La mirada sobre las instancias inmediatamente previas al hecho en cuestión se concentra ya en los pálpitos preocupados, tensos, por lo que podría llegar a pasar en un lugar en que el ser humano tiene el deber de respetar al cosmos. “El marco era imponente, las montañas, divinas, por todos lados, enormes… era como una gran puna”, dijo Mollo. Y después, la lluvia. El temor a suspender. La mirada de Arnedo, cuando se largó. Sus palabras. “¡Que cagada! ¡Qué cagada!», repetía el bajista como en un mantra bajón, frente a un tinto, mientras su alterego recordaba el cántico de Woodstock: “No rain, no rain”, mientras la gente permanecía estoica bajo la lluvia, y las plegarias -Virgen del Corral mediante- logran lo que amagaba no ser: Divididos tocando ahí, en esa inmensidad. “La lluvia es una bendición y ustedes también”, dirá Mollo, ante un todo divino, que claramente superó el hecho musical.

Por suerte, ahora todo está guardado en una memoria que se puede ver y escuchar.

Cristian Vitale/Página 12-Espectáculos