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Falleció el escritor y periodista Enrique Symns, creador de Cerdos & Peces

Symns fue un irreverente que le dio cabida a la marginalidad cuando nadie lo hacía.

Esto escribió hace dos años Enrique Symns: «Mi cuerpo, como la madera seca y crujiente de un viejo barco, está muy cerca de reposar en la última orilla.» Con un texto de belleza triste se despedía de su existencia y de sus lectores. La frase es la primera oración del editorial de una edición especial de la mítica Cerdos & Peces, que retornó por tan sólo un número en febrero de 2021. El periodista y escritor murió este jueves a los 77 años. Será recordado como el último maldito; una pluma irreverente y transgresora que dio cabida a la marginalidad cuando nadie lo hacía. Como referente de un tipo de periodismo que en su momento rompió las reglas y del que quedan tan sólo destellos, homenajes.

El de Enrique fue un final anunciado. Aquella editorial, publicada hace tanto, lo prueba. Se sabía que venía mal hacía tiempo. El fundador de la Cerdos fue monologuista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota exponente del periodismo gonzo en el país. Una diabetes «salvaje» –la textual es suya– que le fue diagnosticada en el verano de 2001 lo castigó durante todos estos años. Los excesos –cocaína, alcohol– no ayudaron. No habrá velatorio. Su muerte la confirmó el periodista Sebastián Duarte, amigo de él. Quienes lo conocían bien cuentan que físicamente estaba muy mal, aunque seguía lúcido y afilado verbalmente.

En una entrevista con Revista NaN, en 2011, republicada por Revista Cítrica, contaba a esta cronista y a Facundo Gari que lo habían llevado «de prepo» al hospital –en 2001– después de que estuviera vomitando durante 24 horas. «Antes tenía una verdad, una certeza. Que estar extraviado era el mejor camino. Un hombre extraviado siempre está iluminado, guiado por los abismos de su inconsciente, por las estrellas del infinito cosmos que es uno mismo. Siempre, en los peores momentos de mi vida, dentro de la cárcel, a punto de pegarme un tiro o cuando una mujer me abandonó, salí de esa vida y empecé a tener otra. Tuve muchas. Pero esta vez parece que se hubiera acabado.» Contó que quería morir a los gritos, como su padre, que murió en una plaza, escapando de que lo llevaran al hospital. Enrique también murió en su ley. En su casa. Se resistía a ir al hospital aunque fuera nomás para que lo revisaran. Terminó sus días postrado en la cama, mirando series.

«Los tambores de la batalla final» se titula su despedida. Primera página de 152. Una edición gruesa. Letras negras sobre fondo blanco. «La fuga constante que ha sido mi vida está pronta a concluir. Aquello de lo que siempre escapé, finalmente me ha encontrado. No tengo miedo (…). Hace varios años que he dejado de moverme, y a través de esa quietud, comencé a irme de mí mismo. Y ahora, cuando el aroma punzante del abismo es lo único que me ronda, ¿vamos a brindar o maldecir?«, continúa el editorial. El escritor se preguntaba qué hubiera sido de su vida sin los excesos, sin buscar el peligro. Y se respondía que, pese a sentir que había vivido equivocado, «en esa sensación de haber estado extraviado» percibía «destellos de sentido». Definía a la calle como una «compañera», aunque reconocía que hacía un tiempo cada uno había tomado su rumbo. Confesaba que habitaba una «larga noche» en la que nunca podía dormir.

«Arder y partir» se lee en la contratapa, y está Enrique en un retrato con una de esas camisas escocesas que usaba. Rostro muy arrugado, poco pelo plateado a los costados; se prende un pucho. No quería «resucitar» a la Cerdos; no ansiaba un retorno. «La invoqué para que, al fin, me deje ir.» Es que esta revista, que fundó en 1983, fue una parte importantísima de su vida.

Nació el 22 de diciembre de 1945 en Lanús y pasó su infancia en Monte Grande, al sur del conurbano bonaerense. Decía que nunca había ido ni a la primaria –como construyó un personaje, se hace difícil distinguir, de todo lo que escribió y dijo sobre sí, qué es real y qué no: lo de la primaria no lo es). Pasó su infancia en institutos correccionales, por cometer varios robos a mano armada. Vivió en estaciones de trenes. Su hermana mayor, profesora de Filosofía, le inculcó el vicio de la lectura. Arrancó con Crítica de la razón pura, de Kant, y Crimen y castigo, de Fiódor Dostoyevski. A los 15 años comenzó a escribir. Fue actor callejero y, durante la década del ’80, integró Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, como monologuista. Se peleó con la banda cuando decidió dejar a un costado la veta teatral. El caso Bulacio los separó aún más, y después el Indio le dedicó los temas «Blues de la artillería» y «Héroe del whisky». Fue monologuista también para La Bersuit, Los Piojos y Los Caballeros de la Quema. «Fui el primer actor que descubrió el escenario del mundo rockero», se jactaba. La de Los Redondos, decía, «fue una etapa muy creativa, frívola, divertida, con mucho sexo ‘promiscuo’, que quiere decir confuso».

