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El Príncipe: muy buena factura de la ópera prima del chileno Sebastián Muñoz

El film viene de ganar uno de los premios del Festival de Venecia.

De los tópicos carcelarios que cultiva este film chileno –la sordidez, los porongas, las iniciaciones, las disputas a cuchillo, los guardias sádicos– el que le da identidad es uno normalmente colateral, que aquí aparece corrido hacia el centro: la homosexualidad masculina. Paredes corroídas e interiores oscuros, miradas desconfiadas y debuts a la fuerza dan un clima espeso a la ópera prima del realizador Sebastián Muñoz Costa del Río. Pero el hincapié no está puesto tanto en el forzamiento como en los códigos, convivencias, competencias y cariños desarrollados en ese microcosmos gay. Constantes que llevaron a que El príncipe recibiera, en el último Festival de Venecia, el premio a mejor película de temática lgbtq. Constantes que representan esquirlas de belleza allí donde debería haber pura sordidez.

Hay un degüello –flashbacks posteriores permitirán reconstruir la situación completa– y el veinteañero Jaime (Juan Carlos Maldonado) va a parar a prisión. El ambiente es atemporal y la película podría transcurrir sin perjuicio en la actualidad, pero la novela en que se basa la hace pasar en tiempos de Allende y la trasposición mantiene la época. A Jaime le toca un camastro en territorio de Ricardo, a quien llaman El Potro (el infaltable Alfredo Castro, visto en Tony ManeroNeruda y Rojo), un veterano que no encaja del todo en el modelo del poronga que circula en cine y televisión. A pesar del apodo no le sobra músculo, vitalidad o crueldad, y si impone respeto es más por experiencia que por transmitir sensación de galope. La cucheta de Jaime queda vacía desde la primera noche, cuando El Potro le hace lugar en la suya. Habrá lágrimas. Serán las últimas. De parte del Príncipe, al menos.

La película coescrita y dirigida por Costa del Río pone más el acento en la sensorialidad y fisicidad, en la captación de ambiente y en los repliegues de ese mundo que en lo estrictamente argumental. El desarrollo es circular, tanto porque empieza y termina con sendas muertes como por el hecho de que al final el príncipe principiante se volvió él mismo poronga. El desfile de prisioneros saluda respetuosamente a Jaime como si fuera la viuda, en una escena que recuerda el besamanos de El padrino. Hay algunas parejas establecidas en ese mundo, como los compañeros de celda del Príncipe y el Potro, y otras rotativas, a las que el propio Príncipe, veinteañero al fin, no es ajeno. Él se quiere cortar el pelo como Sandro, pero en ese momento todavía es demasiado tímido y el peluquero de la cárcel lo desahucia. Ya tendrá ocasión de perder la timidez, para no recuperarla más.

Es en los intercambios de deseo donde se hace fuerte la película de Costa del Río, como si se tratara de una versión carcelaria de La noche (Edgardo Castro, 2016). O de una variante menos estilizada de Bella tarea (Claire Denis, 1999). Intercambios entre Jaime y Ricardo, tanto como el triángulo inicial –el que precede al degüello– y el que se arma entre el protagonista, un apuesto interno, más joven que él, y un recién llegado a quien todos conocen y llaman Chepibe. En la que podría ser la mejor (y primera) composición cinematográfica de Gastón Pauls, que hace por supuesto de argentino (aunque El Potro insista con que es chileno), el carácter carismático de Chepibe lo lleva a chocar con el poronga como dos trenes lanzados.

La película es tan húmeda como las duchas inevitables de todo film de cárcel, y una escena entre Pauls, Maldonado y el joven galancito así lo confirma. Lo que no termina de quedar claro es la necesidad de que la ficción transcurra en tiempos de Allende, y no aquí y ahora. No se advierte que entre las paredes de la cárcel termine un ciclo virtuoso y empiece otro, más represivo y sanguinario, que sirva de eco a lo que sucede afuera. Como tampoco es de sospechar que las prisiones de Sebastián Piñera sean más prolijas que las de hace cincuenta y pico de años.

Horacio Bernades/Página 12

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