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Hace cuarenta años Cannes le dio la Palma de Oro a Apocalypse Now

Martin Sheen (foto), Robert Duvall y Marlon Brando protagonizaron el film de Francis Ford Coppola.

Apenas terminada una nueva edición del Festival de Cannes, queda claro que es difícil alcanzar la escala y la ambición de Apocalypse Now, la película de tres horas de duración con la que Francis Ford Coppola ganó la Palma de Oro en 1979. En aquella oportunidad fue junto a El tambor de hojalata, de Volker Schlondorff, unos cuatro meses después del estreno comercial de una versión reducida a dos horas: hoy es considerada una de las más grandes películas de todos los tiempos.

Pero al principio no se la consideró así. De hecho, la tortuosa transposición que hizo Coppola de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad a la guerra de Vietnam, con el capitán Willard de Martin Sheen lanzado a remontar el río para ejecutar al coronel boina verde Kurtz que encarnaba Marlon Brando, fue recibida con críticas a favor y en contra. Aunque el especialista Roger Ebert escribió que el film “alcanza la grandeza no por analizar nuestra experiencia en Vietnam sino por recrear, en personajes e imágenes, algo de esa experiencia”, Frank Rich señaló en Time que “aunque buena parte del material quita el aliento, Apocalypse Now está emocional e intelectualmente vacía”. Otro crítico, Vincent Canby, la llamó “una película de aventuras con delirios de grandeza”.

Otros se enfurecieron con la conferencia de prensa de Coppola en Cannes, en la que el director aseguró que “mi película no es sobre Vietnam, es Vietnam”. Al cabo la aseveración de Coppola resultó profética, pero cabe echar un vistazo a algunos detalles de producción. El mejor y más inmediato recuento de la pesadilla logística que significó el rodaje de cinco meses en Filipinas en 1976 fue escrito por la esposa de Coppola, Eleanor, en un libro escrito a partir de sus cartas y diarios: Notes On the Making of Apocalypse Now. Eleanor Coppola repasa los golpes de mala suerte que acosaron a la producción, desde el tifón que destruyó el set, el infarto sufrido por Martin Sheen y cómo Brando apareció completamente fuera de forma y con poca preparación, hasta el gradual descenso de su marido hacia el colapso nervioso y la casi destrucción de su matrimonio. Como el mismo realizador admitió en aquella conferencia de prensa: “Poquito a poco, nos fuimos volviendo locos”.

Notes empieza con una rápida mirada a la elección de Brando (Kurtz también le había sido ofrecido a Jack Nicholson y Al Pacino) y Sheen (Willard había sido rechazado por Steve McQueen, James Caan y Robert Redford, y Harvey Keitel fue reemplazado luego de tres días de filmación). Cabe preguntarse lo que hubiera sido Apocalypse Now con Nicholson como Kurtz y McQueen como Willard, pero la historia del cine está tapizada de esa clase de “qué hubiera pasado si…?”. En la versión Redux de 2001, Coppola agregó algunas escenas clave que habían sido eliminadas en el estreno original, en las que el equipo del bote se cruza con unas conejitas de Playboy varadas en la selva, o cuando andan tropezando en una plantación propiedad de un desafiante grupo de colonialistas franceses. Vistas en retrospectiva, el estudio parece haber hecho bien en eliminarlas; empantanan considerablemente a la película, la hacen lucir más autoindulgente de lo que ya era.

La secuencia de apertura sigue siendo asombrosamente inspiradora, con la línea de palmeras atravesadas en cámara lenta por helicópteros antes de explotar en llamas mientras Jim Morrison canta “The End”, la oscura canción de The Doors. Sigue impactando el modo en el que las hélices de los helicópteros se funden en el ventilador de techo de la habitación de hotel de Willard (“Saigón, mierda. Sigo en Saigón”). En la entrada del diario de Eleanor sobre la filmación de esa escena, Martin Sheen estaba un poco borracho a propósito, con la mano cortada por el espejo accidentalmente mientras practicaba movimientos de artes marciales.

