
A los 17 años, mientras cursaba el último año de un secundario que rindió libre, Nicolás Varrone iba y venía de Europa con el sueño de la Fórmula 1. En 2020, acorralado sin presupuesto en Inglaterra, pensó en dejar, pero pegó un volantazo y se abrazó a la chance del Endurance. Y esta temporada, con 22 años, no solamente ganó las 24 Horas de Le Mans sino que se consagró campeón mundial en la división LMGTE. Bienvenidos a una historia de sacrificio con final feliz, que Nico le cuenta a Clarín en la casa familiar de Ingeniero Maschwitz.
Cuando tenía 3 años, su mamá, la ex piloto Sandra Castrogiovianni, lo llevó al kartódromo de Buenos Aires a ver una carrera. “Estaba insoportable con que me quería subir a un karting porque estaba fascinado”, rememora casi dos décadas después. La madre cedió a la insistencia de su primogénito y se acercó a uno de los encargados para pedirle el favor de subir a su hijo. La respuesta que le devolvieron fue lógica: “Es muy chiquito”. Sin embargo, aquel pequeño Nicolás logró convencerlo, aunque el resultado no fue el soñado. “El señor me subió a un karting grande, uno potente porque hacía ruido, lo arrancó y empezó a vibrar todo. Yo me cagué todo y me bajaron. Desde entonces siempre se ríen porque le dije a mi mamá: ‘El señor tiene razón: todavía soy chiquito’”, completa la historia.
El fútbol se coló en su niñez, aunque solo por un motivo claro, que Varrone no olvida: “Empecé el jardín y como todos mis amiguitos jugaban a la pelota, arranqué. Jugué hasta los cinco o seis por el pancho y la Coca. Mi mamá siempre me dice que me quedaba más contento con eso que me daban después del partido que con jugar. Tampoco era muy habilidoso. Pero en casa se respiraba automovilismo. Con 2 años yo sabía los nombres de los pilotos de Fórmula 1”.
El karting se instaló definitivamente en su vida poco después. “Cuando mi papá (el expiloto Martín Varrone) dejó de correr y se compró un karting para despuntar el vicio, lo empecé a acompañar los sábados, tomaba tiempos y me quise volver a subir. Empecé a ir a la escuelita del kartódromo de Zárate como si fuera ir a jugar a la pelota. Arrancamos un montón de chicos hasta que un día quedé yo solo. A los 7 u 8 años, mi papá me compró mi primer karting y empecé a competir”, comparte.
El presupuesto era un problema: mientras los rivales entrenaban dos veces por semana y corrían las 15 o 20 carreras del campeonato, el de Maschwitz solo se subía al auto cuatro o cinco veces al año. “Tenía los días contados. Yo decía: ‘Hace 57 días que no me subo al karting’. Y con ese dato iba al kartódromo y todos se reían. A los otros los veías llegar el sábado a las 7.30 a Zárate con frío y dormidos. A mí parecía que me llevaban al Ital Park. Y esa etapa me hizo adaptarme y andar rápido, una habilidad que nació de la limitación”, analiza.
Este año se consagró como el tercer argentino en ganar las 24 Horas de Le Mans: José Froilán González (1954) y José María López (2021) lo consiguieron en la categoría principal. “Es una de las carreras que todo piloto sueña con ganar. Hay súper cracks que lo intentan durante toda su vida y no lo logran, como esos jugadores que nunca ganan un Mundial, no porque no sean buenos sino porque no se les da. Y haberlo conseguido con 22 años lo hace súper especial. Todavía no caí”, dice.
La de este año fue su segunda experiencia en Le Mans. La anterior había sido en 2022 en un equipo chico y sin las chances que tenía con el Corvette Racing en la clase GTE Am. “El año pasado las camas las teníamos en los camiones que estaban al lado de los boxes y no se podía dormir por el ruido de los autos. No teníamos dónde bañarnos. Era bajarse todo transpirado, tirarse en el colchón, sacarse toda la ropa, ponerla a airear y, como obviamente te tenías que subir al rato, te la volvías a poner toda transpirada”, rememora. Y cierra la anécdota: “Fue muy duro, pero mi objetivo era conseguir una butaca en un mejor equipo y pelear por cosas importantes. Gracias a Dios se dio con cama, con cuarto, con ducha, con tres pares de medias, de remera y buzo ignífugas, de todo… No tenía que ponerme nada usado y lo que estaba usado lo lavaban al toque: yo lo ponía en una cajita y me lo lavaban y llegaba todo dobladito”.
