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Hoy se estrena La Jauría, la serie de Lucía Puenzo, en Amazon. Habla la directora

Puenzo filmó la serie en Chile, a raíz de su vinculación con la productora La Fábula de aquel país.

Hace tres años, a Lucía Puenzo la convocó la productora chilena Fábula para que se pusiera al frente de un equipo de guionistas y directores chilenos: el objetivo era crear una serie que mostrara el trabajo de una división de policías especializados en crímenes de género. Sus investigaciones debían girar en torno a casos como el de La manada, una violación grupal ocurrida en España, y a juegos en redes como La ballena azul rusa. A la directora de XXY y Wakolda se le ocurrió que las protagonistas fueran adolescentes de pañuelo verde, y así nació La jauría.

La serie de ocho capítulos que hoy estrena Amazon Prime Video empieza con la desaparición de una joven en una escuela católica de Santiago de Chile. Ella era la líder de las manifestaciones contra los supuestos abusos sexuales cometidos por un profesor; su secuestro deja a la luz el Juego del Lobo, juego en línea que agrupa a hombres para cometer actos de violencia contra mujeres.

“Escribimos la serie hace dos años y medio, muy de la mano de lo que estaba pasando con la marea verde. Yo le hablaba a una de las autoras chilenas, Paula del Fierro, sobre estas chicas con sus pañuelos verdes, que estaban empezando a salir a la calle, inventando sus canciones. Fue increíble escribir una serie que todo el tiempo dialogaba con hechos que estaban ocurriendo”, cuenta Puenzo vía Zoom.

“A muchas de estas chicas las tenía casi viviendo dentro de mi casa. La novia del hijo de Sergio (Bizzio, su pareja) y sus amigas eran de la columna del Nacional Buenos Aires. En el patio de casa hacían sus carteles antes de ir a las manifestaciones. Estaba viendo de cerca la formación del movimiento, estaba escribiendo sobre algo que se estaba inventando al mismo tiempo”, comparte la cineasta.

-¿Cuánto jugaba a favor y cuánto en contra tratar un tema tan actual? ¿Te daba miedo que la serie tuviera fecha de vencimiento?

-Lo mirábamos con curiosidad. Había algo que nos pasaba, no sólo en relación al tomar de las calles por parte de chicas jóvenes, sino también a los crímenes de género y a los juegos en línea. Cuando empezamos a escribir llegaban las primeras noticias de La ballena azul, ese juego ruso que terminó con varios suicidios. Hubo muchos otros juegos mortales en línea, que reclutaban hombres para transformarlos en agresores de mujeres. La serie estaba metiendo mano en algo que estaba ocurriendo al mismo tiempo. -Los casos de violencia sexual y asesinatos de mujeres jóvenes suelen ser explotados por los medios de un modo sensacionalista.

-¿Cómo se evita caer en la paradoja de estar de nunciando la violencia de género y al mismo tiempo incurrir en esa misma explotación morbosa?

-Nos lo planteamos cuando tuvimos que diseñar el Juego del Lobo. Para que funcionara en el verosímil de la serie, había que diseñarlo: eso nos generaba todo tipo de dilemas. Tuvimos mucho cuidado, también con los carriles que transitan las escenas de agresión sexual. Hablamos sobre cómo filmarlas con los otros directores: mi hermano, Nicolás Puenzo, Marialy Rivas y Sergio Castro. Casi todas transcurren fuera de cuadro: la serie cuenta mucho, pero no muestra tanto. Cuando te metés con material inflamable hay un dilema, que es cómo contar eso mismo que estás cuestionando.

-La serie plantea el caso de un profesor acusado de abuso que es escrachado en la casa. ¿Cómo ves los escraches en redes sociales y mediáticos que no tienen sustento judicial? ¿Son daños colaterales inevitables?

-Siempre tuve muchas diferencias con salir a escrachar a alguien si no hay pruebas judiciales. Lo he dicho en todos lados y en los grupos de los que soy parte. Hay mucha discusión interna en el feminismo sobre cómo manejarnos en situaciones así. Creo que uno no debe hacer escraches si no hay pruebas en la justicia. Son cuestiones para discutir.

-¿Cuál es el principal cambio en torno a la violencia de género que muestra la serie?

-El tema de los escraches se mezcla con otra cuestión, que es cómo se redefinió la palabra abuso en los últimos tiempos. Hace dos o tres años había comportamientos que no eran considerados abuso y hoy sí. Que de repente un profesor te mirara sexualmente, si nunca te había tocado o te había dicho nada inapropiado, no era considerado un abuso. Que hoy haya chicas que digan “yo sí considero que es un abuso” es algo interesante para reflexionar.

-¿Los avances sociales pueden tener un correlato negativo a la hora de apreciar ficciones? Me refiero a la dictadura de la corrección política y el puritanismo.

-Me gusta el cine amoral, el que no es políticamente correcto, tanto filmarlo como verlo. Si no, tenemos que reventar la mitad de la cultura y lo mejor que se ha hecho en la historia del arte, y todo va a ser mucho más aburrido. Pero no creo que por tener protagonistas que son militantes feministas, lo que hagas tenga que ser políticamente correcto. Podés meterte con personajes supuestamente correctos y hacer incorrecciones.

-¿Padeciste machismo en la industria audiovisual?

-No. Tuve la suerte de encontrarme con muy buenos compañeros hombres, pero muchas compañeras han tenido otra historia.

-¿Qué diferencias narrativas encontraste entre el lenguaje cinematográfico y el de una serie?

-Las series son más digresivas, más similares a la escritura de una novela, tienen más subtramas. Entonces escribirla requiere de más autores, más equipo, más semanas. Hay que aprender a trabajar en equipo de verdad, delegar al nivel de que cuando entra otro director va a filmar lo suyo como lo imaginó.

-En la mayoría de las series parece existir la obligación de terminar cada capítulo con lo que en la jerga llaman cliffhanger, para enganchar al espectador. Ese requisito no existe en las películas.

-Depende de lo que estés escribiendo, lo que te pidan la plataforma o el estudio que tengas detrás. La jauría es un thriller, pero ahora estoy escribiendo series que no lo son y sus capítulos no tienen por qué tener esos finales. Sí muy probablemente el lenguaje de las series maneje este bendito beat que tanto odiamos todos, que es cierta velocidad que te pide ese universo. Ahora voy a filmar dos largometrajes, uno en la Argentina y otro en México, y es oxigenante volver a un lenguaje que te permite otro ritmo. Está bueno poder volver a finales abiertos.

-Lucrecia Martel opina que las series son narrativamente muy conservadoras y, en ese sentido, son un paso atrás en el lenguaje audiovisual. ¿Cuál es tu visión?

-La verdad es que yo también veo más películas que series, tengo que confesarlo. Hay series autorales muy buenas, pero ni siquiera es necesario comparar películas con series.

Gaspar Zimerman/Clarín

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