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Leila Sucari presenta su libro Fugaz, una maternidad distinta a lo idealizado

El libro de Sucari fue editado por Tusquets y tiene 208 páginas.

A veces pienso que me embarazó la furia”. La protagonista de la novela Fugaz acaba de ser madre y se siente arrasada por la alienación y la ternura que implica ver emerger a otro del propio cuerpo. Por momentos se siente conmovida y en otros libera su costado salvaje y es como un animal que persigue la libertad o tiene miedo de morir, mientras su hijo succiona incansable y ella se pregunta en qué momento ese cuerpo volverá a ser suyo. Busca alguna clase de verdad que se le escapa.

Después de separarse del padre del nene, vive con su pequeño hijo y con una araña que anidó en su techo. No tiene trabajo. Un viaje a la costa argentina, al que se lanza sin plan previo, le proveerá visiones oníricas y de una tristeza brumosa: sobre la arena encuentra varada una ballena viva cuya carne filetean los hombres, desconociendo su sufrimiento.

La protagonista, en paralelo, se interroga por el amor: ¿será verdad que el tiempo arruina todo? ¿La leche materna puede acumular el resentimiento y transmitirlo? A veces siente que va a volverse loca: “Las ballenas regresan a la tierra y nosotros a lo salvaje, al mundo propio”, se dice.

En Fugaz, segunda novela de Leila Sucari, la maternidad aparece como una deriva existencial, una experiencia errante y por momentos caótica, y que no se parece en nada a esa otra edulcorada que nos vende la publicidad: aquí la vida y la muerte confluyen y las pulsiones atraviesan la carne, una exploración que la escritora lleva al límite.

Cuando Sucari –que tiene a Simón, un hijo de 5- supo que estaba embarazada sintió que la escritura se disparaba: desde entonces cree que es para ella una forma de aferrarse a su propia vida y de abrirse a esa otra nueva. “Tendría miles de hijos, aunque por momentos la maternidad me parece insoportable, una demanda bestial –admite-. En mí confluyen los deseos y la contradicción, son dos verdades que conviven”.

–Tu novela contradice esa idea de que la maternidad apacigua, dulcifica. Es otra cosa.

–El encuentro honesto con el hijo es siempre complejo y la maternidad, en el imaginario colectivo, suele estar escindida de la sexualidad y el deseo, pero acá se plantea como algo fascinante y al mismo tiempo oscuro. Las referencias a las madres –las “mamis” del jardín, que se infantilizan– y todas esas referencias a la familia idealizada y como sinónimo del amor son cosas que hay que desarmar, y mi personaje lo hace: abandona al marido, su casa, y también cualquier idea de estabilidad. La certeza del embarazo desencadena en ella cierto desequilibrio. –Y está el miedo a la locura, acaso porque cualquier situación límite te expone a ese temor.

–A la locura y a la soledad, que es extrema. Ella se siente por momentos más cerca de los animales y asume sus terrores más profundos. Un hijo te saca de los lugares comunes de una manera brutal y poética. –¿Por qué las ballenas varadas en la playa?

–Para mí también son misteriosas esas visiones: desde los 15 años sueño con ballenas y escribo sobre ellas, no tengo una hipótesis acerca de las causas y hasta lo traté en terapia. Quizás sea que a mí me atrae mucho lo que no cuadra y las ballenas tienen esta dimensión ilógica, esa vocación por salirse de la norma. Dejé de soñar con ballenas solo mientras escribía esta novela, porque escribía sobre ellas, y cuando terminé volví a soñarlas.

–Tu literatura coquetea con los límites: la locura y la cordura, la vida y la muerte. Se desmarca todo el tiempo y hay una apuesta deliberada en esa escalada que termina provocando un vértigo…

–Yo supongo que a través de la escritura persigo la libertad, me escapo, profundizo, provoco desde lo visceral. Y también espero que la escritura me saque a mí del lugar en el que estoy asentada, busco esa inestabilidad. La búsqueda de la libertad te lleva a estar en movimiento, a vivir en un punto de fuga, esa fugacidad a la que alude el título. Cuando leo también busco que un libro me impacte y modifique. Para quedarme en el mismo lugar en que estaba prefiero dormir. El mundo es en parte un lugar horrible y no me da miedo moverme, quizás en el fondo lo que me de miedo sea adaptarme.

–El personaje fantasea con tirarse al mar y se imagina junto a su hijo muerto (“muertos y hermosos”). Y al mismo tiempo están el sexo y la vitalidad. Hay dos verdades contrapuestas en simultáneo.

–Si mirás de cerca, vivimos ‘comprando’ compartimentos que no existen en la vida ni en la escritura, en la maternidad o en los vínculos. Y yo, además, cuando veo la fisura me sumerjo: no busco la funcionalidad ni la comodidad sino desarmar estereotipos, porque nada es lo que aparenta. Prefiero experimentar en los terrenos de poca firmeza.

–Y tus libros producen ese efecto urticante.

–Ese es un desafío para mí. No me interesa instalarme en ningún lado, es un ejercicio cotidiano.

–Y ¿por qué esa incomodidad ante la posibilidad de estar quieta?

–Porque toda búsqueda es caótica y yo sigo buscando, no le escapo a esa inquietud ni a la incertidumbre, eso lo comparto con este personaje. Escribo como si anduviera en bicicleta: hay que seguir el impulso de lo vital, siempre pedaleando hacia adelante. Siento que detenerse es una forma de caer. La fugacidad no te da certezas, simplemente es algo que se mueve a velocidad, incluso cuando no se sabe por qué ni hacia dónde.

–¿No es una forma de fragilidad o de indefensión?

–Sí, te pasa cuando estás sobre la cuerda floja, entonces tenés que apurarte y caminar.

Verónica Abdala/Clarín

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