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Los libros de Minúscula ya están en Argentina. Nota a Valeria Bergalli, su fundadora

Bergalli publicó en el 2000 los dos primeros títulos de la editorial.

«Esa chica argentina» que fundó la editorial Minúscula en Barcelona ya no es tan chica. Cuando Valeria Bergalli publicó en octubre de 2000 los dos primeros títulos, Verde agua, de la italiana Marisa Madieri y Las ciudades blancas, del austríaco Joseph Roth, desplegó su pasión por los libros y su curiosidad intelectual en la construcción de un catálogo independiente que irrumpía para cuestionar la uniformidad imperante desde un nombre que reivindica la literatura “pequeña” (narrativa, ensayo, autobiografía) de escritores singulares o excéntricos, que abrieron nuevos territorios. Más de veinte años han pasado, con más de 180 títulos editados de 110 autoras y autores, entre los que se podría mencionar especialmente el impacto que generó La lengua del Tercer Reich, de Victor Klemperer, escritor y filólogo que estudió la forma en que la propaganda nazi alteró el idioma alemán para inculcar a la gente ideas nacionalsocialistas.

Los libros de Minúscula ya se pueden conseguir en las librerías argentinas. Bergalli (Buenos Aires, 1962), hija del prestigioso Roberto Bergalli, un referente de la criminología crítica, profesor e investigador que se exilió por la dictadura cívico militar, creció entre Argentina, Italia y Alemania, hasta que a fines de la década del ’80 se instaló en Barcelona. “La literatura, además de una expresión artística, es uno de los campos pioneros de la reflexión de las mujeres sobre su identidad, su cuerpo, su lugar en el mundo. Un campo en y desde el cual pensarnos, imaginarnos, soñarnos. Es algo que perdemos si por cálculos comerciales o directamente menosprecio de lo que piensa la mitad de la humanidad esas obras literarias no pueden ver la luz”, plantea Bergalli en la entrevista con Página/12.

“Cuando empecé, el mundo de la edición estaba plenamente feminizado en la base mientras que los hombres ocupaban la mayoría de los puestos directivos. Difícilmente estos directivos podían representar los intereses de la mayoría de quienes trabajan (de forma estable o free lance) en el sector editorial. Había mucho por cambiar. Y lo sigue habiendo. Dirigir una editorial propia supone también tener en cuenta esas cuestiones estructurales y de funcionamiento”, aclara Bergalli.

-Reivindicar desde el nombre lo minúsculo, ¿es un modo de proponer un canon alternativo?

-No creo pensar en términos de canon, ni siquiera de un canon alternativo. Construir un catálogo supone crear una conversación a lo largo del tiempo. Es cierto, sin embargo, que hemos querido construir un catálogo en el que puedan también tener un lugar autoras y autores singulares, cuya obra no se inscribe en una corriente determinada, aquellos escritores que han abierto territorios nuevos desde su condición de excéntricos. Intentamos explorar campos de la narrativa no tan transitados. En cualquier caso, “resquicios” es un término con el que nos sentimos más cómodos, puesto que nunca quisimos ser una editorial “marginal”, sino distinta, singular. De la singularidad procede lo nuevo y de la presencia reiterada de lo pequeño puede surgir algo grande.

-¿Cómo fue la experiencia de editar en este año y medio de pandemia?

-En los primeros tiempos del confinamiento, mientras las librerías permanecieron cerradas, hubo mucho desconcierto. Y, claro, las facturaciones bajaron. Pero después, en cuanto las librerías volvieron a abrir, asistimos a un repunte firme y decidido de las ventas, de tal manera que el 2020 se cerró con muchas menos pérdidas de las previstas. El desconcierto de los primeros meses, no obstante, sirvió para considerar ciertas cosas, algunas de las cuales, con la recuperación de las ventas, parecen haber desaparecido de las conversaciones que mantenemos en el sector. Entre otras cosas, me refiero a la agradable sorpresa que supuso ver que los libros de fondo, al no contar el sector con novedades, eran el centro de todas las miradas, cobraban nueva vida. Los libros no son como los otros “productos culturales”, su lectura requiere tiempo, no solo un par de horas como las películas, por ejemplo. Exigen una acción más decidida que encender una pantalla. Su impacto, por lo tanto, también es más lento. Hace ya mucho que el ritmo de permanencia de los libros en las librerías no va de acuerdo al de su asimilación. Eso afloró muy claramente entre marzo y mayo de 2020. Me habría gustado que de esa experiencia hubiese surgido una reflexión más profunda y duradera. Me temo que no fue así, de modo que aunque a nosotros nos fue medianamente bien durante la crisis del coronavirus, siento cierta decepción por cómo el sector, en su conjunto, la experimentó y elaboró.

-El problema muchas veces de las editoriales independientes es lograr algo tan complejo como que puedan convivir calidad con el equilibrio económico. ¿En qué momento Minúscula alcanzó este punto de equilibrio entre calidad y rentabilidad?

-Tuvimos unos primeros años muy buenos. Había hecho unos cálculos muy pesimistas en los que hasta pasados tres o cuatro años no iba a poder cerrar las cuentas, pero lo cierto es que eso ocurrió antes de lo esperado. Marisa Madieri, con Verde agua, y, el año siguiente, Victor Klemperer, con La lengua del Tercer Reich, tuvieron un impacto mucho mayor de lo que alguna vez imaginé. En veinte años ha habido de todo: libros con los que volvimos a experimentar eso mismo como La isla, de Giani Stuparich, y todos los de Shirley Jackson, para nombrar algunos, o, por el contrario, libros que han encontrado muy pocos lectores. En cualquier caso, siempre he intentado comportarme siguiendo la máxima del “como si”. Es decir, como si todo lo que en principio juega en mi contra (el ser mujer, el ser extranjera, el publicar obras que están fuera de los caminos más trillados) o en contra de la existencia y la implantación de Minúscula, no existiera. Es la manera que he encontrado para escapar del inmovilismo, la parálisis, la sensación de impotencia. Es mi camino hacia lo posible.

-¿Qué recuerdos tenés de Buenos Aires?

-Viví en Buenos Aires hasta los cinco años, luego entre los ocho y los once, más o menos, y después entre los trece y los quince. De los primeros dos períodos tengo recuerdos muy lindos. Del último período, de fines del 75 a bien entrado el 77, en cambio, debo decir que fue, como mínimo, traumático. Algunos de los momentos más duros que vivió mi familia tienen que ver con la época de la dictadura. Así que la vinculación con la historia del país es muy fuerte, aunque problemática. La dictadura fue cívico-militar; me costó mucho metabolizar, y no creo haberlo conseguido todavía, la violencia sufrida no solo desde el lado militar del binomio, sino también desde el de la sociedad civil.

Silvina Friera/Página 12

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