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Hoy se cumplen 25 años del fallecimiento de Adolfo Pedernera

El número 10 de La Máquina jugando contra Independiente en la vieja cancha de River.

Se formó en Parque Patricios, más precisamente en Cruceros del Plata y Huracán. Luego de que Racing no le viera condiciones, debutó con apenas 16 años en la Primera de River en 1935, el mismo año en que moría trágicamente su admirado Carlos Gardel. Fue integrante de una de las delanteras más célebres de la historia, aquella Máquina que completaban Juan Carlos Muñoz, José Manuel Moreno, Angel Labruna y Félix Loustau. La Selección también lo supo disfrutar, al igual que Atlanta. Y en Colombia lo adoraron casi más que en la Argentina, tras su fulgurante paso por Millonarios. Era un delantero completo: tenía calidad, gambeta, definición, esfuerzo y gol. Con su trabajo posterior como entrenador y manager se ganó el inequívoco título de Maestro. En 1980 obtuvo el Diploma al Mérito Konex como uno de los cinco mejores jugadores del fútbol nacional. Este martes se cumplen 25 años de la muerte de Adolfo Pedernera, verdadero apasionado del fútbol y del tango.

Silbó bajito desde que de muy joven empezó a cambiarse en el vestuario de River junto a Bernabé Ferreyra y Carlos Peucelle. Veloz, habilidoso, encarador y con una pegada formidable, pronto se volvió determinante en los cinco puestos de la delantera de la banda roja y contribuyó en la conquista de cinco títulos argentinos (1936, 1937, 1941, 1942 y 1945) y una Copa de Oro (1936).

La Máquina representó eso: cinco atacantes que se movían y rotaban para aparecer en el lugar que nadie los esperaba. Una delantera tremendamente efectiva como acaso lo fue la célebre Naranja Mecánica de Holanda, sólo que unos 30 años antes. El que hacía las veces de Johan Cruyff en ese fabuloso quinteto no era otro que quien ya se había ganado el apodo de «El Frentudo». «La Máquina de River fue un invento de doña Rosa, la mamá de Adolfo Pedernera», definió con gracia Carlos Peucelle, el hombre que una vez retirado ayudó al técnico Renato Cesarini a pensar ese equipo.

Pedernera también aportó su inmenso talento en la Selección Argentina, donde jugó en 20 oportunidades y ganó dos campeonatos sudamericanos. Sin embargo, la Segunda Guerra le quitó chances de disputar una Copa del Mundo en todo su esplendor.

Por problemas con Labruna y el presidente Antonio Liberti, en 1946 abandonó River -donde también fue compañero de Néstor Rossi y Alfredo Di Stéfano- e inició un periplo por Atlanta y Huracán. En esos tiempos eran inolvidables sus paseos por la noche de Buenos Aires en lugares donde se escuchaba buen tango, y su amistad con Aníbal Troilo fue duradera. «No es cierto que anduviéramos por ahí corriendo mujeres. Nosotros no las corríamos: ellas se dejaban agarrar», afirmaba Pedernera con picardía.

Por entonces era cierto que Pedernera ganaba mucho dinero. Pero nunca se olvidó de sus compañeros. De hecho, en 1944 fue uno de los fundadores de Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA), creado para defender los intereses de los jugadores y organismo clave para dictar la histórica huelga del ’49.

Tras el conflicto gremial, Pedernera recaló en Colombia, donde al aeropuerto de Bogotá fueron a recibirlo unas cinco mil personas. Ya era toda una celebridad en el continente. Junto con Di Stéfano y Pipo Rossi, no sólo ayudó a Millonarios a salir campeón en 1949 sino que también se coronó en el mismo equipo -apodado «El Ballet Azul»- durante otras tres temporadas consecutivas. «El Beethoven del fútbol» lo llamaban en las tribunas del país cafeterodonde lo veneraron casi más que en la Argentina. Desde 1950 fue jugador y a la vez técnico.

