género, las obras se completan en la ejecución, por lo que es posible escuchar el disco como una larga y ajustada rapsodia para cuarteto; o, también, como siete piezas con impronta propia, que delimitan el espacio de una obra de estilo coherente y creatividad poderosa.

Sin instrumento armónico tradicional, el cuarteto organiza las texturas desde el diálogo ajustado entre las partes, sobre flexibles zonas de tiempo, sin solución de continuidad entre lo pautado –lo que con ínfulas decimonónicas otros llaman “composición”– y los espacios para la improvisación. Por arriba, Wagner y Nacht animan nutridos coloquios a partir de polifonías truncas, que se encrespan en discusiones y se distienden en alianzas. Por debajo, Merlo y Cabud elaboran con detalle y claridad la sensación de inestabilidad que circula entre nervio y deleite. Pero los roles de fondo y figura se intercambian continuamente. Los cuatro saben entrar y salir con gracia del cenagoso terreno de la apertura formal, la fluctuación armónica, la variedad rítmica y el juego con las intensidades, en un trabajo que casi siempre logra mantener tensión e interés.

El tema inicial “A Malaby A” –dedicado a Tony Malaby, saxofonista relacionado con varias de las formas posibles de la música improvisada–, es casi una declaración de principios. Sobre ese punto de partida, el cuarteto pone e impone un lirismo personal. Frases breves, inflexiones en general afectuosas y gestos que entran desde otra música para quedarse, entre otras cosas que tienen que ver con lo imprevisible, se equilibran en una forma personal de amabilidad que nunca resulta flácida. Temas de Nacht como “Madre pereza”, “Vidurria” y el que da nombre al disco; y “Luigi”, de Sergio Wagner, son buenos momentos de una música que distingue con garbo las distancias entre fuerza e intensidad y termina de definirse en el trabajo colectivo.

Los avatares de la pandemia terminaron por superponer la presentación de dos trabajos de Ramiro Flores, otro de los saxofonistas destacados de la escena del jazz en Buenos Aires. Se trata de Cuartito eléctrico, grabado a fines de 2019, y Tauro, de fines de 2020, dos álbumes que en sus marcadas diferencias se encuentran en el gusto por las proporciones rítmicas y la cuadratura de la forma como base para amplios espacios de improvisación.

En el primero, con temas propios, Flores toca los saxos alto y barítono, además del piano, liderando un cuarteto que se completa con el mismo Sergio Wagner en trompeta, Hernán Segret en bajo eléctrico y Carto Brandán en batería. Inspirados en figuras del Tarot, los temas de Cuartito eléctrico se arman sobre distintas combinaciones instrumentales. “9 de copas” y “El mago” juegan sobre la tirantez rítmica en la base, para que el saxo y la trompeta tracen articulados solos en busca del final feliz con el regreso al tema inicial.

Entre estas dos piezas, “Reina de Oro” plantea otro clima. El empleo del piano, si bien con contornos difusos, delimita territorios armónicos, las tensiones se ordenan y la música fluye con otro carácter: entre tensiones y distensiones el sonido se direcciona y hasta permite presentir lo que puede venir. La voz templada de la trompeta rasga el aire y en el clímax expresivo produce con su solo uno de los momentos más altos del disco. Más distendida, “El loco” es una marchita leve que en el piano encierra un poco de Satie y en la melodía tiene el aire que dejan las cosas cuando se alejan.

Tauro, en cambio, es un disco en trío, con todo lo que esa formación significa en el universo del jazz. Mapu se llama el trío en el que Flores comparte la palestra con Hernán Jacinto en teclados y Pablo González en batería. Intercambios e improvisación son las características de una bien calibrada factoría que con actitud jazzera, fusión sobre fusión, equilibra rasgos eléctricos, rock y esa zona franca de los géneros que es la balada. Los recursos tímbricos del teclado y la batería plantada en la tierra, elaboran un groove plástico y poderoso, sobre el cual el saxo se regodea de distintas maneras. Hay temas originales de Flores, como el que da nombre al disco, además de “Preludio a la siesta de un curupí”, “El Sol” y “Sobre el cielo plateado del atardecer”, además de “Generador”, de Jacinto, y una versión de “Parlante”, de Luis Alberto Spinetta.

Con rasgos planetarios y locales, el jazz “de acá” sigue dando muestras de un rumbo firme y original.

Santiago Giordano/Página 12

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