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Neil Young, Crazy Horse y «Colorado», un muy buen disco de rock

Neil Young se volvió a unir a Crazy Horse para dar forma a un muy buen disco.

En abril de 2018, Neil Young anunciaba que, otra vez, tocaría con Crazy Horse, la banda con la que en 1969 selló con Everybody Knows This Is Nowhere un pacto que cinco décadas más tarde se mantiene inalterable.

De pronto, la fascinante experiencia compartida con The Promise of the Real pasaba a cuarteles de invierno, y el legendario artista canadiense se asociaba nuevamente a sus viejos compañeros de ruta Ralph Molina y Billy Talbot, más Nils Lofgren, con un par de shows a la vista. Pero las fechas se multiplicaron y -según le dijo Lofgren a Rolling Stone- después de un recital en Winnipeg de febrero de este año -el séptimo desde su reincorporación al grupo-, Young les contó que les propuso grabar un nuevo álbum, 12 años después de su último registro.

De ahí a juntarse a mediados de abril en Telluride, una pequeña población de Colorado, a 2700 metros de altura sobre el nivel del mar, fue apenas una cuestión de tiempo. El suficiente como para armar una logística de tubos de oxígeno en las habitaciones y un set de grabación que integró alguna tecnología de punta con equipamiento más antiguo.

En ese marco, con la nieve alrededor y una sensación de comunión y honestidad musical que impregna cada segundo de los tres mil que reúnen sus 11 temas, nació Colorado. Un disco de rock, de canciones tan simples como contundentes

Nostálgico en Olden Days, al rescate de la memoria de los amigos que ya no están, combativo en Shut It Down, un producto de la más pura cepa del sonido Crazy Horse, con guitarras al frente y golpes que impactan los parches como mazazos. “Hay que apagar el sistema. genta tratando de vivir, trabajando en una fábrica de carne”, canta Young, que a los 73 tiene ganas de seguir molestando. En el fondo, de eso se trataba el rock, ¿no? Aunque eso de agarrársela con el asado podemos discutirlo mientras escuchamos la pegadiza Eternity, que habla de vivir eternamente en la casa del amor. Repetitivo, insistente, redundante aunque sin el aparato de prensa de Greta Thunberg a mano, vuelve sobre la cuestión ambiental en la mántrica She Showed Me Love y en la bella balada de piano adelante Green is Blue, y se pone del otro lado de la grieta del que ocupa Trump.

No es ninguna novedad que Young reside ahí, pero cuando lo canta suena tan lindo que da imaginarse como uno más de los que balancean los brazos en alto y repitiendo: “Hay un arcoiris de colores/en el viejo Estados Unidos…”. I Do, una canción de amor casi susurrada es el broche de oro del disco. Una canción que se apaga de a poco, que se va dejando estela. Y la sensación de que volver a la armónica del la inicial Think of Me es el mejor plan a la vista.

Eduardo Slusarczuk/Clarín

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