También llevó a Millonarios a la victoria en la Pequeña Copa del Mundo disputada en 1953. Pero al año siguiente, el Pacto de Lima obligó a todos los jugadores «sin papeles» a regresar a los clubes de origen, por lo que el Maestro volvió al país para retirarse en Huracán. A partir de entonces siguió con una prolongada trayectoria como entrenador y descubridor de talentos.

Enseguida pasó por el banco de Nacional de Montevideo, regresó a Huracán y comenzó la década del ’60 al frente de América de Cali. Era tan respetado en el país cafetero que le ofrecieron dirigir al seleccionado, al que clasificó por primera vez a un Mundial (el de Chile 1962) para así quedar en la historia de Colombia. Tras pasar por Gimnasia La Plata e Independiente, no tuvo fortuna al frente de la Selección Argentina al quedar eliminado en la fase de clasificación al Mundial 1970 de México en aquel fatídico encuentro de la Bombonera ante Perú; aunque tamaña frustración no le restó prestigio. «Ya no existe la bohemia de antes. Hoy el mensaje es más claro: si ganás, servís; si perdés, no», sentenció alguna vez.

Pero antes de eso causó un cimbronazo en Núñez cuando fue designado director de la Escuela de Fútbol de… Boca Juniors. Y si bien Pedernera era el entrenador jefe, su ayudante de campo Aristóbulo Deambrosi (otro símbolo riverplatense) era el que se sentaba en el banco y hasta logró sacar campeón en 1964 al equipo xeneize. Al año siguiente, Pedernera sufrió un accidente automovilístico que lo alejó del cargo en el club de la Ribera por un año.

Ya entrada la década del ’70 condujo a Talleres de Córdoba y Banfield. Fue un revolucionario de las tácticas y las técnicas del fútbol. Aplicó su ojo clínico y su sabiduría en beneficio de las mejores canteras del país. Y con mucha humildad les enseñó el arte de jugar a los chicos. En 1993 publicó su autobiografía llamada El fútbol que viví… y que yo siento, asistido por Alejandro Yebra. Al año siguiente se reunió por última vez con Di Stéfano y Pipo Rossi, sus amigos de toda la vida, en la Feria Internacional del Libro en Bogotá.

Pero River había representado mucho en su vida y sintió que debía dar algo más, por lo que aceptó ser el director general de divisiones inferiores. En sus últimos días era usual verlo caminar por el club. Leyenda viviente, su paso tranquilo inspiraba sumo respeto. Murió a los 76 años un día como hoy, en Avellaneda, el mismo lugar en el que nació en 1918. Pero su estatura de crack quedó para la posteridad.

Pero antes de eso causó un cimbronazo en Núñez cuando fue designado director de la Escuela de Fútbol de… Boca Juniors. Y si bien Pedernera era el entrenador jefe, su ayudante de campo Aristóbulo Deambrosi (otro símbolo riverplatense) era el que se sentaba en el banco y hasta logró sacar campeón en 1964 al equipo xeneize. Al año siguiente, Pedernera sufrió un accidente automovilístico que lo alejó del cargo en el club de la Ribera por un año.

Ya entrada la década del ’70 condujo a Talleres de Córdoba y Banfield. Fue un revolucionario de las tácticas y las técnicas del fútbol. Aplicó su ojo clínico y su sabiduría en beneficio de las mejores canteras del país. Y con mucha humildad les enseñó el arte de jugar a los chicos. En 1993 publicó su autobiografía llamada El fútbol que viví… y que yo siento, asistido por Alejandro Yebra. Al año siguiente se reunió por última vez con Di Stéfano y Pipo Rossi, sus amigos de toda la vida, en la Feria Internacional del Libro en Bogotá.

Pero River había representado mucho en su vida y sintió que debía dar algo más, por lo que aceptó ser el director general de divisiones inferiores. En sus últimos días era usual verlo caminar por el club. Leyenda viviente, su paso tranquilo inspiraba sumo respeto. Murió a los 76 años un día como hoy, en Avellaneda, el mismo lugar en el que nació en 1918. Pero su estatura de crack quedó para la posteridad.

Fabio Lannutti/Página 12

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