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Gardel, el nuevo libro de Felipe Pigna

El prolífico historiador argentino se mete en la historia de un ícono nacional.

Carlos Gardel está sentado arriba de un baúl, en su casa de la calle Jean Jaurés. Acaba de llegar de una de sus giras por Europa, y se lo ve festivo, sonriente, alzando su sombrero con la mano izquierda, y con un retrato de su abuelo francés detrás. “Me encantó porque no es la clásica foto melancólica del Zorzal, sino que es alegre, convocante y diferente a las que todos conocemos”, se manifiesta Felipe Pigna al teléfono, ante Página/12. Es una de las tantas formas de ingresar al mágico mundo del Morocho del Abasto, que el historiador acaba de desarrollar en un generoso libro –565 páginas en total-, cuyo nombre lo dice todo: Gardel. “Elegí esa imagen porque no es una de las más conocidas, dado que la iconografía gardeliana siempre va a lo mismo, al personaje triste y melancólico, que para mí no corresponde con lo que él era”.

-¿Y qué era, según vos?

-Un tipo muy festivo, de pasarla bien. Un tipo de la vida, muy vital, y por eso me parece que esta foto lo refleja de una manera más real.

Y así es nomás que el prolífico Pigna testea al Zorzal en un profundo raid por vida, obra y circunstancias del mejor cantor criollo de todos los tiempos. Planeta mediante, el historiador mercedino hace jueguitos con su búsqueda minuciosa, sistemática y a la vez emocional de este personaje increíble, multifacético y tan nacional, popular y amado como Evita, Fangio, Maradona (ver aparte) o Perón. “La de Gardel es una vida fascinante en un mundo fascinante… por eso escribí sobre él”, sintetiza Pigna. “Se me cumplió un sueño”, ríe el tipo, contento por la participación del Negro gardeliano, maradoniano y peronista. “¡Qué más querés!”, se emociona.

-Hay muchas aristas, muchas facetas, muchos giros en la vida musical de Gardel. Una clave es su paso de ser un cantor criollo, básicamente de milongas, estilos y tonadas, al de ser “el” referente del tango canción. ¿Cómo trabajaste ese momento transicional en su vida, que se da entre los últimos años de la década del diez y los primeros del veinte?

-Bueno, lo que se ve es que es un tipo muy cuidadoso con su repertorio. Él efectivamente era un cantor criollo, ecléctico, que le tenía al tango el resquemor que le tenían todos los cantantes, básicamente porque era considerada una música de los bajos fondos. Entonces había que ir despacito, porque además ya se estaba transformando en un cantor de teatros del centro, y quería cuidar su imagen. Pero todo cambia cuando encuentra “Mi noche triste”, un tango que le parece genial, y al que le cambia el nombre, porque se llamaba “Percanta que me amuraste”. Esto es en 1917, y después va grabando otros, pero muy despacito.

-Al menos hasta 1920, cuando graba “Milonguita”, con gran repercusión entre el público.

-Recién ahí podemos hablar de un Gardel más tanguero, sí. Se tomó un tiempo para ello, incluso él cuenta los temores que tuvo al momento de estrenar “Mi noche triste”, hasta que vio que al público le gustó. Su ingreso al tango fue a paso lento, digamos. El tipo era un genio en eso de tener en cuenta qué le gustaba al público. Está siempre atento a la novedad, al último parlante, al último micrófono, a sonar mejor, a reversionar sus canciones en la medida que va mejorando la calidad de las grabaciones, por eso hay tantas versiones de sus hits registradas en diferentes partes del mundo.

-Otro aspecto sobre el que profundizás es su relación con el cine sonoro, como si fuera un vanguardista, un “adelantado”.

-Desde cuando ve El cantor de jazz, de Al Jolson en 1929, y quiere hacer eso, al punto que muy rápidamente consigue grabar en las primeras películas sonoras argentinas que son los cortos de Eduardo Morera, los primeros videoclips del mundo según Charly García. Esos cortos son extraordinarios, porque Gardel aparece junto a Discépolo, a Canaro, al negro Flores… el diálogo con Discépolo sobre por qué escribió “Yira-Yira”, es genial.

