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El Sonido del Metal, una buena alternativa en Amazon Prime Video

La pérdida de audición de un baterista de rock es el argumento central del film.

Un escritor ciego, un deportista con lesiones crónicas, un músico sordo, un escultor que pierde sensibilidad en las manos. ¿Qué se siente cuando el cuerpo traiciona de semejante manera? ¿Hay un futuro posible sin la posibilidad de ejercer una pasión? ¿Y si esa pasión es, además de una herramienta para el sustento diario, un salvavidas al cual aferrarse en un contexto de soledad y marginación, el pilar de una vida entera? Todas esas preguntas pasan por la cabeza de Ruben apenas el otorrino le escupe una serie de verdades que jamás hubiera querido escuchar: que aquel zumbido aparecido mientras tocaba la batería en un recital de la banda de punk rock que tiene con su novia Lou fue el primer indicio de la disminución del 75 por ciento de su audición, que el cuadro es irreversible, que la única posibilidad es colocar un implante coclear que cuesta entre 40 y 80 mil dólares y, el tiro del final, que es imprescindible no exponerse a ruidos fuertes. Y pocos ruidos más fuertes que el de una batería. A Ruben, parafraseando a Maradona, le cortaron los palillos.

Pero ese fin de una vida es (puede ser) el inicio de otra. De esa transición se ocupa este enorme drama psicológico llamado El sonido del metal, dirigido por el hasta ahora guionista Darius Marder, que luego de su paso por el Festival de Toronto del año pasado desembarcó unos días atrás en la plataforma Amazon Prime. Marder logra lo imposible en una disciplina como el cine, hecha de imágenes y sonidos: disociar la oralidad de la comunicación para abrazar un lenguaje basado en la distancia de los cuerpos, el peso de la gestualidad y la ajenidad con el mundo sonoro. Una ajenidad que no implica ausencia, pues una de las aristas más notables es el meticuloso e inteligentísimo diseño sonoro por el cual el espectador siente la incipiente sordera de Ruben “en primera persona”. El abanico de recursos, que va desde ruidos metálicos y zumbidos hasta un efecto tapón constante y voces que se escuchan como abajo del agua, propone una experiencia inmersiva y sensorial infrecuente para una película que aspira a codearse entre las candidatas para la temporada de alfombras rojas de Hollywood. Y es sabido que los académicos suelen gustar de películas que dicen lo que tienen que decir de la manera más tradicional posible.

No es la única precisión la sonora. El actor con los ojos más expresivos de la galaxia, el inglés Riz Ahmed (visto en la notable miniserie The Night Of) compone un Ruben contenidísimo, puro torrente emocional interno apenas visible desde el exterior y donde la bronca y la frustración marchan a par de la fragilidad, el desamparo y el amor por la batería, pero sobre todo por su novia (Olivia Cooke). Es notable que en una de las primeras escenas, cuando quiera despertarla en la casa rodante que comparten, la toque suavemente con los palillos, pues allí el director define con precisión que para él la batería es más que instrumento; es una extensión del cuerpo. Segundos después, la pareja aprieta bailando un lento antes del desayuno. Porque así se comunican ellos, con bailes y charlas sobre música. En ese sentido, Ruben pierde mucho más que la audición, pues con ella se van al tacho todos los planes posibles.

Lo que queda es “aprender a ser sordo”, como se lee en el pizarrón de tareas diarias de la comunidad de adictos hipoacúsicos donde cruzará caminos con el mandamás del lugar, un veterano de Vietnam que perdió la audición en la guerra y hace las veces de contrapeso y guía moral durante las primeras semanas de Ruben en las tinieblas sonoras. El carácter reposado de ese hombre (un extraordinario Paul Raci, que aunque cueste creerlo es un actor no profesional) es el mismo de la etapa media del relato: a la particular expresividad sonora, Marder le suma una cámara siempre pegada al cuerpo de su protagonista que, sin embargo, sabe alejarse para que el humanismo aflore entre los pliegues de las charlas íntimas. Sin golpes bajos y evitando todos los lugares comunes, el juicio valorativo y el paternalismo habitual de las películas sobre adictos, El sonido del metal recorre caminos narrativos algo más discutibles en su último tercio a raíz de varios volantazos de guion que podrían haber sido menos abruptos. Es, quizás, el único momento donde la sutileza desaparece entre los gritos del silencio.

Ezequiel Boetti/Página 12

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