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Estrellas de Mar sobre una Playa, lo nuevo de Margaret Randall

La poetisa neoyorquina sindica a Estados Unidos como un país bananero.

A los 83 años, la poeta beat escribe poemas con el temblor indómito de las preguntas. Una constante en la prodigiosa vida de Margaret Randall -militante feminista, activista social, autora de más de 150 libros de poesía, ensayo e historia oral– ha sido la contracultura y la búsqueda de justicia. En México, adonde llegó a principios de los años ’60 con Gregory, su primer hijo de 10 meses, fundó la revista bilingüe de poesía El corno emplumado – The Plumed Horn, junto al poeta mexicano Sergio Mondragón, su pareja entonces y el padre de dos de sus hijas, Sarah y Ximena. La revista difundió por primera vez en español a Allen Ginsberg y a Ernesto Cardenal en inglés.

La poeta neoyorquina -criada en Albuquerque- apoyó la lucha de los estudiantes mexicanos en el ’68, y sufrió la represión cuando dos paramilitares entraron a su casa y le quitaron el pasaporte. Ella y sus cuatro hijos -la última es Ana, que tuvo con el poeta norteamericano Robert Cohen- se exiliaron en La Habana. Durante la intensa década que vivió en Cuba conoció a Rodolfo Walsh, fue amiga de Roberto Fernández Retamar y colaboró en la Casa de las Américas. Después del triunfo de la Revolución Sandinista, vivió en Nicaragua, hasta que en 1984 regresó a su país.

El gobierno estadounidense intentó deportarla porque sus libros “estaban en contra del buen orden y la felicidad de los Estados Unidos”. Acompañada por un gran número de escritores y otras personalidades, como Norman Mailer, Arthur Miller, Kurt Vonnegut y Toni Morrison, la batalla por la reintegración de su ciudadanía duró cinco años. También estuvo en Vietnam del Norte en 1974, durante los heroicos últimos meses de la guerra de los Estados Unidos en ese país, “donde los paisanos en bicicleta/ resistieron al ejército más grande el mundo/ y prevalecieron”, escribió en el poema “David contra Goliat, el invasor”.

A los 50 años descubrió su lesbianismo, se enamoró de la pintora Barbara Byers –“el amor de mi vida”, la define-, su compañera desde hace 34 años, con la que se casó en 2013. “Con los pocos, me levanté/ contra los muchos./ Tomé mi puesto/ en batallas hercúleas/ mientras los camaradas caían/ a mi alrededor./ Combatí a un gobierno/ que intentó deportarme/ porque no le gustaba/ lo que escribía/ ni que fuera una mujer/ que no iba a pedir perdón./ En la lucha/ el propio movimiento/ impulsa/ y una no se detiene,/ porque movimiento/ es energía./ Pero esta ofensiva/ contra el virus/ es defensiva por naturaleza./ Hay que refugiarse en el lugar,/ mantener la calma, resistir/ en el silencio unísono/. Nuestro desafío: construir/ fuerza ofensiva/ a partir de/ una posición defensiva,/ como el polen de una flor/ cuando la abeja/ entra”, plantea la poeta en “Como el polen de una flor”, incluido en Estrellas de mar sobre una playa. Los poemas de la pandemia, edición bilingüe con traducción de Sandra Toro, que inaugura la colección “Concierto animal”, homenaje a la poeta peruana Blanca Varela, dirigida por el poeta colombiano Fredy Yezzed, de la editorial Abisinia. La bellísima edición de este – libro -que tiene mosaicos marroquíes y pinturas de Byersse- se presentará este miércoles 22 a las 21 por el Facebook Live de RITA (Red de Investigaciones de Tecnología Avanzada) de la bogotana Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

En el prólogo del libro, Randall (Nueva York, 6 de diciembre de 1936) cuenta que escribió los 38 poemas en un momento extraordinario, entre marzo y mayo de 2020, con el avance mundial de la Covid-19. “Yo creo que la poesía -el arte en general- es tan necesaria para la vida como lo es el aire, el agua, el sustento, la salud. Quizás es mucho pedir que transforme al mundo, pero sensibiliza a la gente y la hace cuestionar, soñar, cambiar, transformar sus relaciones humanas, sus comunidades y naciones”, dice la poeta estadounidense desde Albuquerque en la entrevista con Página/12.

-“Queremos creer que este espanto/ va a cambiarnos el futuro para mejor./ Y no sabemos”, escribís en uno de los poemas. Como poeta, como militante feminista y activista social, ¿qué importancia tiene dar testimonio de este “no saber” a través de la poesía?

-Detesto esa absoluta seguridad que suelen tener los militantes de cualquier movimiento… o cualquier persona, realmente. Por eso, me interesan las preguntas más que las respuestas. Cuando digo que “queremos creer que este espanto / va a cambiarnos el futuro para mejor. / Y no sabemos” es que realmente no sabemos cómo esta pandemia va a cambiar al mundo, en cuanto a la salud, en cuanto a lo económico, en lo social y cultural. Los gobiernos han respondido de formas muy diversas. Lo que se ha evidenciado es que necesitamos profundos cambios sistémicos. Y no sabemos si esa necesidad va a quedar en promesas o si va a poder materializarse de alguna manera. Lograr ese cambio necesario es responsibilidad nuestra.