-Además de lo que representó la victoria y que les permitió acercarse al título que se dio en el WEC, ¿qué resaltás de las 24 Horas de Le Mans?
-Estoy en un equipazo, en una fábrica con todo el apoyo. Y eso da orgullo. En Le Mans todos miran también la performance personal. Y en mi caso también estoy súper contento porque me pude quedar con el récord de vuelta a la carrera, que es muy importante para los pilotos y para el ego. Suma para mi producto, para seguir creciendo.
-Ese producto cambió cuando pasaste de los autos de Fórmula a la resistencia. ¿Habías tenido chance de hacerlo antes y no quisiste?
-Yo arranqué como todos los chicos y seguí las opciones de Fórmula, con el objetivo de ir para el lado de la Fórmula 1. Pero cuando me quedé sin nada y la pregunta pasó a ser qué iba a pasar con mi carrera, que estaba a punto de caerse, salió esta chance y la tomé porque era la única que tenía. Terminé por el lado de la Endurance porque la vida me llevó a eso, porque no tenía más opciones de seguir en Fórmula, por cuestiones presupuestarias y porque todo parecía que se caía. Hasta que mi manager (José Balbiani) me consiguió una prueba con Rinaldi Racing, corrí la última fecha de Le Mans Cup con el LMP3 en 2020 y ahí empecé a resurgir. Pero no te voy a mentir: hubo un momento en 2020 en que yo quería dejar.
-¿Qué pasó?
-Era un momento en el que no venían pasando cosas muy lindas. Momentos difíciles en los que decía (mira al cielo): “Una te pido, una, tirame una”. Y todo era mal, mal, mal, mal y mal. Por suerte tuve a mi familia, mi psicólogo y un montón de gente que estuvo atrás y me dijo: “Nico, tenés que seguir”. ¿Viste que está la foto que hay dos personas que están excavando buscando un diamante y uno esta ahí cerca pero se rinde y se va, mientras que el otro sigue un poquito más y está el diamante ahí? Fue eso: un esfuerzo más. Y apareció esto de Rinaldi y de golpe empezó a pasar todo lo que pasa ahora. Creo que esto es la recompensa a haber seguido. Pero si hubiese sido por mí solo, si no hubiese tenido a nadie, quizás ni loco estaríamos hablando de esto.
-Demostrás que hay algo más allá de la Fórmula 1. ¿Cómo te hace sentir eso?
-En Argentina tenemos un automovilismo muy fuerte en cantidad de autos y en cuanto a la pasión de la gente que va a las carreras. Y en Argentina ir a Europa está asociado con la Fórmula 1. Que está bien, porque es el sueño de todos, pero hay un mundo mucho más grande que la Fórmula 1. Tenés las carreras de resistencia, donde tenemos a Pechito (López), estoy yo, está Esteban (Guerrieri)… Canapino está en la IndyCar, una categoría que a mí me gusta mucho y en la que me gustaría probarme en un futuro. Son categorías increíbles, con pilotos increíbles y autos increíbles que van muy rápido. Y sí, no es Fórmula 1, pero ahí son 20 y no solo están los mejores, porque muchos compran la butaca para estar.
Varrone desarrolla esta línea de análisis que vincula el apoyo económico a ocupar un lugar por mérito. “Hay muchos talentos que quizás llegaron a la Fórmula 3 y a la Fórmula 2 y después tuvieron que ir para el lado de resistencia o de IndyCar y por ahí son diez veces más talentosos que los pilotos que están en la grilla y nunca se va a saber. En el automovilismo no llegás solo porque sos talentoso: tenés que tener un apoyo detrás -describe-. Es muy relativa la afirmación de que en la F1 están los mejores del mundo. ¿Hasta qué punto? Hay un mundo afuera de la Fórmula 1. Creo que con esta exposición que tenemos ahora los pilotos argentinos se va a expandir el interés de la gente y de los chicos que están arrancando en karting y que ven esto y saben que no es solo la Fórmula 1. Hay un mundo afuera para hacer otro camino y espero que abra más puertas.
Sabrina Faija/Clarín-Deportes
MG Radio 24 Villa Pueyrredón