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Frozen 2, un acto fallido de los Estudios Disney

La nueva producción de los estudios Walt cae en muchos lugares comunes.

Enésima incursión de Disney en un mundo edulcorado habitado por princesas, castillos imperiales y seres mágicos parlantes, Frozen 2 hace honor a su título presentándose como una película congelada. Esto dicho no por la heroína de turno, quien por su capacidad de embadurnar de hielo lo que toque con sus manos podría ser una Avenger en la Fase 153 del Universo Cinematográfico de Marvel, sino porque las novedades (mujeres empoderadas, ecologismo progre) son apenas cosméticas. Nadie espera trasgresión ni mucho menos incorrección política en una película de estas características, pero sí al menos que sus resortes estén engrasados en lugar de recubiertos de óxido: si sigue dedicándole energía a fagocitarse a Netlix y expandirse comprando estudios antes que a repensar su ideario simbólico, Disney pasará muy pronto de lo clásico a demodé, de lo tradicional a lo obsoleto, de la emoción genuina a una sátira involuntaria de aquello que supo ser.

Lejos de las vueltas de tuerca de EncantadaEnredados Valiente, en las que la modernidad convivía con los tópicos tradicionales del estudio, la continuación de la película de 2013 –que a su vez se basaba muy libremente en el cuento «La reina de la nieve», de Hans Christian Andersen– retrocede varios casilleros al presentar una fábula hecha con los materiales más básicos de la comedia, el cine de aventuras, el drama familiar y los musicales con canciones inspiracionales, de esas que dan ganas de vivir y pintan un mundo hermoso. Dirigida por la misma dupla que la primera entrega, Chris Buck y Jennifer Lee –ella fue la primera mujer en haber dirigido una película en toda la historia del estudio–, Frozen 2 propone una historia tirada de los pelos, forzada por la obligación de explotar títulos exitosos y ya instalados.

Huérfanas, como casi todos los personajes de Disney, desde una tempranísima edad a raíz de un accidente de sus padres, las hermanitas Elsa y Anna ya achicaron la distancia que las separaba durante la primera película, y ahora andan por la vida felices y contentas, cantando a cada rato y hechas la una para la otra, con la primera convertida en la bondadosa reina de Arandelle y Anna acompañándola en sus tareas diarias. A ellas las secundan Kristoff, el novio tonto y grandote pero de buen corazón de Anna, su reno Sven y el muñeco de nieve Olaf, a quien le cabe el rol de «comic relief» en una película no precisamente abundante en humor. Todo marcha de maravillas para el grupete, hasta que Elsa empieza a escuchar voces. ¿Esquizofrenia? Sería una de las vueltas de guion más sorprendentes de la historia del cine, pero no: esas voces provienen desde un lejano bosque encantado.

A la manera de los héroes griegos, el grupo partirá siguiendo esos sonidos que al principio no saben qué son ni qué significan, pero luego quedará claro que se trata de manifestaciones de los cuatro elementos de ese bosque (Tierra, Agua, Aire y Fuego) a raíz del peligro que corre por el avance de la tecnología del hombre que amenaza con romper el equilibrio ecológico. Desde ya que el quinteto hará lo imposible por que retorne la armonía, excusa para una serie de situaciones que apelan a la aventura aunque sin demasiado riesgo, todo con una denuncia eco-friendly como norte innegociable.

Ezequiel Boetti/Página 12

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