Escribió corrosivas biografías. Integró diversas propuestas editoriales. Fue, aparte de escritor y periodista, poeta y guionista. Cruzó periodismo y ficción. Su rasgo más destacado dentro del periodismo gráfico fue haber dado cabida a la marginalidad cuando no tenía espacio en otros medios de comunicación. Su nombre está asociado al under porteñoY se lo suele etiquetar como «el Bukowski argentino», también como un beatnik. Se lo emparenta a William Burroughs y Hunter Thompson. No creía en la política. Se definía como anarquista. Su parte más chocante era su falta de límites para hablar de sexo y cómo se refería a las mujeres. En este sentido algunos de sus escritos no resisten el paso del tiempo. Integramente, discutía con el discurso moral.

«Empecé como periodista de casualidad», le contaba a Juan Mendoza en la entrevista que abre una compilación con lo mejor de Cerdos y Peces (editada en 2011). En 1982, el  periodista Jorge Pistochi lo vio en una actuación para un festival de la revista Pan caliente y le ofreció reemplazar al jefe de redacción. Antes de esto había vivido en Brasil y Europa. Gabriel Levinas le propuso ser, además, redactor de El Porteño. La Cerdos emergió como un suplemento «marginoliento» de El Porteño. Mostraba los «últimos rastros salvajes de la vida», de acuerdo a Symns. Para Levinas, la revista –que comenzó a editarse de manera independiente en 1984– cambió al periodismo argentino, porque a través de ella «todo un mundo nuevo, maldito, entró en los medios gráficos». Se editó con regularidad hasta 1987, con reediciones posteriores esporádicas. Cuando cerró en 1992 Symns estuvo sin trabajo varios años. El proyecto lo había convertido en un «vagabundo», pero a la vez le había dado la «enorme satisfacción» de «contaminar almas con palabras puras e intenciones chamánicas». En 2004 salieron dos números más.

Con una combinación de «rock, locura y hamponaje«, con «el saber» como enemigo y muchos cierres y aperturas, «la revista de este sitio inmundo» marcó a una generación con un periodismo contestatario en la década del ’80, cuando aún había fuertes secuelas de la dictadura militar, como planteó Duarte, que fue cronista de la publicación en los noventa. Legalización de drogas, homosexualidad, sexo explícito, anarquismo, okupas eran algunos de sus tópicos, siempre de vanguardia o tabúes. Aunque algunos de ellos ya están integrados a la agenda pública, el modo de tratar la información de la Cerdos parece muy lejana en el tiempo. Los protagonistas de las páginas eran personas de la calle, travestis, artistas under ignorados por los medios. La revista fue tildada de apologética. Padeció un atentado en sus comienzos; fue denunciada por apología del delito por tratar el tema del sexo con niños, en un caso que llegó a la Corte Suprema; y fue allanada por la Policía tras organizar una marcha contra Juan Pablo II en abril del ’87. En el gobierno de Alfonsín hubo un «secuestro» de números.

«Cerdos y Peces buscó ser esa pulsión que te acerque a una verdadera existencia.» Symns creaba autores apócrifos, publicaba con seudónimos, y era el autor de los editoriales. Los escribía siempre bajo los efectos de la cocaína o el alcohol. Al terminar, se los leía a un cadete: si el hombre se largaba a llorar se daba cuenta de que funcionaban. «Es raro, porque yo no era periodista; sin embargo, casi de inmediato, el oficio se adhirió a mí como si fuéramos amigos de la infancia. Creo que se debió a una curiosidad que siempre sentí, una curiosidad bastante fría en el sentido de una sospecha, una tendencia a descreer de la especie humana», expresó en aquella conversación con Mendoza. Prefería entrevistar a un preso antes que a un juez. O a un loco antes que a un psiquiatra. Para él «la certeza de lo que era el mundo» se hallaba en «los bordes de la sociedad, nunca en el centro».

Fue, además, prosecretario de Satiricón colaborador en Eroticón Fin de siglo. Trabajó en La Voz y Sur, colaboró con Clarín CríticaEn 1993 fundó El Cazador, y entre 1998 y 1999 escribió para La Maga. Vivió en Chile hasta 2003, donde fundó el periódico The Clinic. Publicó en THCSu vida puede recorrerse en El señor de los venenos, conocida autobiografía ficcionada que publicó en 2004. Sus crónicas periodísticas fueron recopiladas en Invitación al abismo (1995), dentro del subgénero de periodismo de ficción, igual que La vida es un bar (2002). Entre su producción literaria están La banda de los chacales (1987), En busca del asesino (2005) y Big bad city (2006). Escribió biografías como Páez (1996), sobre la vida de Fito Páez, y La última canción (2002), sobre el grupo chileno Los Tres. También escribió textos teatrales e incursionó en el mundo de los videoclips: escribió el guión y la letra de «Soy un virus»,  con música del grupo uruguayo La Tabaré, en 2004, y en 2018 escribió «Un brindis de piratas», con música de Miguel Molins.

En la última entrevista, para Orsai, Enrique reconoció que tuvo una «vida interesante». Y que así fue por haber sido escritor. La curva de su vida va de ser «un vago, un tipo que no sabía hacer nada, un borracho y drogadicto» a escribir todo lo que escribió, contaminando almas. En el oficio encontró «un camino para ser». Y es cierto que escribió de acuerdo a lo que fue. O al revés.

María Daniela Yaccar/Página 12-Espectáculos

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