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Partió Alejandro Sabella, Maestro y gran persona

Tenía jóvenes 66 años y fue internado en delicado estado quince días atrás.

Talentoso como jugador, brilló como DT y condujo a la Selección hasta la final del Mundial 2014.

La noticia dura dirá que Alejandro Sabella murió este martes a los 66 años por un virus intrahospitalario que complicó una cardiopatía aguda. El Instituto Cardiovascular de Buenos Aires (ICBA), donde Pachorra se encontraba internado desde el 25 de noviembre, el día de la muerte de Diego Maradona, emitió un comunicado en el que informó que el ex entrenador de la Selección falleció a las 15:30 “como consecuencia de su diagnóstico de cardiopatía dilatada secundaria a enfermedad coronaria y cardiotoxicidad de larga data”.

Su salud había empeorado el sábado. Detrás quedará el legado del último técnico que llevó a la Argentina a la final del mundo: fue en 2014 ante Alemania. La derrota no le permitió coronarse como Carlos Salvador Bilardo, uno de sus mentores, ni César Luis Menotti. Y también es otro duro golpe para La Plata. Hacía apenas dos semanas murió Maradona, que era el entrenador de Gimnasia. Ahora, Sabella, símbolo de Estudiantes.

Se apaga otra vida del fútbol y se encienden los recuerdos. Aquellos que marcaron a la persona en el día a día, independientemente de esa pelota que fue su vínculo con la notoriedad. Sabella fue un buen padre, esposo y amigo, pero fundamentalmente, un gran profesional. Fue ese “10” elegante que se destacó en River, muy a pesar de jugar bajo la sombra del Beto Alonso; que triunfó en Inglaterra antes de la Guerra y dejó una huella imborrable en Estudiantes. También, un notable entrenador que se dio el gusto de ganar la Copa Libertadores, ni más ni menos.

Su salud no estaba bien. A tal punto, que después del Mundial de Brasil 2014, el que la Selección Argentina estuvo a minutos de ganar pero sucumbió contra Alemania en el Maracaná, no volvió a dirigir. Por más que no le hayan faltado ofertas, claro. Y lo llora el país futbolero.

Pudo ser abogado y darán fe aquellos jóvenes que transitaban la Facultad de Derecho en la década del setenta sin imaginar que, muy pronto, llegarían los años de plomo. Eran los tiempos del pantalón Oxford y el cabello largo, el look dominante. Sin embargo, a Sabella le tiraba más la pelota que los libros y se sentía más cómodo con shortcitos y botines, sobre el campo que lo consagraría como futbolista. Fue en 1975, cuando cambió el mapa del fútbol para River y el Cabezón, apodo que arrastraba desde que era un niño de Barrio Norte. Ya había debutado con la banda roja, pero la esperada consagración después de 18 años aciagos lo motorizó.

Sabella era diestro, pero “como todos los 10 eran zurdos” aprendió y nunca dejó de patear con la izquierda. Lo probó Bruno Rodolfi, histórico volante central mendocino, diez veces campeón con River. Quedó, claro. Porque era de físico chiquito, pero talentoso. Y pensar que era fanático de Boca y admirador de Rojitas.

Ya era Pachorra, apodo con el que el relator Marcelo Araujo lo bautizó en el Sudamericano Juvenil de 1974 porque le gustaba dormir la siesta. Perfumo le decía el “Mago”. Fueron 4 años en River y como no había lugar para Alonso y para él, recaló en Sheffield. Se fue al descenso, pero en 2000 fue elegido como uno de los mejores futbolistas del siglo. A bordo de su talento fue transferido al Leeds. Bilardo lo repatrió, aunque primero tuvo que convencer a los ingleses de que le dieran el pase por ¡2 mil dólares!

En La Plata hizo su nueva casa. Allí conoció a Silvana, su mujer en segundas nupcias y madre de dos de sus cuatro hijos. Con Estudiantes fue campeón en 1982 y 1983. En 1985 partió a Gremio, y fue bicampeón gaúcho. Regresó a La Plata. Ferro e Irapuato de México marcaron el final de su carrera.

