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La escritora argentina Luisa Futoransky lanza Los Años Argentinos

La nueva publicación de Futoransky es la recopilación de sus cuatro libros anteriores.

Un día partió de Buenos Aires. Recorrió América y Europa, trabajó como periodista en la televisión de Japón, fue locutora en Radio Pekín y, sobre todo, escribió poesía. Luisa Futoransky tiene una obra tan singular como su itinerario de vida, que ahora vuelve a su punto de partida con la publicación de Los años argentinos, la recopilación de sus primeros cuatro libros.

“La idea surgió de la amistad y también el empecinamiento de Mariano Rolando Andrade y el cariño y la complicidad muy añeja que mantengo con Claudia Schvartz, de ediciones Leviatán”, dice Futoransky desde París, donde vive. Como los viajes, la escritura necesita acompañantes: “El libro es una prueba de que al menos en poesía no existe el navegante solitario. Hacen falta buenos remeros para llevar un texto a buen puerto”.

Los años argentinos inicia la reedición de su obra poética y supone también una especie de travesía en el tiempo. “Historia de tziganos”, un poema dedicado al abuelo, repone así parte de la historia familiar. “Mi abuelo se fue cuando yo tenía cinco años y medio –recuerda Futoransky-. Era Santos Lugares. Una casa ‘chorizo’, un jardín y un gallinero. Para mí no hubo jardín de infantes: directo a la primaria. Esa muerte montó el telar de mis palabras. Mi folklore y mis fábulas”.

Las memorias de Santos Lugares, donde nació en 1939, están presentes también en Marchar de día (2017), su último libro de poemas. “Quedan las palabras, quedan fulgores –dice-. No hace mucho vi un par de rubitas, esas nenas de trencitas y abrigos impecables chapotear en un charquito del Jardín del Luxemburgo. Y era yo saltando en la escarcha del baldío de Santos Lugares, era la palabra sabañones, que en Europa no existe, era Narducho, el linyera por antonomasia del baldío de la esquina”.

“Soy memoria de una brasa”, escribe Futoransky en un poema de Marchar de día. “Si me pongo a hurgar en las brasas –dice- es estar en la Quinta de Olivos el día de la Revolución de 1955, es estar estudiando Derecho internacional privado en el bar Florida el día que Julio Sosa murió estrellado contra un árbol. Imágenes de un calidoscopio móvil en tierra de dunas sin fin que no pueden enraizarse, ni falta que hace”.

También ensayista y narradora, Futoransky publicó Son cuentos chinos (1983), De Pe a Pa (de Pekín a París) (1986) y Urracas (1992), entre otras novelas, y recibió el premio internacional de poesía Carmen Conde, en España, la Orden de las Artes y las Letras en Francia y la beca Guggenheim en Estados Unidos.

La brújula de esa intensa actividad es la poesía, propia y extraña. “Interesarme me interesan tantos, llegar pocos –dice, a propósito de sus preferencias como lectora-. No hace mucho asistí a una lectura de «Nosotros dos aún», el poema que Henri Michaux escribió en 1948 cuando al llegar a su casa, la vio incendiada con su mujer dentro. Poema que conozco desde hace tanto y sin embargo de unas filas más adelante de la sala me tendieron un kleenex por la incontenible sonoridad de mis sollozos”.

La escritura es también registro de la emoción. “Perdí,/ hélas, mi resonancia íntima/ aquel chiquito/ y noble diapasón”, anotó en “Refundar el pacto sentimental”, uno de sus poemas más recientes. “Aludo a cómo se marchita con el tiempo el sentimiento heroico que es la pasión –explica-. Por heroico entiendo el rayo, que en amor es la más secreta intimidad. Quedan sombras, pétalos del pacto de fidelidad con uno mismo, con los restos y destellos de la propia palabra”.

Los años argentinos da cuenta, precisamente, de la perduración de una obra que estuvo y sigue atenta a los problemas de su época y al mismo tiempo se arriesga por un camino personal, como refleja “Amanecer en Hebrón”, el relato de una exploración que decide continuar pese a las advertencias de un grupo de soldados.

El volumen reúne los libros Trago fuerte (1963), El corazón de los lugares (1964), Babel Babel (1968) y Lo regado por lo seco (1972), con prólogo de Mariano Rolando Andrade, y comprende un período circunscripto por un viaje a Bolivia y su partida del país, en 1971, cuando Futoransky fue a estudiar a EEUU con una beca de la Universidad de Iowa.

“Buscar el poema” es una especie de mandato que se afirma desde los primeros textos por una doble vía: el trabajo sobre el lenguaje y la experiencia como viajera.

-¿Cómo es tu relación actual con Buenos Aires, al cabo de tantos viajes?

-Después de haber pasado por ser una herida, una alucinación, una memoria desollada –recuerdo vivir en Tokio y enumerarme peldaño a peldaño los escalones del subte de Callao-, ahora juro que no sé. Buenos Aires es ráfagas de alguna que fui. Una que no existe, tampoco esa Buenos Aires existe. Los años argentinos prueban que aquella Buenos Aires y yo nos pertenecemos por él, mi único lenguaje.

Osvaldo Aguirre/Especial para Clarín

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