En una de las primeras proyecciones de Apocalypse Now en Liverpool, apenas se apagaron las luces apareció una falange de jóvenes vestidos como vietnamitas, corriendo por los pasillos hasta desplomarse en la primera fila. ¿Era una protesta contra la casi absoluta ausencia de personajes o perspectiva vietnamitas en la película o una especie de apropiación cultural? Si se trataba de lo primero, la protesta tenía un punto válido. Apocalypse Now tiene un único punto de vista de la experiencia estadounidense en Vietnam. Una guerra civil (a veces hay que recordarlo) que terminó con más de dos millones de vidas vietnamitas (del Sur y del Norte, militares y civiles) contra las 58 mil bajas estadounidenses. Y eso antes de que comenzaran los efectos a largo plazo del Agente Naranja, el herbicida convertido en arma.

Puede argumentarse que el encallecimiento y la indiferencia sobre “Charlie” (el Viet Cong) y los ciudadanos vietnamitas era deliberada y política; hasta cierto punto, así se la entendió entonces y así se la entiende ahora. Pero para otros aún no queda claro si Apocalypse Now es una película contra la guerra o a favor de ella. La “Prueba A” para la acusación es la escena más celebrada, cuando el Coronel Kilgore ordena el ataque de un helicóptero a una villa costera ¡para que sus hombres puedan hacer surf!, con el asalto musicalizado por la “Cabalgata de las Valquirias” de Wagner desde los parlantes de los helicópteros. La escena, que incluye la inmortal línea de Kilgore “Amo el olor a napalm en las mañanas”, era en realidad una sobreviviente del primer borrador del guión, escrito en 1969 por John Millius, el archireaccionario que le dio al mundo Harry el Sucio y que más tarde dirigió la película de paranoia comunista Red Dawn (Amanecer rojo).

Desde entonces, Coppola ha apuntado con razón que es virtualmente imposible hacer una película de guerra que sea enteramente anti–guerra, pero es posible ver qué intentaba hacer con esa escena. Lo que es más problemático, y se enlaza con aquella declaración en Cannes, es cómo la vida imita al arte. “La cabalgata de las Valquirias” fue utilizada en la guerra de Irak para elevar la moral de las tropas estadounidenses antes del ataque a Fallujah en 2004, con los Humvees de los Marines atronando esa música mientras se preparaban para su lucha más intensa desde Vietnam. Luego el arte imitó a la vida imitando al arte cuando el uso de Wagner amplificado en Irak fue replicado por Sam Mendes en Soldado anónimo, en 2005. En las mentes de aquellos que nunca estuvieron involucrados –es decir, la mayoría–, Apocalypse Now conseguió definir la imagen de Vietnam de manera mucho más vívida que otras celebradas películas sobre el conflicto: El francotirador, Pelotón o Nacido para matar, de Stanley Kubrick, filmada en un estudio en Londres.

A principios de este año, Coppola lanzó la que parece ser la versión definitiva de Apocalypse Now, la llamada Final Cut, que sigue incluyendo la parada en la plantación francesa, un interludio lleno de palabras que adormece la acción y una escena de sexo soft impulsado por el opio que bien podría provenir de las contemporáneas películas de Emmanuelle. El encuentro con los franceses, de todos modos, provee un muy necesario contexto político e histórico, con el dueño de la plantación asegurando que fueron los estadounidenses quienes inventaron al Viet Minh (precursor del Viet Cong) durante la Segunda Guerra Mundial.

Lo que queda claro de las varias ediciones es que Apocalypse Now no cumple 40 años, sino que lleva haciéndose cuarenta años. Tiene sus defectos, y quizás Coppola no puede encontrar un final satisfactorio por más que reordene una y otra vez el material porque nunca llegó a una conclusión de qué estaba intentando decir. ¿Kurtz estaba loco o sano? ¿Estaba resignado a su muerte como chivo expiatorio? Pero tomada en su totalidad, es una película potente al borde de lo insano, tan original como épica. En la era de Netflix y el CGI, quizá nunca se vuelva a ver algo así. Mientras tanto, así como los Estados Unidos estaban en su pompa imperial cuando se embrollaron en Vietnam, Coppola nunca volvió a ser el mismo después de su viaje a la jungla.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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