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Los Colonos: ir al pasado para entender el presente. Ficción e historia entrelazadas

Es una coproducción chileno/argentina dirigida por el trasandino Felipe Gálvez.

Tras los elocuentes títulos teñidos de rojo sangre de Los colonos, en la Tierra del Fuego chilena del comienzo del siglo XX, el soldado inglés Alexander MacLennan enseguida ejecuta a un accidentado trabajador que perdió una mano, como si fuera un caballo con una pata quebrada. El británico enseguida se reúne con su empleador, el terrateniente español José Menéndez, quien le asegura que “un hombre menos no es problema. El problema son los indios”.

“Va a tener que limpiar esta isla”, ordena el jefe al soldado con un claro eufemismo para aniquilar al pueblo ona bajo la excusa argumental de abrir camino seguro al Atlántico para el paso de ovejas.

El cineasta trasandino Felipe Gálvez intercala personajes reales y ficticios, al debutar en la dirección tras quince años de montajista, en este premiado western patagónico sobre el genocidio selknam como cimiento de la civilización chilena, como si fuera una respuesta sudamericana a la reciente Los asesinos de la luna, de Martin Scorsese.

Un mercenario norteamericano y un baqueano mestizo se suman a la misión del británico para encarnar dos tipos distintos de héroes, pero también como símbolos de las miradas del imperialismo y del pueblo chileno.

Apenas cruzan la frontera argentina, los tres protagonizan un curioso encuentro con la tropa del perito Francisco Moreno, interpretado por Mariano Llinás, que sirve de metáfora del eterno conflicto limítrofe puesto en imágenes con un concurso de tiro, una pulseada y, finalmente, a las piñas.

“Hombres peleando por una tierra donde no hay nada”, se dice al pasar antes de que Moreno critique a estado y terratenientes por el barbarismo de primar la construcción de un vallado para abrirles paso a ovejas antes de la educación de los pueblos nativos. La expedición enseguida se transforma en un baño de sangre aborigen.

El gran problema de esta vistosa película reside en la carga simbólica que Gálvez le asigna a sus imágenes, sin que importe demasiado resignar algo de la atractiva aventura inherente al deambular por un territorio inhóspito.

Las tensiones entre nativos y colonizadores, los olvidos de la historia, las complicidades y traiciones y el papel del gobierno y la iglesia católica son demasiado, sumados a los subtextos ya anunciados, para poner todo en boca de los personajes lacónicos de un western.

Tal vez por eso, Los colonos arranca como un western clásico, que enseguida se moderniza al volverse revisionista, y termina en un tercer acto agobiante, centrado en los oscuros interiores de una mansión donde un funcionario, un cura y un latifundista discuten, en medio de negociados, las bases de la sociedad. Los colonos cuestiona el precio de la civilización y critica los roles, activos y pasivos, de cada actor en el exterminio de los onas desde el primero al último plano, dedicado a volver explícita la imagen del intento del sometimiento de los pueblos nativos.

Nazareno Brega/Especial para Clarín-Espectáculos

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