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Las autoras del mundo se meten a fondo con la violencia masculina y violación

La estadounidense Joyce Carol Oates acaba de publicar Violación.

Mirar a la violación de cara y sin tabúes. Romper los códigos machistas en el relato de agresiones a mujeres. Ese es el rasgo común de varias novelas publicadas recientemente, desde las propuestas literarias y muy directas de la estadounidense Joyce Carol Oates o la brasileña Tatiana Salem Levy al thriller de la española Mónica Rouanet o las visiones sobrecogedoras de la mexicana Cristina Rivera Garza o la argentina Selva Almada.

La brasileña Tatiana Salem Levy (Lisboa, 1979) acaba de publicar Vista Chinesa título que hace referencia al parque de Río de Janeiro donde, en 2014, violaron a una amiga suya que había salido a correr.

“Hace muy poco tiempo, no se hablaba de la violación –comenta la autora, continúa siendo un tabú, el #MeToo ha liberado hablar del acoso sexual, pero de la violación sigue costando mucho. Mi madre fue violada cuando yo tenía 4 años y tardé mucho tiempo en saberlo, me lo habían explicado siempre como un simple robo de coche, lo descubrí por azar ya siendo adulta, y eso que nos llegamos a mudar de casa tras el ataque porque uno de los dos violadores andaba suelto. Podría no haberme enterado nunca… La mayoría de las madres violadas no se atreven a contárselo a sus hijos, independientemente de la edad que estos tengan”.

“Todas las mujeres tenemos miedo a ser violadas, en cualquier parte del mundo”, afirma. “Me interesaba el modo en que la ficción puede dar cuenta de ese horror. Hay un consenso en que la literatura sobresale cuando mira lateralmente el horror o usa metáforas o elipsis, yo he hecho todo lo contrario: mirarlo de cara, intentar decir lo indecible. Pero, al igual que la memoria va volviendo a ráfagas, no muestro todo de golpe, sino a medida que avanza el tiempo”.

Salem Levy ha entrevistado durante largas jornadas a la víctima (“solo me interesaba el punto de vista de la mujer violada”). Escribió la novela entera con su nombre cambiado, y se la dio a leer. “Me dijo que le parecía bien, pero me pidió que por favor pusiera su nombre real: Joana Jabace”.

En Vista Chinesa se incluyen “diferentes experiencias de la feminidad: la violación pero también la sexualidad –el proceso de cómo la va recuperando– y el parto. De hecho, escribí el libro embarazada y amamantando”.

Se da un contraste entre el Río que prepara el Mundial y las Olimpíadas y la situación de la protagonista. “Todo aquello –lamenta– fue un auténtico maquillaje que no ha servido para solucionar un solo problema de la ciudad ni del país. Por eso la hago arquitecta, no directora de televisión como es mi amiga en realidad”.

Por su parte, la estadounidense Joyce Carol Oates (Lockport, 1938) acaba de publicar Violación donde narra la agresión sexual que sufre Teena Maguire, en presencia de su hija pequeña, en una caseta en el bosque en la localidad neoyorquina de Niagara Falls a cargo de una manada de chicos drogados.

No solo describe el horror del momento, sino el calvario judicial que atraviesa la víctima al contratar los agresores a unos abogados que ponen en duda la versión de ella de los hechos y lanzan una campaña de desprestigio.

Oates explica que “me enciende de indignación, me desespera y me asquea el trato bárbaro que reciben las mujeres en una sociedad patriarcal hipócrita, que habla de tópicos como el de ‘la ley es igual para todos’ mientras que lo que experimentan ellas es una desigualdad monstruosa. Estos atropellos de la justicia son trágicamente comunes; en EE.UU. ni siquiera se denuncia el 50% de las violaciones y agresiones sexuales. Las mujeres reciben un trato brutal por partida doble: el de los violadores y el del sistema legal corrompido”.

Para Oates, “los hombres poderosos como Weinstein, Trump o, últimamente, Epstein contratan abogados que coaccionan a las víctimas, les pagan una suma de dinero y las amenazan con demandarlas si hablan. Es probable que no conozcamos más del 10 % de lo ocurrido”.

Un agente de policía es el único que, en la novela, ayuda a la mujer, de ahí que la obra sea también “la historia de amor de un individuo de la comunidad que se atreve a saltarse el conformismo reinante para hacerle justicia a la víctima. Dromoor es viril, pero no el típico machista. Actúa movido por la indignación y el idealismo, sin pedir nada a cambio”.

Mónica Rouanet (Alicante, 1970) es autora del thriller Nada importante centrado en un ataque a una chica en el Madrid de los años 90 que tendrá sus consecuencias bien avanzado el siglo XXI.

La autora explica que “durante el confinamiento, decidí ver la serie Expediente X y, en un capítulo de la primera temporada, la agente Dana Scully va a una comisaría a pedir información de un sospechoso y le dicen: ‘Cumplió condena por agresión sexual y drogas, nada importante’. ¡En la misma frase! Al mismo nivel fumarse un porro que violar, eso era en 1993, entonces no me habría dado cuenta pero hoy tenemos otra concepción social del papel de la mujer, que empieza a verse en la literatura”.

La experiencia amnésica de su protagonista –común en muchas víctimas de violencia machista– se basa en la que Rouanet misma vivió: “Tuve un accidente a los 19 años, estuve en la UCI en coma y, cuando desperté, no recordaba ni sabía quién era. Esa sensación de no conocerte a ti misma te acompaña mucho tiempo, perdés el vínculo con tu vida anterior, pasás meses sin poder salir de casa, con miedo. Yo todavía no he recuperado mi memoria del todo, hay muchas cosas de mi vida anterior que no recuerdo”.

Para la autora, “en la novela negra hay muchas protagonistas femeninas, pero en realidad son hombres con nombre y cuerpo de mujer porque, si les cambiaran el sexo, no habría ninguna diferencia. A partir de un par de años para acá, sí que estoy leyendo novelas en que actúan realmente como mujeres. El tema de la igualdad se llevaba de manera equivocada: yo no soy igual que los hombres, ni que las otras mujeres”.

No se trata de casos puntuales, sino de un cambio de paradigma que afecta a todos los géneros. En el festival Km América en Barcelona uno de los temas en los debates ha sido justamente el tratamiento de los feminicidios y las agresiones a las mujeres en la nueva narrativa latinoamericana.

La mexicana Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964) ha novelado el feminicidio (todavía impune) de su hermana en El invencible verano de Liliana y opina que “gracias al movimiento feminista, a las luchas de tantas mujeres, estamos conquistando un nuevo lenguaje, preciso y adecuado para contar estas historias de manera compleja, sin estereotipos.

El delito de feminicidio no se incorporó al código penal mexicano hasta el 2012”. Y pone ejemplos de la lucha lingüística: “Antes, a los silbidos en las calles se les llamaba piropos, para mí se trata de acoso público. En el trabajo, se hablaba de romances de oficina para referirse al hostigamiento laboral ”. La obra de las argentinas Selva Almada (Villa Elisa, 1973) o Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), otras invitadas al festival, también aborda la violencia machista con nuevos códigos.

Xavi Ayén/La Vanguardia y Clarín

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