-“Quiero pasar por esto/ con dignidad también,/ con mis ideales pintados/ en carteles bien altos”. ¿Cómo estar con los otros en tiempos en que por cuestiones sanitarias se impone la distancia socia, cuando lo que hizo tu generación fue pelear para achicar las distancias que generan las desigualdades?

-Bueno, mi generación peleó por achicar las distancias que generan las desigualdades, es cierto. Pero ojo: no todas las desigualdades. Más bien, trabajamos por reducir las distancias de clase, pero no prestamos suficiente atención a las desigualdades de género, de raza. No consideramos la realidad de los homosexuales, los trans, las personas con discapacidades físicas o mentales. Siempre dejamos afuera algún grupo. El distanciamiento social, tan necesario en tiempos de pandemia, no es el problema, sino el hecho de dejar afuera grandes grupos sociales. Mi ideal es que todos y todas tengan voz y voto.

-¿Cuándo comenzó tu conciencia política y social, tu militancia? ¿Quiénes fueron los que te ayudaron a luchar?

-Nací en 1936 y crecí en los años ’50, años terribles de una sofocante hipocresía social, sobre todo para la mujer. Creo que he sido luchadora desde mi infancia, pues fui víctima de incesto por parte de mi abuelo materno y creo que los que sufrimos la injusticia siempre buscamos la justicia. Después, participé en el movimiento estudiantil mexicano en el ’68. La Revolución cubana fue muy impactante en mi vida, así como los sandinistas nicaragüenses de principios de los ’80. Y tuve la suerte de tener mentores importantes: artistas, poetas, revolucionarios.

-En la década del ’60 viviste en México y fundaste la revista bilingüe El Corno Emplumado – The Plumed Horn. ¿Qué perspectiva cultural y política te aportó la experiencia mexicana?

-Llegué a México como madre soltera con mi hijo de diez meses a fines del ’61. Vivir en México me dio una fuerte lección en cómo mi país de origen, Estados Unidos, intenta controlar y explotar a los países dentro de su órbita. Además, México es un país muy rico en culturas indígenas y tiene la política de dar refugio a gente perseguida de todas partes. Vivir allí durante los turbulentos años ’60 fue una experiencia muy rica. A través de la revista, además, conocí a poetas y artistas de muchas partes (durante la vida de la revista publicamos más de 700 personas de 35 países). Todo eso me aportó muchísimo.

-En el prólogo de Estrellas de mar sobre una playa recordás la solidaridad de larga data de Cuba, que suele enviar médicos a los países que más lo necesitan. ¿Cómo fue tu vida en La Habana y qué impacto tuvo en tu formación?

-Tuve la suerte de vivir en Cuba durante la segunda década de la revolución. Fueron los años gloriosos del proceso. Allí participé en un proceso de cambio social que me enseñó que la justicia es posible. No fue ni es un proceso perfecto, pero motivó una gran esperanza en toda América latina y en el mundo. La solidaridad de los médicos cubanos que viajan a los rincones más apartados con sus conocimientos es única. Escribí un libro, Exporting Revolution: Cuba’s Global Solidarity, que Duke University Press publicó en 2017. Ese libro cuenta la solidaridad no solamente de los trabajadores cubanos internacionalistas de la salud sino de sus maestros, militares, ingenieros y científicos. Conocí personalmente a muchos internacionalistas cubanos: a la maestra de quinto año de primaria de mi hija menor, que fue por dos años a Nicaragua, a un amigo que peleó en Angola, a un científico social que trabajó en Haití y una doctora que fue a Eritrea. Todos brillantes, cariñosos y abnegados.

-“Todo odiador tiene su momento/ en la historia”, se lee en otro poema de tu libro. ¿Pensaste en Trump cuando escribiste estos versos?

-Claro que pensé en Trump. Pero tambien en anteriores odiadores de la historia: los que lucharon en contra de los indios, los que trajeron a los esclavos, los que mantuvieron a ciudadanos de origen japonés en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, y los que dejaron caer las primeras bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, así como los policías que rutinariamente matan a hombres y niños negros hoy en día. A través de la historia, y en todos los países, han existido los que odian y manejan su odio matando a gusto.

De cara a las próximas elecciones, y de acuerdo a las últimas encuestas que hablan de una ventaja de Biden (52%) contra Trump (37%), ¿cómo imaginás el futuro político de Estados Unidos?

-Yo temo que Trump gane, si no por las buenas, por las malas.

¿Cómo sería ganar por las malas?

-Los republicanos han estado metiéndose con el voto por muchos años. Ha habido fraude con las máquinas de votar, intimidación a las comunidades negras y otras minorías, “gerrymandering” (no sé cómo decirlo en español, es una redistribución de las áreas votantes para favorecer a los republicanos) y muchos otros métodos. Un método que fue apoyado por la Corte Suprema esta semana es una ley en contra de los que salen de las cárceles después de haber cometido un crimen federal, que no tienen derecho al sufragio de por vida. Todos estos cambios favorecen a los republicanos, los blancos, los ricos. Cuando digo que puede ganar por las malas, me refiero a todo eso. Pero está el temor, también, de que aun ganando Biden, Trump podría negarse a salir de la presidencia. Un especie de golpe de estado sin sangre. Y es que el hombre tiene un sólido apoyo todavía en varios sectores, entre ellos los militares. De hecho, en 2016 Hillary Clinton ganó miles de votos más que Trump, pero perdió por la maniobras del Colegio Electoral. Es que, créase o no, vivimos en “una república bananera”.

Silvina Friera/Página 12

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