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Falleció el escritor cubano Alberto Fernández Retamar

Presidió la Casa de las Américas desde 1986.

El acento de Roberto Fernández Retamar suaviza “no sé qué pena del alma”, se podría decir parafraseando unos versos incluidos en Una salva de porvenir, una antología esencial de su poesía que publicó Colihue en 2012. El joven Retamar escribió “El otro”, fechado nada menos que el 1º de enero de 1959, el día del triunfo de la Revolución Cubana. “Nosotros, los sobrevivientes,/¿A quiénes le debemos la sobrevida?/ ¿Quién se murió en la ergástula,/ Quién recibió la bala mía/ La para mí, en su corazón?/ ¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,/ Sus huesos quedando en los míos,/ Los ojos que le arrancaron, viendo/ Por la mirada de mi cara,/ y la mano que no es su mano,/ Que no es ya tampoco la mía,/ Escribiendo palabras rotas/ Donde él no está, en la sobrevida?”. Cuando presentó el libro en Buenos Aires, reconstruyó cómo vivió ese momento histórico. “Yo salí y me monté en lo que aquí llaman colectivo y allá guagua, para consternación de los argentinos, que cuando oyen decir que vamos a coger una guagua les produce un verdadero pavor –bromeaba el poeta–. Y en el ómnibus sentí llegar el poema. Yo no puedo sentarme a escribir: los poemas llegan o no llegan. Llevaba un papel en el bolsillo y escribí ‘El otro’. Pensaba en la enorme alegría que estábamos viviendo la casi totalidad de los cubanos y en aquellos que habían hecho posible el triunfo y ya no estaban con nosotros.”

Retamar, que murió el sábado en La Habana a los 89 años, fue uno de los intelectuales más destacados de la literatura latinoamericana por el libro de ensayos Calibán. Apuntes sobre la cultura de nuestra América (1971). Dirigió la Casa de las Américas desde 1986 y la revista de la misma institución cultural (desde 1965), era miembro de la Academia Cubana de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Academia Española. En su modesta casa en El Vedado, tenía un jardín con muchas plantas y flores a la entrada; dos perros, Dolly y Homero; y en el living varios cuadros. Los libros estaban desparramados en estanterías, en mesas y alguna que otra silla.

El autor de Elegía como un himno –el primer libro de poesía que publicó en 1950–, Vuelta de la antigua esperanza (1959), Con las mismas manos (1962), Historia antigua (1964), Que veremos arder (1970)  y Juana y otros poemas personales (1981), entre otros poemarios, conoció a Borges en Buenos Aires, en 1985, cuando le ofreció publicar una antología en Cuba. “En aquel momento lo invité a venir a Cuba. ‘Si voy a Cuba me van a dar una distinción y yo no quiero hablar bien de Cuba porque estoy contra los comunistas imparcialmente, sean chinos, rusos, cubanos, de cualquier lado’, me dijo. Yo le dije: ‘Borges, he escrito cosas duras sobre usted, pero no más duras que las que usted escribió sobre Darío y sobre Lugones’”, recordó el autor de libros de Lectura de Martí y Para una teoría de la literatura hispanoamericana, que recibió el Premio Nacional de Literatura (1989), el galardón más importante de su género en la isla; el Premio Nacional de Ciencias Sociales (2012) y el Premio José Martí de la Unesco (2019), entre otras distinciones.

Silvina Friera/Página 12

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