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Fue la Mano de Dios, de Paolo Sorrentino, el domingo en Mardel y después en Netflix

Sorrentino ganó el Oscar por La Grande Bellezza en el 2013.

El dato es real, vero,y Fue la mano de Dios lo populariza: el director Paolo Sorrentino se salvó de morir gracias a Diego Armando Maradona.

Los hechos: Sorrentino, napolitano, en su juventud era fanático de Maradona, y no se perdía ni un partido del 10 jugando de local para el Napoli en el Estadio San Paolo. Así que cuando sus padres lo invitaron a pasar un fin de semana de veraneo en la casa que tenían en Roccaraso, declinó el convite: viajó a Empoli para ver al 10 jugando de visitante.

Así que fue su pasión por Maradona la que lo salvó de la muerte, a sus 17 años.

Sorrentino, ganador del Oscar por La grande bellezza (2013) había agradecido a Maradona en su discurso de aceptación del premio de la Academia de Hollywood.

Y pudo exorcizar su trauma con una película autobiográfica, en la que los Sorrentino son la familia Schisa. Cambió algún que otro nombre -su alter ego es Fabietto-, pero el padre sigue siendo un comunista empedernido, la madre una bromista, y tiene dos hermanos, uno que quiso ser actor y fue a un casting para extra en un filme de Fellini, y su hermana, que se la pasaba en el baño.

Convengamos que el director de Juventud e Il divo siempre tuvo a Federico Fellini en el horizonte. Y con Fue la mano de Dios realiza su propio Amarcord. Y no, no está a la altura, pero la infancia del genio de 8½ no tuvo un hecho tan trágico como el que debió afrontar Sorrentino en su juventud.

Sí tiene en común con Amarcord el espíritu nostálgico, y el sexo, con mujeres exuberantes -ya se ha marcado el humor vulgar con el que se pinta a varias mujeres en su filmografía, y ésta no es la excepción- en el caso de Fue la mano de Dios corporizado en una tía del protagonista y alter ego de Sorrentino, específicamente una mujer que debió ser internada en un hospital psiquiátrico.

El espectador no tiene por qué saber que lo que se está contando, lo que ve en la pantalla es la traslación en imágenes del trauma que ha tenido el realizador desde que sucedió aquella tragedia. El conocimiento de los hechos obviamente refuerza la empatía con quien lo padeció en carne propia.

Y no es que la película no emocione. ¿Cómo lo cuenta Sorrentino? La escena en la que Fabietto se entera del fallecimiento en el hospital es rematada por el director con un plano lejano. Como tomando cierta distancia prudencial. Antes, en la que sería su manera de despedirse de sus padres, lo hace con una delicadeza que no vamos a spoilear. Y hasta allí se permite una broma. La veneración a Maradona recorre todo el guion, desde la primera cita cuando arranca la proyección (“Hice lo que pude. No creo que me haya ido tan mal”. Firmado: Diego Armando Maradona) hasta el festejo del gol al que hace mención el título de la película. “Ha vengado al gran pueblo argentino, oprimido por los innobles imperialistas en las Malvinas. ¡Es un genio! Es un acto político”, le dicen en el balcón de su casa, con el TV encendido. Fabio mira, incrédulo. “Los humilló”.

Después de la tragedia, que coincide con la mitad de la proyección, el filme se quiebra en dos. Sorrentino relata, al menos la primera mitad de la película, como si fueran viñetas en la vida de esa famiglia. Sus manierismos que pueden gustar o no, se mantienen, pero esta vez le agregó ternura. No está nada mal. ■

(“Fue la mano de Dios” se vuelve a exhibir el domingo 28 a las 15 en el Ambassador. Por Netflix, desde el 15/12)

Pablo O. Scholz/Clarín

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