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Lance Amstrong, figura icónica del ciclismo, nos pedaleó a todos

El estadounidense ya había sido sancionado por doping.

Lance Armstrong (49) es la personificación del ídolo caído en desgracia. Fue considerado durante años una leyenda viva del ciclismo, un campeón extraordinario y un ejemplo de vida. Pero tras conocerse su participación en uno de los capítulos más negros del deporte, se convirtió en el mayor estafador de la historia del deporte. Y por si el escándalo de doping -que le costó sus siete títulos del Tour de Francia y una suspensión de por vida- no hubiera sido suficiente para destruir su reputación y su carrera, en los últimos días estalló en torneo a su nombre una nueva polémica, cuando surgieron denuncias que lo acusan de haber utilizado también un motor oculto en su bicicleta para mejorar su rendimiento.

El estadounidense tiene una vida digna de una película -o un documental, como el que estrenó el año pasado ESPN-, que sigue generando pasiones encontradas. Hay quienes los condenan por haber hecho trampa durante casi toda su carrera y hay quienes, aun después de la confesión de doping de enero de 2013, cuando ya había sido despojado de todos sus logros, lo siguen respaldando.

Armstrong todavía no era Armstrong, sino un ciclista con un futuro prometedor pero sin grandes conquistas, cuando le ganó le ganó la batalla a un cáncer de testículo en fase tres, que había hecho metástasis en el cerebro y los pulmones a fines de la década del ’90. Su origen humilde y la lucha contra esa enfermedad, que le había sido diagnosticada en 1996, lo convirtieron en un modelo a seguir. Y años después, sus siete triunfos consecutivos en el Tour de Francia entre 1999 y 2005, algo que nadie más ha conseguido, lo transformaron en una leyenda.

No duró mucho en lo más alto. Las primeras acusaciones de doping publicadas el mismo año de aquella última consagración en el Tour en un informe del diario francés L’Equipe, luego de su primer retiro, sembraron la duda sobre su inocencia. Muchos empezaron a cuestionar su hegemonía en la prueba de ruta más dura del mundo. Durante años, Armstrong mantuvo su inocencia. Incluso cuando varios ex compañeros del equipo US Postal, con el que había conquistado sus siete trofeos en la Grande Boucle, reconocieron haber formado parte de un programa de dopaje sistemático que incluía el uso de hormonas de crecimiento y testosterona, eritropoyetina (EPO) y autotransfusiones para aumentar la cantidad de oxígeno en sangre.

En 2012, la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (USADA), a partir de análisis de muestras de sangre de 2009 y 2010, y de declaraciones de muchos testigos, lo acusó de liderar “el programa de dopaje más sofisticado que ha visto el deporte” y de presionar a sus compañeros de equipo a doparse. Él no apeló los cargos, pero tampoco aceptó la culpa. La USADA, entonces, lo despojó de todos sus logros desde agosto de 1998 en adelante, incluidos los siete trofeos del Tour y el bronce que había ganado en Sydney 2000, y lo suspendió de por vida. La caída fue dura. Y la condena de gran parte de la sociedad, inclemente. Tras la sanción, perdió más de 75 millones de dólares en patrocinios. Y hasta lo invitaron a renunciar a la presidencia de su fundación de lucha contra el cáncer. Él seguía defendiendo su inocencia. Hasta que no aguantó más. En enero de 2013, durante una entrevista con la presentadora Oprah Winfrey, reconoció que durante gran parte de su carrera había utilizado drogas para mejorar su rendimiento. Sin embargo, nunca pidió perdón ni se mostró arrepentido. “Hice lo que tenía que hacer para ganar», repitió una y otra vez desde entonces. En el documental de ESPN, incluso aseguró: “Lo que hice no era legal, pero no cambiaría nada”.

Incluso tras su confesión, hay quienes lo siguen respaldando y recalcan que en esa época el doping era algo común en el ciclismo y para ser un gran campeón, como fue Armstrong, había que romper las reglas. Pero muchos fanáticos de su deporte -y otros no tan fanáticos- nunca lo perdonaron, tal vez justamente por esa falta de «mea culpa». Y para manchar aún más su nombre, ahora surgió una nueva sospecha de trampa. El francés Jean-Pierre Verdi, ex jefe de la Agencia Antidopaje de su país, lo acusó de cometer doping tecnológico al asegurar que para él, el estadounidense había utilizado un motor oculto en su bicicleta para mejorar su rendimiento. “Lance Armstrong es la mayor estafa. Con complicidad a todos los niveles. Recibió un trato especial. Muchos me dijeron que no debía abordar las leyendas, que me iba a encontrar solo. Pero si las leyendas se sustentan en algo… también creo que tenía un motor en la bicicleta”, aseguró Verdi en diálogo con Le Parisien, ampliando una denuncia que había incluido en su libro Dopaje: mi guerra contra los tramposos.

Sus palabras despertaron la curiosidad del periodista Antoine Vayer, quien cubrió el Tour de Francia durante más de dos décadas y decidió investigar esa acusación. Tras analizar varios videos de archivo de Armstrong durante diferentes competencias, Vayer identificó un movimiento que el estadounidense solía hacer en reiteradas ocasiones y que, según él, confirmaría las sospechas. Cuando tocaba la parte trasera de su asiento, aumentaba su velocidad de forma inmediata. Con ese gesto, habría activado un dispositivo oculto en su bicicleta, que disminuía su desgaste durante la competencia. ¿Habrá tenido Armstrong realmente un motor escondido que le daba ventaja sobre sus competidores? Esa hipótesis será muy difícil -sino imposible- de comprobar. Aunque la sola sospecha volvió a poner al estadounidense en el centro de una polémica. Y alcanzó para oscurecer aún más la figura de un atleta que pasó de héroe a villano.

Luciana Aranguiz/Clarín

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