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Libros: nuevos lanzamientos con La Guerra de Alan como punta de lanza

El relato de Emannuel Guibert nos remite a la Segunda Guerra Mundial.

Alan Ingram Cope es jovencito. Tiene 18 años cuando Estados Unidos le reclama su deber para combatir en la Segunda Guerra Mundial. La de Cope no resulta una experiencia particularmente traumática. De modo que el libro que retrata esos años no destaca por su crudeza ni por sus sorprendentes historias de guerra. Más bien, La guerra de Alan, de Emmanuel Guibert, publicado por el sello Graphic de Salamandra, ofrece una mirada cotidiana del conflicto, de la instrucción, la espera y las relaciones que se establecen tanto con los camaradas de armas como en los pueblos ocupados. Y aún más, La guerra de Alan es también una melancólica reflexión de un hombre en los últimos años de su vida repasándola y descubriendo que durante mucho (demasiado) tiempo no vivió sino la vida que otros decidieron para él y que guarda muchos (demasiados) arrepentimientos acerca de cómo se alejó de sus allegados.

Guibert es uno de los nombres destacados de la renovación de la década del 90 de la historieta francobelga. La guerra de Alan es uno de los motivos que justifican esa posición en el noveno arte. Aún con pasajes demasiado textuados, Guibert consigue hacer sentir muy cercana la voz de Ingram Cope (que realmente existió y sería un soldado anónimo como tantos de no ser por un encuentro fortuito con el artista), retratar los paisajes que su amigo recorrió en la torreta de un tanque que apenas disparó y las calles donde más que intercambiar disparos, hizo buenas migas con los alemanes.

En este sentido, el título se desmarca de prácticamente toda la narrativa bélica tradicional. No condena la guerra. No la celebra. Casi no hay combates y Cope está tan lejos de la contienda real que apenas relata un episodio destacable. Sólo la atraviesa. La presenta tan absurda como inevitable y su protagonista ni se plantea algo así como desertar o esquivarla. Así, Guibert se ubica lejos de su veterano compatriota Jacques Tardi (quien retrató las trincheras de la Primera Guerra Mundial) o de la crudeza testimonial de los campos de concentración del Maus de Art Spiegelman.

La reflexión melancólica en torno al conflicto tampoco es realmente sobre la guerra, como podría suceder en distintos momentos de la obra de Héctor Germán Oesterheld. Si algo lamenta el protagonista del relato es perder contacto con amigos, muchos de ellos forjados rompiendo la disciplina militar norteamericana, confraternizando con los lugareños de los pueblos que ocupaban y las casas que requisaban.

En La guerra de Alan prácticamente no hay privaciones para su protagonista. No hay escenas perturbadoras (aunque se mentan un par) y si pasa cerca de la muerte es más por accidentes torpes y mundanos que por las balas nazis. Aún así, o quizás especialmente por eso, Guibert construye un relato notablemente cercano, tan creíble como vital, que conmueve y atrapa sin un golpe bajo. Los pasajes donde Cope descubre que ya no puede vivir en Estados Unidos, porque todo le parece terriblemente superficial, el momento en el que rompe con la religión o el camino que lo lleva a descubrir que nunca siguió sus deseos resultan muy movilizantes. Como sólo una guerra puede resultar para un joven de 18 años.

Lanzamientos

La hija del carpintero (Brian Jánchez / Ediciones Noviembre)

Jánchez abandona las antologías de historietas cortas para ofrecer una nouvelle gráfica con muchos elementos biográficos. El autor mantiene su estilo parco y habilidoso con los silencios, pero evita la acidez de otros trabajos. Así propone una historia en la que la protagonista es víctima del machismo que no le permite desarrollar sus deseos laborales y personales. Un relato a tono con la época pero que no levanta bandera feminista (aunque sugiera sutilmente su posición con el color de tapa).

Desgracias totales (Gustavo Sala / Gourmet Musical)

Sala sigue siendo una bestia humorística y este libro da cuenta de eso. Es una bestia porque encada página puede soltar una decena de chistes sin pestañear. Lo es cada vez que, escatológico y sin límites, obliga al lector a reír y declarar “¡pero qué bestia!” Y entre tanta animalada humorística, Sala sostiene algunas ideas claras: la necesidad de desacralizar a los ídolos rockeros, lo vendehumo que pueden ser bandas extranjeras y la pulsión hiperfálica de los guitarristas.

Dora 1964 Amsel, Vogel, Hahn (Ignacio Minaverry / Hotel de las ideas / La Maroma Ediciones)

Siempre es un gusto encontrarse con una nueva entrega de las aventuras de Dora, la realista cazadora de nazis pergueñada por Ignacio Minaverry. Aún cuando, como en el caso de este tomo, queda la sensación de relato inacabado. Pero el dibujo sereno y bello, la narrativa precisa, el manejo delicado de blancos y negros en la página hacen de este otro gran trabajo de Minaverry. En la estructura del relato hay un cambio respecto de las otras entregas, con un final menos redondo.

El oficial Yuta (J.J. Rovella / Historieteca Editorial)

El oficial Yuta es un personaje con pocos matices: es represor, coimero y ladrón. No necesita más ni su autor requiere otros para seguir acumulando chistes con el personaje. Yuta existe desde mediados de los ’90 y desde entonces Rovella lo actualiza periódicamente: la realidad insiste en darle material y él concede, aun cuando pareciera que nada cambió entre este policía y sus antecesores de hace 20. A Yuta le queda la marca de la gorra, bien ajustada y con el garrote siempre a mano.

Andrés Valenzuela/Página 12

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