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La Corazonada en Netflix: mucho marketing, pero…

El film carece de suspenso y sorpresa, condimentos esenciales en un policial.

El realizador y guionista Alejandro Montiel viene poniéndole su firma a varios ejemplares del mainstream industrial nac&pop de los últimos años, ya sea detrás del grito de “acción” (Un paraíso para los malditosPerdida) o bien tipeando escenas y diálogos para otros realizadores (AbzurdahHipersomnia). En particular, las variantes del policial parecen ser uno de sus berretines, filiación que vuelve a confirmarse con esta suerte de precuela de Perdida. Producción local de la plataforma Netflix, La corazonada relega por completo cualquier atisbo de predilección estética personal por un relato tan derivativo en su forma y contenido como pulido en sus aspectos visuales (pulido que no debe confundirse con elegancia ni mucho menos atrevimiento). Los negros y grises en todas sus tonalidades acaparan la paleta desde la primera escena, en la cual un cuarteto de policías –dos varones, dos mujeres, estas últimas con cabello suelto y corte de peluquería reciente– intentan atrapar al secuestrador de dos niñas en una nueva regurgitación estética de Sev7n, pecados capitales y derivados.

Joaquín Furriel es Francisco Juanez, un detective con métodos poco convencionales pero eficaces y un problema cardíaco que le acerca al título del film otras resonancias. Luisana Lopilato hace todo lo posible por otorgarle verosimilitud a Manuela “Pipa” Pelari, joven investigadora de la fuerza –varios años antes de la historia narrada en Perdida– que deberá acompañar a Francisco en su trabajo cotidiano, al tiempo que es obligada a espiarlo internamente y en secreto. El jefe de ambos es el comisario interpretado por Rafael Ferro, quien desde el primer momento parece esconder algún que otro esqueleto dentro de los placares de la dependencia policial, más cercana en sus formas al loft de una publicidad ochentosa que a una comisaría al uso corriente. Hay un crimen, desde luego –una joven de veinte años, hija de un empresario, asesinada en su propia cama– y varias subtramas que irán entrelazándose a la manera de un rompecabezas (cortesía del libro La virgen en tus ojos, de la escritora Florencia Etcheves).

En pantalla, la historia va desenvolviéndose de manera rutinaria y cansina, con desniveles actorales que llaman la atención en una producción de esta envergadura. El espectador aficionado a los policiales reconocerá esa evolución narrativa como un rosario de clisés o situaciones arquetípicas reelaboradas sin demasiado afecto por la novedad o el ingenio. El diseño de producción y la dirección de fotografía –con sus constantes apelaciones al noir de manual y los planos con drone esparcidos cada x cantidad de minutos– le brindan a la película una pátina de “profesionalismo” que no es otra cosa que un ejemplo cabal de su falta de ambiciones. A diferencia de Un paraíso para los malditos –tal vez la mejor película de Montiel, también protagonizada por Furriel–, y de manera similar a Perdida (otra colaboración entre el director y Etcheves) aquí no hay suspenso, adrenalina ni sorpresa, apenas una máquina cinematográfica prefabricada e inflada con anabólicos visuales.

Diego Brodersen/Página 12

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