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Netflix estrenó la entretenida El Baile, con Meryl Streep y Nicole Kidman

El musical dirigido por Ryan Murphy se puede ver en la plataforma de la N Roja.

Al mundillo artístico, se sabe, le encanta mirarse el ombligo a través de producciones centradas en el detrás de escena de una banda, una obra de teatro, una película o un programa de televisión. El ejemplo más flamante de esa metadiscursividad es El baile, el nuevo film de Ryan Murphy, quien desde la realización de Glee se ha convertido en una de las figuras creativas más prolíficas de Hollywood, más aún desde que firmó un contrato a largo plazo con Netflix. Basada en la obra homónima vista en Broadway en 2018, y con dos de sus tres autores, Chad Beguelin y Bob Martin, fungiendo aquí como guionistas a cargo de la adaptación al formato largometraje, la película tiene varios puntos de contacto con aquella serie centrada en los integrantes del coro de una escuela, a lo que lo suma una pátina de corrección política, la voluntad innegociable de quedar bien con todos, todas y todes, de nueve de cada diez proyectos encabezados por la N roja al inicio de los créditos.

Es justamente la idea del agrado colectivo la que enciende la chispa del relato. Todo comienza en las horas posteriores al estreno de Eleanor, un musical ficticio de Broadway sobre Eleanor Roosevelt, la esposa del Presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, cuando el elenco espera con ansías las devoluciones de la prensa escrita. Apenas una crítica es positiva: todas las otras le pegan de lo lindo a esa obra en general y a las interpretaciones en particular, señalando la egolatría y el narcisismo. Aturdidos ante las lapidaciones públicas, Dee Dee Allen (Meryl Streep) y Barry Glickman (James Corden) llegan a la conclusión que deben abrazar alguna de esas “causas justas” que tanto gustan al progresismo de cartón para mostrarse humanos, “comprometidos” con la realidad. Como un preludio a su rol narrativamente decorativo, desde el fondo salta Angie Dickinson (Nicole Kidman, que parece esfumarse pasado el Ecuador del metraje) diciendo que leyó en redes el caso de Emma Nolan (Jo Ellen Pellman), una adolescente lesbiana de Indiana que pidió ir con una chica al baile de graduación y, para evitarse una horda de padres conservadores enojados, la escuela directamente canceló la fiesta.

Hasta allí irán los tres junto al barman –y protagonista de una famosa sitcom en los ’90- Trent Oliver (Andrew Rannells), dejando en Broadway las únicas de pimienta irónica de un film que, de transcurrir entre villancicos y arbolitos, sería una fábula navideña. Que es lo que quiere ser: una historia de nobleza transparente, de bonhomía inocentona, de seres emocionalmente heridos por cuestiones básicas y empáticas. Musical donde los sentimientos se transmiten con canciones, El baile, a la manera de Glee, va deparándole distintas circunstancias que los obligan a exhibir sus dobleces. Flirteada por el subdirector, el único ser copado entre tanto dinosaurio conservador, Dee Dee canta sobre sus desamores y soledades. En una charla con Emma, Angie, en el único momento que dice más de tres palabras seguidas, cuenta sobre sus inseguridades, su traumita de coreuta escolar invisible.

Lo de es Barry es, si se quiere, el conflicto más “profundo”. Uno de los temas predilectos de Murphy es no tanto el choque entre los deseos y la permeabilidad a ellos del entorno, sino cómo la imposibilidad de concretarlos corroe cualquier intento de plenitud. Por eso Barry es quien más cercano se siente con Emma, porque se fue de casa apenas salió del clóset y nunca volvió a hablar con sus padres. El problema de Murphy es que parece tener miedo de que el algoritmo que impone la lógica dramática de nueve de cada diez películas de Netflix obture su tema predilecto, y por lo tanto incluye varios números donde los estudiantes dicen lo esperable sobre el deseo de encajar y demás. No le hubiera venido mal a El baile concentrarse algo más en sus personajes, sobre todo si a Meryl Streep se le ve tan suelta, tan cómoda como diva brutal en este universo de la levedad colorida.

Ezequiel Boetti/Página 12

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