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Falleció el artista plástico y pintor Carlos Regazzoni

Realizaba sus obras con restos de vagones y material ferroviario.

Polémico y excéntrico, dueño de una fuerte y original personalidad, un creador y un tipo arriesgado y sin filtros. A los 76 años, murió el reconocido artista Carlos Regazzoni. Nacido en Comodoro Rivadavia en 1943 (“cerca del pozo de petróleo número 2”, recordó Regazzoni en varios momentos a lo largo de su vida), el creador se destacaba por su inmensa fuerza, su poderosa energía vital y una fe contra viento y marea en lo que hacía y lo que se proponía. Esa misma tremenda fuerza le permitió desarrollar una carrera aquí, en la Argentina, y especialmente en Francia ( país en donde residió gran parte del tiempo desde comienzos de la década del 2000) sin la necesidad de seguir los pasos convencionales que se supone deben llevar a cabo aquellos que pretenden ser artistas contemporáneos “importantes” en nuestro país.

Regazzoni no pasó por las galerías de moda; no trabó amistad con los curadores, directores de museos ni críticos que movilizan algunos engranajes, sino que hizo la suya: su carrera fue original y fuera de lo común de pé a pá. Como él mismo. Y logró desarrollarla muy bien: vivía de la venta de sus obras y del desarrollo de sus propias y personales estrategias.

De joven, cuando residía junto a su primera mujer y uno de sus hijos -Carlos Regazzoni, médico y políticoen Longchamps, negociaba kerosene por el área y lo que hacía falta hacer, lo llevaba a cabo. Por ejemplo, asfaltar la calle en la que vivían. El artista sostenía que si esperaba a que el gobierno hiciera eso, no iban a asfaltarla jamás. Por eso puso manos a la obra (sabía del tema, su padre había trabajado por décadas en YPF) y junto a su pequeño hijo, esparcieron brea y la calle quedó asfaltada.

Podría pensarse que ese mismo impulso por hacer, una fuerza impresionante al pensar objetivos y también al lograrlos, es lo que hizo que Regazzoni a los 40 años comenzara una vida nueva: la de artista.

Siempre vinculado a los trenes, vio tanto en la historia ferroviaria como en las empresas y en los materiales que provenían de esta industria, una gran fuente de recursos, inspiración y estrategias.

Fue en “El Gato Viejo”, el taller-restaurante instalado en los galpones de la estación de trenes de Retiro, en donde armó (con su poderoso carisma) su propio imperio y universo artístico. Poblado de pinturas y esculturas relacionadas con materiales ferroviarios que copaban el espacio, en medio de las mesas del restaurante que Regazzoni supo montar allí. Muy por fuera de lo común, la carta ofrecía, por ejemplo, noches de “Pizza culera y picada El Foca, con la primera cerveza gratis (invitación de la casa) y el “sorteo de un chanchito” (se refería a una de sus múltiples esculturas de animales). Extraño “bodegón ferroviario” en donde se podía comer desde jabalí, pato a la naranja, “pato, cerdo y vaca todo junto, uno dentro de otro”, y empanadas de ñandú hasta “polenta a la tabla” (servida directamente sobre la mesa), el espacio maravillaba a quien lo visitara. Por allí pasaron desde Antonio Banderas hasta Madonna; y todos le compraron obras. Ya ven: no hizo falta que este artista rondara por las inauguraciones de las galerías “de moda” para hacerse conocido o existir como creador. Lo suyo pasaba por otro lado: generó un sistema de arte alternativo propio, que resultó.

La vida de Regazzoni dio un vuelco cuando viajó a Francia gracias a un premio y al estreno del documental El gato viejo, que habla sobre su vida. Desde entonces, vivió e instaló su taller en un hangar francés que no se utilizaba y estaba a punto de ser derruido. En una entrevista lejana comentó que quisieron echarlo de allí, después de habitarlo durante unos 15 años. Finalmente llegaron a un acuerdo con la empresa dueña del hangar. Con el dinero se compró un castillo en el arrondissement (barrio) 18 de París: 157 habitaciones. Durante los últimos años de su vida, Regazzoni manifestó su voluntad de venderlo, porque “el dinero va y viene”. Pero esto es otro asunto.

Sus pinturas: fuertes, de colores contrastantes y primarios, con mucho negro, con líneas rotundas, contundentes, nada de dudas, sin vacilaciones. Fuertes, fuertes, fuertes; expresivas y explosivas. Sus esculturas: todas hechas con fierros y metales que los ferrocarriles ya no utilizaban. Imponentes. Otra vez, la fuerza. La voluntad. El afecto asomando. La simpatía.

“Por la forma en que yo encaré mi obra estoy más del lado del tirano que del consecuente”, decía Regazzoni. “Pero no mato ni le pego a nadie. Eso sí: me cago en todo lo que dicen de mí. Todo eso de ‘Ladran, Sancho’, y blablablá. Me cago en eso. Pero soy tirano conmigo mismo, con mi obra, con mi forma de ser. Me propongo cosas que son muy difíciles de llevar a cabo y después, al realizarlas, me doy cuenta de que en realidad eran fáciles. Es una cuestión de tiempo, nada más”. Palabras de un artista inteligente, tenaz y fuerte.

Ayer por la mañana, tras conocerse la noticia de su partida, el Ministerio de Cultura de la Nación lo despidió en las redes señalando que fue un pintor y escultor “entrañable” y “alternativo” por su forma independiente de trabajar.

Vivió el arte siguiendo el diseño de las líneas de su propia libertad.

Mercedes Pérez Bergliaffa/Clarín

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