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Falleció el notable escultor Norberto Gómez

Tenía 80 años y el mismo se calificaba como políticamente incorrecto.

El mundo del arte de nuestro país está realmente de luto. Pero no “el mundillo del arte”: murió Norberto Gómez. Se nos fue un gran creador. Poquísimos, poquísimos como él: por su autenticidad; por su originalidad como artista; por su tremenda, tremenda sinceridad; por su valentía. Por sus obras, lacerantes como las crudas verdades que eran, que expresaban, que transmitían.

Norberto Gómez -en marzo había cumplido 80 años- nunca mentía, ni con los trabajos ni con las palabras. “No soy ni de los 70 ni de los 80”, decía, “no creo en esas categorías. Pasaron todas esas décadas y yo estuve viviendo y trabajando acá, en Buenos Aires, nada más”.

Respecto del mercado y el “ambiente”, sostenía: “Nunca hice obras pensando en el mercado (pero) tengo el reconocimiento de mis pares. Me llama mucho la atención. Parece mentira, pero es así. (Igual) No me invitaban mucho a las casas, porque yo era incorrecto: hacía ruido con la sopa, salpicaba. No era para invitarme”.

En una entrevista con Clarín en 2016, poco antes de realizar la exposición Norberto Gómez. Esculturas en el Museo Nacional de Bellas Artes, cuando ya estaba muy mal de salud, decía: “Los años que tengo están instalados en mi cuerpo. El tiempo también es un material. El cuerpo no lo podés separar de nada, no te podés ir de acá adentro, así que si hay goteras, aguantátela”.

En esos días, atendía desde la cama de un hospital, con la voz ronca. “Físicamente, se me acabó el cuerpo. Y la escultura está absolutamente relacionada con el cuerpo”, dijo. Se refería a que las nuevas obras que presentaba en ese momento en el Bellas Artes -mucho más “puristas” y “limpias” que sus históricas parrillas de los años 70, que aludían a la muerte y la tortura de tantas personas durante la dictadura militar, a través de resinas y alambras de púas remitiendo a los órganos internos del cuerpo humano.

Esas obras recientes, en parte, eran reconstrucciones de series de los 60 hechas con ayuda de su asistente y con tecnología digital, y en parte siempre sorprendían, siempre desconcertaban: la percepción del espacio, del volumen, del tiempo, bultos, estructuras geométricas impensadas, de las direcciones, llenos y vacíos que creaba, eran de los más originales. Como él. “Planos sin cuerpo ni voz, catedrales góticas sin naves, obeliscos truncos”, reza el catálogo de la muestra en el Bellas Artes, en un texto escrito por Andrés Duprat.

En otro momento, Gómez comentó: “Nunca viví de becas, premios y cosas por el estilo. Siempre trabajé. Hacía stands publicitarios o laburaba como letrista. Ganaba buena guita, era bueno, me llamaban mucho. No hacía diferencia entre esas tareas y mi obra, el proceso creativo era el mismo. Siempre trabajé con las manos. Con eso mantuve a mi familia durante muchos años”.

Duele releer sus comentarios -tan lúcidos- de 2016: “Ahora pienso que ‘adelante’ es solo una idea, una palabra, ya no hay adelante, adelante es atrás. Como en el poema de César Vallejo cuando dice “Me moriré en París con aguacero/ un día del cual tengo ya el recuerdo”. El presente es caótico, el presente aplasta, en el presente te podés morir, en el pasado no. El presente es peligroso”.

Un último dicho de este escultor nacido en el seno de una familia modesta, española, de Barracas. Él, primera generación de argentinos: aprendió su oficio en talleres “con las manos” (estaba orgulloso de saber y de manejar un oficio), con un paso breve por la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano y formándose en el taller de Antonio Berni y Juan Carlos Distéfano. “Ya no tengo ganas de ser irónico. No tengo ganas de hablar de injusticia social. No tengo ganas de hablar de la muerte. Estoy agotado de eso”.

Para el gran Norberto Gómez, ya no hay pasado, presente ni atrás. Pero sí hay destino: con sus obras, como él decía. “El destino de las obras es la memoria, ese es el lugar adonde van dirigidas. Son patrimonio de la memoria de los que las ven. Ese es el destino”. El adiós a un gigante: se merece el mayor y más profundo de los respetos.

Mercedes Pérez Bergliaffa/Clarín

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