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Independiente empató con Gimnasia y Colón le ganó al Ciclón

Lucas Romero se lleva la pelota ante la marca de Carlos Insaurralde.

El pulso de la tribuna se mide en el desenlace, desde esas cabeceras bautizadas con los nombres de dos próceres. Empieza en el sector Ricardo donde están chivos con Hugo Moyano. Y devuelven desde el Miguel Santoro, justo cuando Germán Delfino, otro de los destinatarios de la bronca, pita el final. “El Rojo va a salir campeón el día que se vayan todos los hijos de p… de la Comisión”, brama la popular. Son tiempos políticos, está claro. También, un síntoma de lo que Independiente devuelve en la cancha: un equipo sin ideas, poco claro, que involucionó, apenas rescató un punto ante Gimnasia y perdió terreno en la tabla.

Hubo que esperar hasta el epílogo del primer tiempo para que se sacudieran los sentidos. Fueron 120 segundos de jerarquía y explosión. Por esa pisada y el pase magnífico de Alemán, de billar y entre líneas, para la corrida de Carbonero a espaldas de Bustos que terminó en la definición del colombiano. Por el control de Silvio Romero en la medialuna del área, tras recibir de Chaco Martínez. Por la apertura hacia Bustos, el desborde y el centro del cordobés que el capitán, en el corazón del área, dominó y sacudió de derecha, lejos de Rey.

Sí, fueron dos minutos de acción que maquilló la pobreza que mostraron Independiente y Gimnasia. Empezó mejor el Rojo, impulsado por su gente, que volvió al Libertadores de América después de 19 meses. Entonces, fluían las triangulaciones. Por la derecha, especialmente, con la participación de Martínez y Bustos. Por el centro intentaba conectar el doble Alan, Soñora y Velasco. Lucas Romero y Blanco respaldaban desde atrás. Por izquierda era menos profundo porque no subía tanto Costa.

Independiente manejaba la pelota, pero no lograba penetrar en una zona bien custodiada por los centrales visitantes, pero exigía, sobre todo, a Alemán y Carbonero, quienes se veían obligados a retroceder para colaborar con la marca.

Gimnasia, también plantado a bordo de un 4-2-3-1, empezó a avanzar en el terreno. Y el partido, que durante la mayor parte del tiempo se había disputado en el campo platense, se equilibró. Con alguna pincelada del Pulga Rodríguez, que buscó siempre a Carbonero. Ya no estaba Nicolás Contín, lesionado a los tres minutos, pero inquietaba Holgado. Se hizo todo muy cortado y Delfino pareció complicarse solito. No amonestó cuando correspondía y pareció penal de Barreto sobre Coronel. Fue un agarrón derivado de un tiro libre.

En el segundo tiempo, Gimnasia observó las dificultades que tenía Independiente para generar volumen de juego y empezó a explotar los espacios. Sin embargo, le costó llegar hasta el área de Sosa. Y aunque Gorosito incluyó a Pérez García, un creativo, la salida de Insaurralde lo descompensó. Falcioni metió mano en el banco con el ingreso de los pibes Pozzo, Márquez y González. Tuvo dos chances: un tiro de media distancia de Velasco que tapó Rey y un córner de Soñora que cabeceó Barreto y Cecchini salvó en la línea.

Gimnasia se fue sintiendo cada vez más cómodo con el empate. Y terminó defendiendo con Alemán, Pérez García y el Pulga. Y se destacó Cecchini. Independiente terminó enojado con Delfino, que le perdonó la vida a Barreto (debió ser expulsado por un planchazo sobre Rey). Los hinchas se fueron entre murmullos. No era el resultado ni el funcionamiento que esperaban en la vuelta a casa.

Daniel Avellaneda/Clarín

Paolo Goltz abrió el marcador en el Nuevo Gasómetro.

