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Falleció la poeta argentina Mirta Rosenberg. Tenía 67 años

También era traductora y fundó la Editorial Luna.

La pasión más fuerte de su vida, su escudo contra el miedo, fue la palabra poética. La poesía era su manera privilegiada de comprender el mundo. Cómo escribir sobre la tristeza que genera la muerte de Mirta Rosenberg, excepcional poeta y traductora, a los 67 años. De pronto viene a la mente el comienzo de uno de sus poemas, “Retrato terminado”: “Es una manera de decir/quiero quedarme sin palabras/ perder sin comentarios.// Hasta cuándo voy a hablar/ de lo que ya no está”… Como se pueda y como salga, ahora hay que hablar y escribir del dolor, de la pérdida, de la muerte de la poeta exquisita, autora de Teoría sentimental, El arte de perder, El paisaje interior y Cuaderno de oficio, entre otros libros; de la creadora de la editorial Bajo la luna –dirigida hoy por su hijo, Miguel Balaguer y Valentina Rebassa-; de la traductora que lograba convertir en obras maestras lo que traducía, los textos de narradores, poetas y ensayistas como Emily Dickinson, Walt Whitman, Marianne Moore, Hilda Doolittle, Elizabeth Bishop, Roberto Lowell, Cynthia Ozick, Anne Carson, Joseph Brodsky, Anne Sexton y Ted Hughes, entre tantos otros.

“Si no viene la poesía, no habrá nada”, decía en uno de sus poemas. Escribir y traducir (del inglés y del francés) era parte del mismo pulso vital para Mirta, que había nacido el 7 de octubre de 1951 en Rosario, donde estudió en la Universidad Nacional del Litoral y cursó el traductorado literario y técnico-científico de inglés en el Instituto Superior Nacional del Profesorado de Rosario. Escribía permanentemente en cuadernos, en libretitas; después pasaba a la computadora lo que sobrevivía de esa cantidad de materiales dispersos. Integró el Consejo de Dirección de la publicación trimestral Diario de poesía, desde julio de 1986 hasta su cierre en 2011, una revista que nació, como contó su creador y director Daniel Samoilovich, contra la cultura del pesimismo y la queja, con la intención de desmontar el ambiente de desesperanza y desmoralización que entonces prevalecía entre los poetas. En 1988, para esa emblemática revista, entrevistó, junto a Diana Bellessi, a la poeta Susana Thénon (1935-1991), cuando la autora de Ova completa todavía no era muy conocida.

En 1991, cuando vivía en Rosario, fundó la editorial de poesía, ensayo y narrativa Bajo la Luna, que después de la crisis de 2001 se instaló en Buenos Aires. En 2016 volvió al ruedo de la intervención en el campo cultural con Extra. Lecturas para poetas, una revista-libro sobre poesía y traducción, junto a Liliana García Carril, Anahí Mallol, Horacio Zabaljáuregui y Ezequiel Zaidenwerg. “Tenía veinte años cuando empecé a traducir poesía –recordó la poeta a PáginaI12–. Traducir es un gran placer, tiene que ver con escribir. Para mí no hay una enorme diferencia entre escribir y traducir. Yo veo al buen traductor de poesía como un autor. Lo que he traducido forma parte de mi obra”. El año pasado publicó El árbol de palabras su obra reunida entre 1984 y 2018, un libro indispensable porque recuperaba textos inhallables como su primer libro Pasajes (1984) o Madam (1988) y otros inéditos hasta entonces. Para el poeta y crítico Jorge Monteleone ese libro estaba lejos de cerrar “el rigor y la profundidad del proyecto poético” de Rosenberg porque “cuenta con una enorme capacidad de transformación y de búsqueda, una profunda lucidez, una certeza en el poema que jamás se adocena en la mera afirmación, una inteligencia crítica a la vez constructiva y sensible”. La poeta rosarina Sonia Scarabelli plantea que “entrar a la obra de Mirta Rosenberg es entrar a un espacio donde la materia de la lengua se vuelve cristalina” y pondera “la sintaxis donde florece el cristal único, propio, su singular manera de nombrar lo real”.

Mirta, que tenía a cargo la cátedra de Poesía II en la carrera de Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes, estaba trabajando en un nuevo libro, quizá extremando aún más la búsqueda formal radicalizada de sus últimos poemas. Entre los premios y reconocimientos, obtuvo la Beca Guggenheim en poesía en 2003, el Premio Konex Diploma al Mérito por su trayectoria en la traducción literaria, y el Premio Provincial de Poesía José Pedroni por El paisaje interior en 2013. Su arte poética la condensó en los versos finales del poema “La consecuencia”, incluido en El arte de perder: “Es que las palabras se repiten entre sí/ por el sentido: son solteras y sociables/ y de sus raíces crece un árbol”. Los árboles de Mirta –esa obra atravesada por la experiencia de una vida dedicada con obstinación a la poesía y a la traducción– nos acompañarán cada vez que necesitemos volver a sentir la belleza revelada de sus poemas.

Silvina Friera/Página 12

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