-El libro arranca con una tajante frase de Gardel: “Yo nací en Buenos Aires a los dos años y medio”. Interesante estrategia para sacarse de encima -y de entrada- toda esa discusión bizantina sobre el lugar de su nacimiento.

-Me parece una buena síntesis porque efectivamente su vida comienza aquí cuando tiene esa edad. Toda su crianza y su formación se dan acá… ese cadete de la Corrientes angosta que repartía las camisas planchadas por su madre a los artistas, o que se metía en los camarines y en las redacciones, e iba conociendo gente de la cultura ¿no? Y así se iba haciendo escuchar… los actores le pedían que cante, y él cantaba en cualquier lado. Después está todo el mundo del Abasto, que es maravilloso para él, porque era mucho más de lo que la gente supone.

Va más allá de la postal que identificó la historia…

-No era solamente un mercado con tanos, judíos, gallegos, franceses, y gente del interior que venía con sus cantos, tonadas y payadas, sino que también era una zona de teatros, donde había teatro en idish, canto lírico en italiano… todo esto configuraba un mundo de conocimientos para él. Y estas dos vertientes están muy vinculadas a su formación cultural. Lo del canto lírico incluso es muy fuerte, al punto que se lo reconoce el mismo Enrico Caruso en un viaje en barco a Brasil. Es fellinesca esa situación de Caruso y Gardel cantando en la cubierta de un barco, y dándose consejos mutuamente. Ahí es cuando Caruso le dice a Gardel que tiene una voz de barítono perfecta.

-Otro eje de fácil detección en la biografía es, precisamente, el contrapunto que hacés entre la vida de Gardel y su contexto histórico… difícil, amplio y complejo el recorte que va de 1890 a 1935.

-Pasó de todo, sí: la crisis del ’90, la lucha de los radicales por el voto, la reforma electoral, la Primera Guerra Mundial, la llegada de Yrigoyen a la presidencia, Alvear en el poder, los atentados anarquistas, los fusilamientos de la Patagonia, el golpe del ’30, y todo lo que pasaba con el arte, con la cultura. Además, Gardel como testigo del primer gol olímpico y la primera vuelta olímpica que dan los uruguayos en 1924, en la Argentina, después de haber ganado la medalla de oro en París.

-Futbolero, burrero, pero no político, Gardel. ¿Qué pudiste detectar en ese sentido, más allá de su relación con ciertos punteros conservadores como Ruggierito, el ladero de Barceló en Avellaneda?

-Gardel no tenía mucho interés por la política, pero sí compromiso social en lo que cantaba al punto que su tango preferido era “Pan”, tema que habla de la huelga, de ese padre que tiene que robar para que sus hijos coman, y así. Es más, en su repertorio incluye otros como “Acquaforte”, “Al pie de la Santa Cruz”, “Yira-Yira”, cuando a la vez dice que los artistas no deben manifestar sus ideas políticas, aunque algunas fuentes dicen que estuvo afiliado al socialismo, y tenía vínculos de conveniencia laboral con los conservadores, aunque no comulgara con su pensamiento.

-Un punto difícil es “Viva la patria”, el tema que graba a favor del golpe del ’30.

-Es que una gran parte de la población estaba enojada con Yrigoyen, porque lo hacía responsable de la crisis del treinta, lo cual era injusto. Además, la gente entendió que eso que venía, un golpe de Estado, algo que nadie conocía por entonces, podía ser la solución. Por supuesto que a los diez minutos mucha gente y el propio Gardel se dieron cuenta que no era así. Por otro lado, el cantor graba esa marcha horrible un poco enojado con un grupo de radicales que lo había silbado en algunos recitales durante esos días.

-En la página 94 citás a Plácido Donato que, en su libro Confesiones de un comisario, dice: “Gardel no sabía de discriminaciones, un amigo era un amigo, negro, blanco, flaco, chorro, policía… podía comer con Ruggierito o con Lisandro de la Torre”.

