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La futbolista trans Mara Gómez espera autorización de AFA para jugar

Mara arregló su contrato con Villa San Carlos y, si la AFA la autoriza, jugará la Superliga.

Mara Gómez tiene conducta: pide el helado más chiquito, porque ya arrancó la pretemporada con Villa San Carlos. El heladero la mira, llena con generosidad la tacita, que rebalsa de frutos del bosque, quizás sin saber que quien acaba de entrar en su negocio está cerca de cumplir un sueño: si la Asociación del Fútbol Argentino autoriza su incorporación como refuerzo del Villero, Mara se convertirá en la primera futbolista trans en disputar un torneo argentino de Primera División.

Mara tiene 22 años pero sus palabras encierran más edad, más calle, más piel curtida por el dolor. «Para mí, no hay peor asesino que la sociedad cuando discrimina», sentencia de golpe, en un pasaje de la entrevista que le dio a Página/12 en La Plata. A las cifras que aterrorizan con los crímenes de odio contra mujeres y varones trans o la expectativa de una vida que ronda los 35 años, la delantera de Villa San Carlos le aporta su propia historia.

A los 15 años, en plena adolescencia, cuando empezaba a reconocerse como ella quería, un día la exclusión y la discriminación la abrumaron tanto que la desesperanza pudo más. Mara salió de su casa y encaró las dos cuadras que la separaban de la avenida 520. Una vecina que la quería, la notó rara y la empezó a seguir. «Mi idea, en ese momento, era llegar a la avenida y matarme abajo de cualquier vehículo que pasara. Fue mi vecina Adriana, que hoy es una gran amiga, quien me agarró, se sentó conmigo, y me rescató ese día», recuerda la futbolista que viene de ser bicampeona con el club Las Malvinas en la Liga Amateur Platense.

Esa amiga sorora fue una de las que, en esos tiempos, le presentó el fútbol, que se volvió un aliado invaluable en su lucha por sobrevivir. Enfrente de su casa un grupo de vecines armaron una canchita y había un equipo de chicas, que la invitaron a sumarse. «Jugar a la pelota era una descarga emocional y lo sigue siendo. Pero en ese momento yo no quería vivir, tenía muchas ganas de matarme, no podía sobrellevar todo lo que atravesaba. Y el fútbol fue mi terapia y tambiéqn mi manera de socializar, porque me permitió conocer un montón de gente».

-¿Por qué era eso el fútbol para vos?

-Yo no sabía mucho de fútbol, lo que sabemos todos. Acepté jugar, me cagaba de risa, era muy mala, pateaba para cualquier lado. Me di cuenta que me estaba haciendo bien, estaba atravesando ese proceso de cambio y me ayudó a superar todo lo que estaba pasando y a aceptarme en medio del dolor. El equipo donde jugaba me apoyaba un montón: si un equipo no quería jugar porque estaba yo, ellas no jugaban. ‘O juega Mara o no jugamos’, ese era su principio. Cada vez que yo jugaba, por más mal que lo hiciera, estaba muy centrada en el fútbol y me olvidaba de mi alrededor. Era un momento de distracción. Me mandaron arriba, pero sólo corría, no sabía jugar, pateaba un penal y la pelota se iba para cualquier lado, no entraba nunca en esa época. Pero mis compañeras confiaban siempre en mí.

-¿De dónde venía tu dolor?

-Lo que más me dolía era que yo no podía ser del todo quien quería ser. Recién estaba pasando de ser varón a mujer y me costaba mucho el hecho de que cada cambio que yo hacía era muy notorio y siempre había una palabra por detrás. ‘Puto’, ‘trolo’, ‘travesti’… A veces quería hacer oídos sordos, pero cuando llegaba a mi casa era mucho y todo cargaba sobre mí.

-Todavía no fichaste y ya muchos hablan de «ventaja», refiriéndose a que existiría una diferencia física tuya sobre el resto de las jugadoras. ¿Qué opinión tenés?

-La sociedad esta acostumbrada a quedarse con un cubito de información y, con ese cubito, complejizan todo. Yo pienso que vos podés tener fuerza y velocidad, pero si no tenés táctica, inteligencia y otras capacidades, no te sirven de nada. Creo que tiene que ver con la capacidad y el entrenamiento, no con la biología.

-¿Creés que ese debate está contaminado de otros prejuicios culturales?

-Sí, totalmente. Costó un montón que se piense al fútbol como un deporte para todos. Acá el femenino existe hace años y, sin embargo, hace poco se lo reconoce. ¿Por qué un hombre va a jugar mejor que una mujer? Es obvio. Apenas empieza a caminar, al varón le hacen patear una pelota. Las nenas capaz a los 10 o 12 años empiezan a jugar al fútbol, si les gusta. Quizás me equivoco, pero yo lo veo así. Si fuera una cuestión de hormonas o de estado físico, miralo a Messi: mide 1,60, juega con hombres y contra hombres, ¿por qué a él lo siguen siempre cuatro? ¿Me explico? No es el mejor jugador del mundo porque tenga más hormonas que todos. No es el más macho de todos en el fútbol, es el mejor jugador.

-Y si tuvieras a un dirigente del fútbol dudando sobre la posibilidad de que todes pueden jugar a la pelota, ¿qué le dirías?

-Le preguntaría por qué está en el fútbol y qué siente por el fútbol. Y, si me llega a dar vuelta la cara, le preguntaría si alguna vez sintió lo feo que es que te den vuelta la cara. Por lo menos para que se ponga en mi lugar. Lo único que les pido es ser escuchada. Cuando me digan que sienten por el fútbol, yo les voy a decir qué hizo el fútbol por mí.

-¿Qué hizo?

-A mí me salvó la vida. Si no hubiera conocido el fútbol, capaz que ni estaba acá, porque llegó en un momento en el que no tenía esperanzas de seguir viviendo.

Se apaga el grabador. «¿Cómo hacés para soportar a la gente que pasa y te mira mal?», le pregunta el heladero, desde el cariño que da la admiración. Y Mara, sentada en la heladería que queda justamente en esa avenida a la que hace unos años por suerte nunca llegó, le explica, a él y a quien quiera y no quiera escuchar. «Me acepté. Me amo. Y ya no me importa cómo me miran los demás».

Malva Marani/Página 12

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