Volvió el público, volvieron los papelitos a la salida del equipo, volvió el aliento, lo que no volvió en San Lorenzo es el fútbol. El equipo de Boedo no pudo estar a la altura del marco que sus hinchas dibujaron en las tribunas y siguió en la misma línea gris que viene recorriendo en el ciclo de Paolo Montero. Cayó 2-1 en el Nuevo Gasómetro ante un Colón que había ganado apenas un encuentro de los últimos ocho y el enojo bajó con fuerza desde las tribunas: hubo chiflidos e insultos para todos, incluidos Marcelo Tinelli y Matías Lammens. Solo se salvaron los más chicos del plantel en una tarde hot en el Bajo Flores.

Y, por más de que la iniciativa de ir al frente fue del conjunto visitante de entrada nomás, los azulgranas se las rebuscaron para ponerse cara a cara con Leonardo Burián en un par de buenas oportunidades. Y ahí no hay mano del entrenador que valga. Si los que quedan de frente al arco fallan, no hay mucho mayor remedio.

La superioridad de Colón en el campo se vio de arranque. Pero a los comandados por Eduardo Domínguez no se les hizo sencillo poner los pies en el área de Sebastián Torrico. Desbordar y centrar fue la premisa de los santafesinos para aprovechar los espacios detrás de los carrileros. Pero cada envío se chocaba contra la cabeza de Alejandro Donatti.

Con Nahuel Barrios y, principalmente, con Nicolás Fernández Mercau, San Lorenzo atacó por la banda izquierda. Por ahí, hubo una puerta abierta para pasar sin pedir permiso y llegar hasta el fondo. El Ciclón lo aprovechó a cuentagotas. Cuando lo hizo, generó chances claras. Pero no la metió. Uvita y Di Santo no tuvieron puntería. Y, para colmo, Cristian Zapata se perdió una situación inmejorable cuando tras un tiro libre y un rebote en un defensor rival quedó habilitado en soledad en el área chica; definió al cuerpo de Burián.

A esta altura, los murmullos ya se escuchaban desde los cuatro costados. Y el clima terminó de caldearse cuando Paolo Goltz cortó una pelota y agarró la lanza en el final de la primera parte para mandarse al área de enfrente. Ahí le llegó el centro al defensor y clavó el frentazo demoledor para una defensa desarmada, con Zapata deambulando por la mitad de la cancha en su intento de retroceder.

El equipo se fue entre silbidos y reproches al entretiempo. Y nada cambió en el complemento. Al contrario, sus males se profundizaron. Montero sacó a Zapata para desarmar la línea de cinco defensores que no entregó garantías. Y metió a Alexis Sabella en el mediocampo. Las buenas intenciones de tratar de revertir la historia no duraron demasiado. Colón avisó con un remate desde lejos de Facundo Farías que obligó a una doble tapada de Torrico, ya que en el rebote tuvo que responder ante el tiro de Wilson Morelo.

En la próxima no hubo San Torrico que valga para el dueño de casa: Eric Meza vio luz, calibró la mira y dibujó un golazo desde afuera. El 2-0 parecía sentenciarlo a San Lorenzo, que jugaba contra Colón y contra la furia de sus hinchas que sacaron a relucir todo el repertorio de protesta: del “que se vayan todos” al “jugadores…”.

Ortigoza, entre algodones, dijo basta y el DT azul y rojo mandó a la cancha a Agustín Martegani. El mimo de los simpatizantes, endemoniados contra la dirigencia y algunos futbolistas, fue para los jóvenes, a quienes alentaron con el “vamos, vamos los pibes”. El apoyo hizo efecto: los chicos empujaron. Sabella probó de afuera. Y Martegani puso el descuento para revivir a un equipo sin pulso.

Nada se revirtió. Colón hasta pudo haberlo liquidado con un tiro en el palo y un mano a mano de Farías que desactivó Torrico y completó Donatti. “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, fue el grito de guerra que cerró la tarde.

Nahuel Lanzillotta/Clarín

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