De River se había llevado una amistad grande con Daniel Passarella. Y a Núñez volvió junto al Kaiser como ayudante de campo. Con perfil bajo, también acompañó al entrenador en la Selección Argentina hasta el Mundial de Francia de 1998. Fue una revancha personal para Sabella, que no había podido jugar el Mundial ’86. Competía con Diego y Bochini.

Con su amigo también estuvo en el Parma de Italia, la Selección de Uruguay, Monterrey de México, Corinthians de Brasil y de nuevo en River. Passarella optó por la política y se candidateó a presidente en Udaondo

y Figueroa Alcorta y Sabella recibió un llamado inesperado, el de Juan Ramón Verón. El papá de la Brujita le hizo un contacto con Estudiantes. Y después de 15 años como ayudante, asumió el rol estelar. Lo que siguió fue una de las páginas más gloriosas de la historia pincha: la cuarta Copa Libertadores en 2009.

Aquel equipo quedó en la historia: Mariano Andújar; Cristian Cellay, Rolando Schiavi, Leandro Desábato, Germán Ré; Enzo Pérez, Rodrigo Braña, Juan Sebastián Verón, Leandro Benítez; Gastón Fernández y Mauro Boselli tocaron el cielo del Mineirao con las manos y bañaron de gloria a Estudiantes ante Cruzeiro. Apostó a la mística y tuvo su resultado.

Sabella le reconoció a Clarín llegar “al Olimpo”. Y qué cerca estuvo de llegar a la cima mundial en Abu Dhabi, nada más ni nada menos que ante el Barcelona de Pep Guardiola. Ganaba con un gol de Boselli. Lo empató Pedro en el minuto 89. En el alargue, cuando la posibilidad de los penales era seria, apareció Lionel Messi y derrumbó las ilusiones platenses.

Sergio Batista dejó la Selección tras la Copa América y Sabella pudo darse el gusto de dirigir a Messi. Condujo la mejor versión de esa generación. Para él, Messi era Picasso. De corte progresista, eran frecuentes las citas de Mahatma Gandhi, Manuel Belgrano, Perón y Saint-Exupery.

Lo esencial era invisible a los ojos, decía el escritor y aviador francés. Sabella escondía detrás de su mirada a un tipo noble, leal. «Personas como vos nos dejan mucho más que glorias deportivas… Sos el orgullo de un equipo con corazón», fue la leyenda del pasacalle que sus amigos le colgaron en la puerta de su casa de Tolosa cuando volvió del Mundial.

Los alemanes le quitaron la posibilidad de subirse al pedestal de Menotti y Bilardo, uno de sus mentores. Los otros fueron Angel Labruna, su primer entrenador; Valdir Espinoza, el estratega que en Gremio le enseñó que “el fútbol es una lucha por los espacios, el que mejor y más rápido los ocupa, gana”; Rubens Minelli, otro brasileño; Harry Haslam en Sheffield; y Eduardo Luján Manera.

Nunca volvió a ver aquella final en el Maracaná que lo marcó. “Es un acto de defensa del ser humano, de la mente: no lo querés ver de nuevo para no amargarte”, confesó.

No pudo cruzar el Rubicón, como había dicho después de vencer a Holanda por penales. Julio César había dicho, cuando se metió en el río junto a sus tropas para recuperar Roma, “la suerte está echada”. Sabella lo sabía, por eso no quiso volver a dirigir.

“El día a día es demasiado exigente”, dijo hace dos años, cuando se pudo recuperar de un cáncer. Entonces, aseguró: «Cuando yo estaba peleando para ver si seguía acá con ustedes o me iba para el otro lado, me acordé lo que les decía a mis alumnos, a mis jugadores: ‘No pueden dar menos del 100%’. Y si se los pedía a ellos, yo tenía que luchar para mantenerme con vida». Y luchó hasta el final, claro. Hasta que el corazón le dijo basta.

Daniel Avellaneda/Clarín

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