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La Madre de Frankestein: atroz historia real en la pluma de Almudena Grandes

La escritora madrileña basó su nuevo libro sobre hechos reales.

“No existe nada más poderoso que una bella historia, aunque ésta tiene componentes atroces”. La que narra Almudena Grandes (Madrid, 1960) en La madre de Frankenstein (Tusquets) es una ficción soberbia, inspirada en hechos verídicos que definitivamente resultan alucinantes, y ambientada durante el franquismo español. El eje de esta narración imperdible es la vida de Aurora Rodríguez Carballeira, un personaje real: una mujer paranoica e inteligentísima que en 1933, creyendo que la salvaba de un peligro, mató de cuatro tiros a su propia hija, Hildegart. Después de la prisión, Aurora fue trasladada en 1935 al manicomio de mujeres de Ciempozuelos, al sur de Madrid, donde vivió hasta su muerte, en 1956.

Aurora había concebido a la niña como un experimento científico y que, según sus deseos, debía representar a la mujer del futuro. “Pero le salió tan bien que Hildegart desarrolló un pensamiento propio, y buscó la independencia -define la escritora en diálogo por Zoom-, lo que la llevaría, presa de un delirio mental, a destruir a su propia hija”.

El médico psiquiatra Germán Velázquez, personaje ficticio que la autora elige como uno de los tres narradores de la novela, se siente, como la escritora, a la vez fascinado e intrigado por la historia de esa madre asesina, militante feminista como su hija y que el personaje conoce por primera vez a sus 13 años.

Durante décadas, el médico intentará desentrañar los enigmas de la enfermedad de Aurora, por fuera de cualquier cuestionamiento ético. Y en su madurez, su lucha pasará por poner en marcha en el manicomio de mujeres en el que ésta reside el tratamiento con clorpromazina, el primer antipsicótico de la historia y que inaugura en el mundo una era más humanitaria en el tratamiento de los pacientes psiquiátricos. Para esto regresa a España en 1953, después de pasar unos años en Suiza.

“Yo descubrí la historia de Aurora en 1989 y llevo dándole vueltas hace 30 años, nunca he podido odiarla a pesar de lo aborrecible de su acto”, explica Grandes en el marco de una conversación que mantuvo en el mediodía del martes con periodistas.

“Era una paranoica pura, delirante, pero cultísima, rica, feminista militante, y que creía que su hija serviría como instrumento para el progreso de la humanidad. Cuando esta chica llamó la atención de media Europa y quiso irse a dar conferencias por el mundo, Aurora creyó que sus enemigos le habían arrebatado a su hija y la habían prostituido, y en su delirio quiso salvarla”.

Los matices y la complejidad del personaje de la madre asesina, sobre el que terminaría pesando la feroz represión de esa alianza que durante el franquismo unía a la Iglesia Católica y el Estado, le dio a la escritora la posibilidad de crear un microcosmos -con el manicomio como epicentro- que representara la violencia vigente en los años 50 en su país.

Su nuevo libro integra la serie de novelas -mundialmente celebrada- Episodios de una Guerra Interminable, un proyecto narrativo que emprendió hace diez años. La madre de Frankenstein despliega, a su vez, el duelo de intereses que supuso el descubrimiento, casi casual, de la clorpromazina, en 1952: el medicamento significó una verdadera revolución médica en su momento, tanto que inauguró la cuarta revolución en Psiquiatría, la de los psicofármacos.

Hasta entonces, los pacientes psicóticos eran tratados con terapias poco efectivas y extremadamente peligrosas que muchas veces resultaban letales. Pero además, en la España franquista y ultracatólica cargaban con la indirecta culpabilización y el maltrato de quienes, amparados en la fe, los creían merecedores de una suerte de castigo divino, que redundaba en maltratos y humillaciones de toda clase. Y lo mismo ocurría con las mujeres, consideradas pecadoras en la medida que buscaran su libertad y autonomía.

-¿Este medicamento y la ciencia sirven como símbolos del progreso que busca abrirse paso en ese ambiente dominado por la irracionalidad?

-Claro que simboliza un quiebre, una esperanza en un momento de oscuridad. La Iglesia siempre temió a la ciencia, como le temieron los dictadores. Durante la dictadura de Francisco Franco, cuando la Iglesia era parte del Estado, los “locos” eran manifestaciones del demonio o, en un sentido inverso, considerados los hijos más amados de Dios, y en cualquier caso las enfermedades mentales “no se curaban”, se creía. La clorpromazina -en una época inverosímil, en que los homosexuales, por ejemplo, eran “tratados” con lobotomías- fue el primer tratamiento contra la locura y en ese sentido fue una promesa del progreso.

Inspirándose en estas historias reales y combinándolas con una imagibitos

nación prodigiosa, la escritora construye una trama hipnótica que al mismo tiempo que descubre una historia de amor, denuncia los delitos y atropellos que encubrían el puritanismo y la moral oficial.

También describe el pulso secreto de la intimidad de los manicomios. Y reconstruye la biografía de la hija asesinada de Aurora, Hildegart Rodríguez Carballeira, que nació en Madrid en 1914 y fue una niña prodigio: aprendió a leer a los 2 años, a escribir a los 3, ingresó a la universidad a los 13 y a los 18 ya era abogada.

Hildegart se convertiría en una de las líderes juveniles más influyentes de la izquierda española, militante por la Reforma Sexual. Fue después de que manifestara su intención de abandonar la casa familiar para aceptar una invitación e irse sola al Reino Unido que recibió los cuatro disparos de parte de su madre.

“El mundo ha cambiado mucho -dice la escritora-, tanto para los enfermos mentales como para las mujeres. Mientras que la psiquiatría hoy trata al individuo como persona, ocurrió la incorporación de las mujeres a los ámde la cultura, la vida social y la política rotunda. El feminismo es la única revolución social que triunfó en el siglo XX y sigue mejorando nuestras vidas”, define.

Otras mujeres que aparecen en el libro: Sonsoles, paciente esquizofrénica del doctor Velázquez, que antes de recibir la clorpromazina se pasa las noches chillando; María Castejón Pomeda, la auxiliar de enfermería del manicomio a quien Aurora enseña a leer y escribir y le cose un muñeco con bello púbico. Mujeres entre otras -reales y ficticias- “que no pudieron atreverse a tomar sus propias decisiones sin que las llamaran putas, que pasaron directamente de la tutela de sus padres a las de sus maridos, que perdieron la libertad en la que habían vivido sus madres para llegar tarde a la libertad en la que hemos vivido sus hijas”.

A ellas, Almudena Grandes les dedica este libro. Y destaca que en las dictaduras “puedes estar por la calle caminando pero la cárcel te ha sido impuesta por dentro, porque eso hacen los regímenes fascistas: que internalices la cárcel y la espontaneidad se mantenga a raya dentro tuyo”.

Verónica Abdala/Clarín

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