-Así era, efectivamente. Un tipo de una lealtad en la amistad, al punto que no medía en dar lo que necesitaba a quien lo precisara… veía un pibe vendiendo diarios en invierno y se los compraba todos para que el chico pudiera irse a dormir, porque él mismo había sido pibe de la calle, y la había pasado muy mal. Incluso, Gardel solía abrir las ventanas de los teatros para cantar, para quienes no habían podido pagar la entrada. Era muy empático, muy atento hacia los demás, y ese no era precisamente un pensamiento conservador.

-¿Qué situaciones te llamaron la atención, mientras rastreabas fuentes, del Gardel tardío?

-La anécdota de cómo compuso “Por una cabeza”, cuando lo llama a Terig Tucci, su arreglador, y le dice «anotá Beethoven lo que te voy a silbar» (risas). Tucci lo hace, le dice que no era gran cosa y Gardel le responde «mañana levantate, tocalo, y decime qué te parece», y el arreglador, al tocarlo al piano, reconoce que el tema es extraordinario. Después Le Pera le pone la letra, y nace ese clásico increíble. Otros momentos clave de aquellos años en la vida del zorzal pasan por las cuatro mil personas lo reciben a la madrugada en el muelle de Puerto Rico; por su vida en París; por sus encuentros con Pirandello, con Chaplin, con García Lorca, quien recita poemas mientras toca el piano y Carlitos canta. Hay un diálogo entre ambos en el que el poeta le dice «qué trágico es el tango», y Gardel le responde «claro, porque el cante jondo es un cascabel»… de antología.

Maradona y Gardel, en paralelo

 -Qué paradoja resulta haber publicado el libro días antes del fallecimiento de Diego Maradona ¿Cómo experimentás estos sentimientos encontrados, de alto impacto emocional, por cierto? Por un lado, un ídolo popular y mundial que fallece; por otro, la figura de otro sobre el que estuviste trabajando duro y parejo.

-Mucho sentimiento, sí. Dos personalidades con mucho en común. Por ejemplo, eso de sacar frases inolvidables… Ese Gardel del «No avives giles que se te vuelven en contra», con ese Diego de «Se le escapó la tortuga» (risas). Esto tenía que ver con que eran personas totalmente de pueblo, que nunca olvidaron sus orígenes y fundamentalmente a la gente más humilde, aquella que es fiel, que nunca falta en el velatorio de la muerte de un ídolo. Gardel, como años después Maradona, fue de las pocas personas que le dio algo a esos sectores populares. Las caras que veíamos el otro día en los funerales del Diego eran seguramente las mismas que se habrán visto en febrero del ’36, durante el sepelio de Gardel.

-¿Hubo reacciones desagradables durante los funerales de Gardel, como pasó con Maradona, por parte de ciertos sectores resentidos, antipopulares?

-Sí, sí, la reacción de la derecha católica frente a los funerales de Gardel fue tremenda. Muchos salieron a decir que las mujeres que estaban allí eran prostitutas, pero eso por supuesto generó la reacción de otros. Por ejemplo de González Tuñón cuando en ese poema maravilloso escribe «cuando el pueblo llora, que nadie diga nada, porque está todo dicho». Era una respuesta a la misma clase de gente que se indignaba por quienes estaban el otro día, en la calle, por el Diego.

-Cabría recordárselo a todos aquellos que miserablemente hablan de Maradona como un excelente jugador «peeeeero es un asco de persona».

-Sí, todo ese discurso doble moral. Habría que ver cómo es la vida de ellos. Es muy fuerte para esos sectores la manifestación del sentimiento popular. Les pasó también con Evita: no toleran este tipo de cosas.

-Sería menos absurdo al menos llamarse a silencio cuando si pueblo se manifiesta así.

-Al menos ser más respetuosos, cosa que esta gente no es. Y nunca lo fue.

Página 12/Espectáculos

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