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Mariana Dimópulos habla de su novela Quemar el Cielo, candidata al Medifé Filba

Dimópulos recrea en su libro una dura época de la militancia.

“La loca de mierda de Lila”, repite el tío anciano cada vez que Monique pregunta por su prima “perdida en los setenta”, una militante del PRT-ERP que tenía veintiséis años la última vez que la vieron. En la novela Quemar el cielo, de Mariana Dimópulos, finalista del Premio Fundación Medifé Filba, una mujer necesita reconstruir lo que pasó. En esa búsqueda de los rastros más íntimos de la lucha armada, como quien bucea en una lengua sumergida, la escritora logra que los documentos y los testimonios se integren naturalmente al caudal narrativo de una ficción. La historia de Lila -criatura que parece demasiado “real”- comienza en junio de 1969 cuando participa en la manifestación de repudio a la visita de Nelson Rockefeller donde Emilio Jáuregui fue asesinado por la represión policial, y termina unos meses después de la derrota de Monte Chingolo, en julio del 76, cuando “las caídas se sucedían y las medidas de seguridad alcanzaban cada vez menos”.

Quemar el cielo (Adriana Hidalgo), dedicada a la memoria de Diana Cruces, militante del PRT, tiene un epígrafe de Walter Benjamin: “Sólo tendrá el don de encender en el pasado la chispa de la esperanza aquel historiador que esté atravesado por la siguiente certeza: si el enemigo vence, ni siquiera los muertos estarán a salvo. Y ese enemigo no ha dejado de vencer”. Traductora especializada en la filosofía alemana, autora de las novelas AnísCada despedida y Pendiente y del libro de ensayos Carrusel Benjamin, Dimópulos cuenta cómo trabajó la materialidad de la novela. “La estructura de los dos tiempos –el presente de Monique y el tiempo de los setenta que sigue de cerca a Lila- más el trabajo con los fragmentos, me ayudó a tejer el mundo de la ficción con el del pasado histórico. Diría que eso es parte del artesanado de este libro. Me lo planteé como una solución más ante el enigma de las formas de la novela histórica”, explica la escritora a Página/12.

-¿Por qué le dedicás la novela a Diana Cruces?

-Diana fue enormemente generosa conmigo. Ella me recibió varias veces, me presentó gente, me pasó sus contactos, me orientó. No fue la primera a quien entrevisté, pero sí la que más vi. Era una persona de enorme compromiso y, en mi mente, estaba destinada a ser “la” lectora de la novela, teniendo en cuenta también cuánto le gustaba la literatura. Murió en medio del proceso de escritura. Además de la pena, me quedé con tantas preguntas para hacerle. Por eso el libro está dedicado a su “memoria”, en el doble sentido.

-“Qué poco mía es toda esa prisa de ellos. Vengo de años desentendiendo la urgencia”, dice Monique sobre su prima Lila y sus compañeros de militancia. ¿Qué es lo más complejo de captar de la lucha armada en los años 70?

-Diría que precisamente la urgencia. Para mí la urgencia es una categoría teórica. Y al mismo tiempo una cosa de la vida cotidiana, que todos entendemos. Ahí, en la palabra urgencia, está el lugar de encuentro con la experiencia de la militancia de los setenta y también el lugar de (posible) desencuentro para las generaciones que vinieron después. Entender la urgencia (que sigue existiendo, por cierto), esa es la clave. Mi intención era tanto captarla como hablar de algunas de las dificultades de hacerlo, de ahí las dos protagonistas. Tal vez todo el libro gira en torno a esto, quiere ser una respuesta a esa complejidad, tratando de no tomar ningún atajo.

-“Me desconcierta pensar que el tiempo es viejo, que está vencido”, confiesa Monique. ¿Por qué ese tiempo, el de la militancia de los 70, está vencido?

-La sensación de que el tiempo es viejo viene siempre asociada, para mí que durante mis primeros años de estudiante trabajé por ejemplo con textos medievales, con la sensación contraria: la unidad de la experiencia humana, la idea de que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Pero más allá de esta doble sensación, que nos ocurre con cada documento “de época”, por supuesto está ese juego de “vencido” en sus dos acepciones. Es una discusión que se dio precisamente durante la presentación de la novela en el Centro Cultural Conti. A mí me interesaba sobre todo esa sensación en la lengua, en los términos, en los conceptos con que hablaba la militancia. Algunos provienen de Marx y mantienen toda su vigencia, pero muchos otros no. Y parte de esa fraseología quedó “vencida”. Yo lo entiendo más bien como una pregunta que se plantea a las militancias futuras: qué hacer con la lengua, o qué lengua hablar. No es un problema menor, más bien lo veo como crucial.

-¿Qué aporta la ficción a la hora de volver a pensar la complicidad de la sociedad durante la dictadura?

-La ficción ayuda a experimentar hasta qué punto la militancia de los años setenta (y quizá toda militancia) está insertada en una trama afectiva, familiar, social, donde las fronteras no siempre son precisas. Me interesaba la experiencia de “estar en el presente”, es decir, tratar de ver el pasado como un presente, con sus contradicciones y sus zonas grises. Por supuesto que la militancia acepta muchas menos zonas grises que otras prácticas sociales, que no son conscientes de sí mismas. También eso que hoy se llama la complicidad de buena parte de la sociedad fue producto de esta zona gris. De todas formas, esta disociación se puede (y quizá se debe) leer históricamente. Por ejemplo, sobre todo durante el año 71 y 72, el apoyo de la sociedad a las organizaciones fue importante. Eso empieza a cambiar en el 73 y 74, por diversas razones. Pero volviendo a tu pregunta: la ficción, supongo, quiere aportar un tipo de claridad que no depende de la ciencia, y que puede hurgar en las contradicciones, hacer hablar a las acciones en su juego, en lo que nos gusta y en lo que no.

-“Los peores son los arrepentidos”, le dice una ex militante (¿acaso es la voz ficcional de Diana Cruces?) a Monique. A propósito del epígrafe de Benjamin, ¿los arrepentidos permiten que el enemigo siga venciendo, que no deje de vencer?

-La frase es mía, no de Diana, pero hubiera podido ser de ella. No lo sé… hay un lugar del arrepentimiento que complica la imagen del yo y del propio pasado, sobre todo en relación con la militancia como identidad. A veces ese arrepentimiento genera una hostilidad con lo que uno fue y resulta muy negativo; pero es difícil hablar con justicia sobre el tema. El epígrafe de Benjamin es lo bastante elíptico como para atribuir esa “responsabilidad” a toda la sociedad. Está sacado de las Tesis sobre el concepto de historia. Ahí su pelea, en ese año 1940 y ante el triunfo de las tropas nazis en su avance por Europa, es con la socialdemocracia y su forma laxa de concebir lo que había pasado durante los años treinta en Alemania. Su falta de radicalismo y su desconocimiento del proletariado como sujeto de la historia.

Silvina Friera/Página 12

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